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“No es dios que creó el hombre a su imagen y semejanza sino es el hombre que creó a dios a su imagen y semejanza”


Si hacemos un estudio comparativo de las religiones en la historia de la humanidad vemos con mucha claridad que cada pueblo ha construido su religión, su imagen de Dios en función de su vivencia, de sus conocimientos de la realidad, de sus aspiraciones y sobre todo en función de sus necesidades. Todas estas aproximaciones al “factor Dios” (politeísmo, antropomorfismo, monoteísmo, panteísmo, totemismo etc.) han sido un intento para dar sentido a la vida y para responder a las preguntas fundamentales de una realidad contradictoria y a veces inexplicable. Han sido un intento de una humanidad conciente de sus propias limitaciones y en búsqueda constante de la infinidad y de la trascendencia. En este sentido las religiones han jugado y juegan un papel fundamental en la dinámica de la humanidad en cuanto han sido y son un instrumento útil y necesario para poder vivir, para superar el miedo a morir y para legitimar o subvertir el orden constituido.

Lamentablemente la mayor parte de los movimientos religiosos han pretendido y pretenden ser los portadores de verdades absolutas, exclusivas, excluyentes y eternas. Como consecuencia de tales posturas las religiones han construido sus sistemas de poder, sus códigos morales con la pretensión no solo de imponerlos a sus fieles sino de extenderlos, muchas veces con violencia, a otras personas o pueblos.

Da tristeza ver cómo las religiones han sido y siguen siendo motivo de división, de violencia física y espiritual, de sometimiento y de terrorismo psicológico (el infierno, el diablo, los castigos divinos, una moral sexual represiva, la justificación del machismo, etc.). El problema no son los creyentes sino los sistemas religiosos y las ideologías que sustentan estos sistemas religiosos que se fundamentan sobre unas verdades incuestionables pero no demostrables: “Todo lo que está escrito en los textos sagrados es revelación divina”.

Este axioma justifica cualquier “barbaridad” como afirmar que el pueblo judío es el pueblo de Dios, como si los otros pueblos fueran de segunda categoría. Lamentablemente la mayoría de los teólogos de estas religiones no hacen el mínimo esfuerzo para interpretar y contextualizar estas “verdades”. Bastaría un mínimo conocimiento histórico, antropológico, exegético, filológico, arqueológico para entender que estos libros “sagrados” han sido escritos por humanos ( la mayoría de sexo masculino) en un proceso larguísimo de tradición oral y empapados de la cultura de su propio tiempo y reflejando los conocimientos muy limitados de esta época. No son libros históricos según la definición de la historia moderna sino bellísimos libros religiosos, pastorales, míticos, apocalípticos, éticos, que contienen también hechos históricos.

Personalmente tengo miedo de las religiones que se creen las únicas y las verdaderas (cristianismo, judaísmo, islamismo) por que, y la historia lo ha demostrado y lo demuestra a cada rato, son, en su esencia, intolerantes, prepotentes, absolutas y manipuladoras. Estas consideraciones generales no ponen en tela de juicio a los creyentes de estas religiones, muchísimos de los cuales, son personas de absoluta integridad, constructores de justicia y de paz, respetuosos de los derechos de todas las personas, defensores de la laicidad de cualquier estado.

Como ateo tengo mucho respeto del dios de Jesús de Nazareth , un dios madre y padre, comprometido con los empobrecidos y marginados de su tiempo, un dios de parte, un dios de justicia en la tierra, un dios que se manifiesta no en el cielo sino en las relaciones de solidaridad entre las personas. Pero no tengo respeto por las manipulaciones que han hecho en general las instituciones de las iglesias transformando el dios de Jesús de Nazareth en un dios fundamentalista, juez, rector de la historia, necesitado de oraciones, dispensador de milagros junto a su corte celestial.

Como ateo, tengo el máximo respeto del dios de Dietrich Bonhoffer, pastor y teólogo luterano, que participó en el movimiento de resistencia contra el nazismo y fue ahorcado en el campo de concentración de Sachsenhausen. Un dios impotente que se manifiesta en las personas de los ahorcados en los campos de concentración y que se deja quemar con los prisioneros en los hornos crematorios de los nazis. Pero no tengo respeto del dios de muchos jerarcas católicos y protestantes que han hecho de dios un instrumento para defender su poder, su corrupción y su estatus quo.

Como ateo tengo respeto del dios de la gente sencilla, de los campesinos y campesinas, un dios que da fuerza para superar y transformar su vida de explotados y marginados. Pero no tengo respeto hacia los que manipulan esta fe sencilla, sean religiosos o politiqueros, los cuales usan la cultura religiosa de los empobrecidos para sus fines de poder y de privilegio, reforzando el concepto de una religión y fe fatalista y providencialista.

Como ateo tengo respeto de los dioses de las etnias africanas, dioses que le han dado fuerzas para acabar con la esclavitud. No tengo ningún respeto del dios de los conquistadores y esclavistas que ha servido para justificar la conquista, la esclavitud, la muerte y las torturas de miles de esclavos.

Como ateo no me interesa si dios existe; me interesa de qué parte está. Si está de la parte de los 15 millones de niñas y niños que mueren de hambre cada año…. bendito sea este dios; si está de la parte de los poderosos manipuladores, de los ricos explotadores es bueno que este dios se muera pronto y definitivamente.

Tiene toda la razón Dietrich Bonoeffer cuando predicaba a sus fieles que hay que empezar a vivir como si dios no existiera; que la verdadera voluntad de dios es no cree en su voluntad; que dios es gratuito pero no es superfluo.

Ojalá que dios o los dioses, si existen, empiecen a exigir respeto a sus sacerdotes, a sus interpretes, a sus teólogos para que las religiones unan a la humanidad en lugar que dividirla. Por eso que como ateo estoy convencido de que: “Si hubiera un poco mas de ateismo el mundo sería mejor”.