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Cuando un cristiano comprometido por su fe se pone a discutir con un no-creyente sobre la existencia de Dios y su Providencia, por ejemplo, las discusiones se convierten en un parloteo imparable y desazonador. ¿Es que acaso la fe no ha sido defendida por la Razón a lo largo de toda la historia de la cultura Occidental? ¿Por qué les cuesta tanto aceptar a los no-creyentes todos esos argumentos racionales que se han utilizado para “justificar” el acto de fe del creyente? Y así, podríamos seguir cuestionándonos sobre esa aptitud existencial conocida como agnosticismo o ateísmo confesional.

Los señores que profesan esta aptitud acuden continuamente a los asombrosos descubrimientos que la ciencia ha venido haciendo desde hace más de dos siglos. A cada contenido de fe oponen un credo laico. Por ejemplo: “la evolución” versus “la creación”; “la neurociencia” versus “la espiritualidad”; “la técnica” versus “el misterio”, y así sucesivamente.

Hay en esta aptitud no un deseo de reconciliación o mutuo respeto, sino de lucha y antagonismo. Se figuran que la declaración de guerra que le hace la ciencia a la religión, terminará por derrotar a esta última por considerarla “mitológica”. “El saber-proclaman- se sobrepondrá al creer del mito”, como si la religión no fuera también una fuente de conocimiento y de sabiduría.

Lo que estos señores no saben es que su nueva fe laica (atea) imita o pretende imitar la verdadera fe. Estos ideólogos y pseudo-científicos creen en el hombre, no en Dios. Y para ser más precisos, “creen” en la Ciencia y en su infinita capacidad de explicarlo todo exhaustivamente!

Nosotros, por el contrario, creemos en el ser humano porque creemos en Dios. En esto consiste nuestra fe, no solo en creer en Dios y su trascendencia, sino también en el hombre, pero a través de la fe en y por Dios. Y en este sentido la fe cristiana es superior a la fe laica del científico no-creyente, puesto que abarca a ambos, a saber, a Dios y al Hombre. Por esto mismo, es un “mito” que han recientemente inventado estos ideólogos del ateísmo figurarse que la religión ha sido un impedimento para el avance de la ciencia. La condena a Galileo Galilei por parte de la Iglesia es su “caballito de batalla” para afirmar categórica y dogmáticamente esta posición.

Cuando encuentro personas excesivamente críticas con la religión y con quienes la representan, personalmente siempre les hago esta pregunta: ¿Cuál es la Institución en la historia de la cultura occidental que más ha contribuido a la civilización y a la cultura? En el acto, casi mecánicamente, todos dicen: ¡La Iglesia!

Pues bien, esta contestación no provino del consciente de mi interlocutor, sino de su subconsciente.

El filosofo alemán J. Lotze, en su libro ‘La experiencia transcendental’ nos dice que el ser humano tiene dos tipos de conciencia, a saber, una “oscura” y una “clara”. La conciencia clara pertenece al ámbito racional que tanto nosotros los creyentes como los ateos profesos compartimos. En esta dimensión en todo lo que es verdadero, honesto, bueno o bello, por ejemplo, podemos estar de acuerdo. Podemos compartir las bondades de las ciencias, como el aplauso de las buenas obras. La belleza presente en el arte es también común a creyentes o no creyentes. En esta dimensión de la “conciencia clara” (racional) todos los seres humanos somos ciudadanos de una misma república, la República del Saber.

Por otro lado, según Lotze, existe también la “conciencia oscura”. Todos los seres humanos también compartimos esta conciencia. A nivel de esta conciencia, los afectos, emociones y las creencias juegan el papel principal. Tanto los creyentes y los no-creyentes, por ejemplo, saben “implícitamente” que Dios existe. Desde la oscuridad y la tiniebla de esta conciencia, tanto el creyente como el no-creyente no pueden determinar con exactitud lo que es “este ser”, puesto que su “presencia” en el alma es totalmente “indeterminada”. Esto quiere decir que no es tan clara como desearía la conciencia clara y objetiva.

La diferencia entre el ateo y el creyente es que el ateo “no quiere reconocerlo”, precisamente por la forma “indeterminada” en que Dios se presenta a su alma. En cambio, en el creyente, esta “indeterminación” se convierte en misterio y, por ende, en experiencia de fe.

El no-creyente quiere que la “conciencia oscura” se acople a las conquistas de la “conciencia clara” y racional. Cuando no lo hace, viene el rechazo y la rebeldía. O mejor dicho la soberbia.

En cambio, en el creyente, la “conciencia clara” (racional) comprende la razón de lo incomprensible del misterio que se presenta indeterminado y latente en la “conciencia oscura”. Sabe que la inteligencia racional es incapaz de abarcar la total incognoscibilidad (o no-conocimiento) del ser divino en el alma. Por esto mismo, es consciente que la única manera de llegar a Él es por la fe. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, no nuestro cuerpo, sino nuestra Alma, dirá San Agustín y, por consiguiente, el mejor camino para llegar a El es a traves de nosotros mismos en la introspección o conocimiento interior.

Y en este sentido, la fe se vuelve en el cristiano un asunto estrictamente “personal”. Unos deciden tomarse el riesgo aceptando el “misterio”, mientras que otros prefieren establecerse en el “corralito” de sus elucubraciones mentales.

Por esto mismo, nadie es capaz de sustraer la fe de una persona por mucho empeño que le ponga a su propósito. El “sensu fidei” es subjetivo y personal. Cualquier discusión que se quiera hacer en el plano de la “objetividad”, está condenado al fracaso. Un ateo no puede convencer a un creyente, ni un creyente a un ateo. La “conciencia clara” del ateo está en el reino de la objetividad donde se pavonea de su saber y ciencia; en cambio, la “conciencia oscura” del creyente se establece en la subjetividad y solo se vuelve “clara y objetiva” en la medida que explora con su razón los contenidos de su fe. Esto es lo que produce en el creyente la “ciencia teológica” o el llamado “Intellectus Fidei” o comprensión de la fe que, a la postre, es verdadera Sabiduría. “Comprende para que creas, que creyendo comprenderás’ decía el santo obispo de Hipona.

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