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Hemos escuchado tantas veces que lo último que se debe perder
es la esperanza. Pero no: lo último que se debe perder es la dignidad.

José Saramago

Saramago, camarada nuestro, ha muerto. La justificación de la izquierda –para Saramago- estriba en su capacidad de reflexión; en la necesidad de ideas para vivir y para usar con eficacia los medios disponibles, a fin de construir la mejor sociedad posible. La izquierda, aunque desorganizada e incapaz de decir lo que profundamente cree, detiene al unísono el paso a lo ancho del mundo, con admiración y cariño, ante el maestro socialista y el pensador revolucionario, ahora en silencio, que con más talento y arte ha contribuido a lo largo de su vida al empleo de la razón en favor de la dignidad humana.

L´osservatore romano, apenas se enteró del fallecimiento de Saramago escribió un artículo polémico en su contra, que le ha valido la crítica universal. Yo, en cambio, estoy convencido de que Saramago, como campeador de la libertad de pensamiento, habría apreciado que al margen de su muerte el Vaticano continúe combatiendo sus ideas.

Me parece, incluso, que hay cierta nobleza involuntaria en el hecho de que el Vaticano no le dé respiro a su contrincante muerto, y que en lugar de confundir al vulgo limando las aristas más ásperas del enfrentamiento ideológico, con falsos elogios piadosos, haya preferido, ante la censura general, continuar su ataque de frente contra un pensamiento filosófico que permanece extraordinariamente vivo, también a causa de ese ataque merecido. Así, por la fuerza de su razonamiento, Saramago cabalga, como el Cid, combatiendo batallas después de muerto.

El hecho que ni por un instante el Vaticano haya detenido sus ataques, para propinarle palmadas en los hombros al final de su partida (como si se tratara del pitazo final de un juego de football), convierte en un homenaje clandestino la incomodidad que muestra la religión ante la lucidez de este hombre rebelde. El pensamiento de Saramago, como un faro, más se destaca cuanto más se agolpan frente a él las sombras de las sotanas de la iglesia. Por lo demás, es inútil que con actos de fe intenten aprisionar unas ideas que fueron concebidas para herir tinieblas. Tal es el filo con que queda expresado el pensamiento de Saramago en sus escritos: ¡quod scripsi, scripsi!
El artículo de L´osservatore romano describe a Saramago como un populista extremista, de ideología antirreligiosa. Como un intelectual, hasta el final anclado en una maligna confianza en el materialismo histórico, alias marxismo. Colocado lúcidamente en la parte de la cizaña, esparcida entre el campo del grano evangélico. Que se declara insomne con sólo pensar en las cruzadas o en la Inquisición.

Al leer esto, pruebo cierto desaliento como siempre que percibo que una mentalidad fanática usa el recurso de señalar que alguien no comparta sus creencias, como si ello fuese un argumento que descalifica lógicamente las ideas del contrario.

Saramago, con la simpleza y claridad que le es propia, explica esa actitud agresiva de los devotos, que unen el fanatismo y la intolerancia como dos átomos de la molécula religiosa: “La mayoría de los creyentes de cualquier religión –dice Saramago- se yerguen iracundos e intolerantes contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa”.

Por lo que respecta a la religión –continúa su arenga acusatoria l´osservatore-, atada como ha estado siempre su mente por una desestabilizadora intención de hacer banal lo sagrado y por un materialismo libertario que cuanto más avanzaba en los años más se radicalizaba, Saramago no se dejó nunca abandonar por una incómoda simplicidad teológica: si Dios es el origen de todo, Él es la causa de cada efecto y el efecto de cada causa.

Esa simplicidad teológica no es de Saramago. A él, precisamente, le es extraña toda teología, compleja o simple. Lo que hace Saramago –como veremos adelante- es señalar el daño que produce al desarrollo humano las contradicciones teológicas.

El Vaticano continúa su ataque en su artículo: “un populista extremista como él (que se ha hecho cargo de explicar la razón del mal en el mundo), debió abordar el problema del mal, en primer lugar, a partir de todas las erróneas estructuras humanas, desde las histórico-políticas hasta las socio-económicas, en vez de saltar por obra de su omnipotencia, de su omnisciencia y de su omniclarividencia, al plano metafísico, por él aborrecido, para inculpar demasiado cómodamente a Dios, en quien no había creído jamás”.

Ésta es la invectiva que dirige el Vaticano contra Saramago. En ella se expresa la contradicción lógica con que el pensamiento religioso aborda una realidad compleja.

Saramago, por el contrario, expresa: “Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca. Soy ateo, no creo en la existencia de un dios... Me parece aberrante creer en un dios. El demonio, el bien, el mal, dios, todo está en nuestra cabeza. No nos damos cuenta de que habiendo inventado a Dios nos esclavizamos a él. Discutamos esa invención que viene a dificultar nuestro paso a una humanización real”.

Y, nuevamente, al contrario de lo que sostiene el artículo de l´osservatore, Saramago, en lugar de descuidar lo humano, explica con sencillez el proceso de alienación, por el cual, las estructuras ideológicas, el plano metafísico, ideados por el mismo hombre, vienen a desvalorizar y a negar el factor humano.

“Dios –dice Saramago- es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio. Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día. A cambio nos prometieron paraísos y nos amenazaron con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir”.

Y para sintetizar la contradicción de las creencias religiosas con la esencia humana, Saramago resume el cuerpo doctrinal dirigido al pueblo: “Vuestro reino no es de este mundo, sufrid y ganaréis el cielo, cuantas más lágrimas lloréis en este valle de desdichas, más cerca del Señor estaréis cuando hayáis abandonado el mundo, que todo en él es perdición, diablo y carne, y cuidado que no os quito la vista de encima, bien engañados estáis si creéis que Dios Nuestro Señor os deja libres tanto en el bien como en el mal, que todo será puesto en la balanza llegado el día del juicio, y mejor es pagar es este mundo que estar en deuda en el otro (...)”.

Y apelando al sentido común, Saramago concluye: ¡Buenas doctrinas son éstas! Existe una prioridad absoluta: todo lo que haga la humanidad debe tener como prioridad al ser humano. La religión nunca ha servido para aproximar y congraciar a los hombres, por el contrario, ha sido y sigue siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Por eso creo que la religión es muy mala, sin ella tendríamos un mundo más pacífico.

Saramago sabía, sin embargo, que sus ideas le traerían consecuencias que debía enfrentar. Escribió: “se darán el enojoso trabajo de excomulgarme, aunque, cumplida esa obligación burocrática, se quedarán de brazos caídos. Ya le escasean las fuerzas para proezas más atrevidas, puesto que los ríos de lágrimas llorados por sus víctimas empaparon, esperemos que para siempre, la leña de los arsenales tecnológicos de la primera inquisición”.

Y a sabiendas que cumplirían nuevamente la obligación de condenarle por no comprender lo que los funcionarios del vaticano llaman “el misterio que se esconde tras la divinidad de las respuestas a las preguntas humanas…”, Saramago aceptó morir, el 18 de junio de este año, en el más fiel acatamiento de las reglas, seguro, también, que lo escrito por él, escrito queda, como parte de ese sentido común y de esa inteligencia humana que tanto ha contribuido a construir; por su parte, de la forma más bella posible.

Ingeniero eléctrico

(*) “Lo escrito, escrito queda”, dijo Saramago.