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Mientras usted y miles de fanáticos al fútbol disfrutaban absortos ante las pantallas de la televisión los goles de los brasileños Luis Fabiano y Robinho el lunes pasado, desde los cuarteles de El Carmen en ese mismo momento el presidente Daniel Ortega le metía dos goles al pueblo nicaragüense, recurriendo al juego sucio de la violencia. El primero fue un gol contra los electores, a quienes ya había burlado antes con el fraude electoral; el segundo fue un gol contra la Policía Nacional, al inaugurar su nuevo rol como policía partidista.

Irónicamente, mientras esto ocurría en Boaco, en Honduras se conmemoraba un año del golpe de estado que derrocó al presidente Mel Zelaya, y miles de personas protestaban demandando castigo para los golpistas. Aquí, a nuestro Micheletti no le bastó con hacer fraude electoral en 2008, o someter a todos los poderes del Estado a su ambición autoritaria, sino que ahora también está terminando con los últimos vestigios de la autonomía municipal.

Acuerpado por su séquito de conspiradores, el Comandante dirigió hasta en sus más ínfimos detalles el operativo policial que consumó el golpe de estado contra la autonomía, desalojando por la fuerza al alcalde electo Hugo Barquero, quien había logrado resistir durante seis días con el apoyo de los boaqueños. Pasando por encima de la Jefatura Nacional de la Policía, Ortega ordenó la remoción de la jefa de la Policía en Boaco, comisionada Miriam Zamora, porque se negó a sacar a Barquero por la fuerza, y la sustituyó con uno de sus hombres de confianza, el comisionado Luis Barrantes, segundo jefe de Managua.

Después de ejecutar el allanamiento por la fuerza, el experimentado Barrantes es citado ahora en el diario oficial El 19 como “el jefe policial del departamento de Boaco” (pero, ¿quién lo nombró?), y contradiciendo el testimonio del alcalde Barquero, alega Barrantes que “la salida del ex alcalde se desarrolló en total calma…actuamos en auxilio de la Contraloría General de la República y del alcalde municipal” (el vicealcalde impostor impuesto ilegalmente por el FSLN).

Así fue como Ortega convirtió a la Policía en un árbitro político con garrote, echando al cesto de la basura todo el esfuerzo de la primera comisionada Aminta Granera y de los principales jefes de la Policía, por mantener a la institución policial ajena a los vaivenes partidarios.

Gol contra los electores

Es gravísimo lo que está ocurriendo en Boaco, en primer lugar porque representa un atropello a la voluntad popular. El Dr. Hugo Barquero es el alcalde electo, y todo mundo sabe que lo destituyeron porque no se plegó a los designios autoritarios de la Presidencia y al ilegal proyecto reeleccionista de Ortega.

Ahora dicen que lo removieron por un problema de falta de transparencia, pero lo mismo alegaron hace unas semanas para justificar la destitución del alcalde sandinista de Ciudad Sandino, Roberto Somoza, y cuando Somoza se arrodilló ante el FSLN, los cargos desaparecieron como por arte de magia y hasta premiaron al “corrupto” con un alto cargo gubernamental en el FISE.

No les importó que el alcalde de Boaco tuviera un recurso de amparo a su favor de los tribunales de apelaciones de Juigalpa y Masaya, porque la legalidad ha sido completamente aplastada en un régimen donde únicamente valen los tribunales del Comandante.

En consecuencia, estamos ante un acto de fuerza, un acto de violencia política, que deja a la población sin más alternativa que la protesta y la desobediencia civil. Y el gobierno de Daniel Ortega es el único responsable de las consecuencias impredecibles que pueda provocar este acto de violencia en Boaco.

Ahora la pelota está en la cancha de los liderazgos cívicos y partidarios, que anuncian una marcha para este miércoles en Boaco. Deben tener presente, sin embargo, que sin una presión efectiva y permanente, y sin la determinación de asumir riesgos en la lucha popular, el orteguismo no retrocederá. Por el contrario, cada vez que la oposición vacila, como ocurrió después del fraude electoral del 2008, el orteguismo se ha fortalecido. Y Boaco puede ser la última oportunidad para que emerja una oposición creíble, enraizada en los intereses de la gente, aunque ahora le tocará enfrentar a una policía abiertamente sometida al orteguismo.

Gol contra la Policía Nacional

El pretexto de la actuación de la policial en Boaco es que la Contraloría le pidió auxilio para desarrollar una auditoría sobre la actuación del alcalde Barquero, en la propia oficina del alcalde. Una auditoría que pretende ser utilizada para justificar a posteriori su destitución, y que ha sido solicitada por un vicealcalde, que actúa ilegalmente como un impostor gracias al uso de la fuerza.

Desde hace meses, en el liderazgo de la Policía Nacional, hay una lucha interna entre quienes tienen el compromiso de mantener a ese cuerpo al servicio de la institucionalidad y los oficiales que se subordinan a los intereses partidarios y personales de Ortega y el FSLN. En Boaco, la policía se cruzó la raya, y los institucionalistas quedaron en minoría, evidenciando la pérdida de credibilidad de su liderazgo. Lo único que hace falta ahora es que esa crisis salga a la luz pública, para que caiga la última máscara de las tendencias autoritarias de Ortega.

El alcalde Barquero ha denunciado la parcialidad política de la policía, no sólo durante el desalojo sino en el cerco a la alcaldía de Boaco para desmovilizar a los ciudadanos y favorecer al orteguismo. Y esto puede tener graves repercusiones en todo el país, porque si la policía deja de ser una Policía Nacional, y se convierte en un instrumento al servicio de los intereses partidarios de Ortega, se liquidará por completo la confianza en la institución policial. Si a partir de ahora el gobierno ya no sólo recurrirá a las fuerzas de choque para reprimir, sino además a la propia Policía Nacional para ejecutar órdenes partidarias disfrazadas de actos institucionales, entonces este país va rumbo a la anarquía total.

La capitulación de la Policía Nacional representa un aviso de lo que puede pasar con el ejército en el futuro. Nada detendrá a Ortega, si el pueblo no le impone los límites en las calles.