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Blanca (Teresa) Rojas (Echaverry) presentó el jueves 24 de junio, en el Auditorio de la Biblioteca “Roberto Íncer Barquero” del Banco Central de Nicaragua, su último libro: La ruta del general y los traspiés del caudillo verde, editado por Hispamer. Se trata del tercero de sus aportes al género novelístico: Los verdaderos días (1965) y La noche de la basura grande (1991) —merecedora en 1989 de un premio de narrativa convocado por el Instituto de Cultura— la preceden. A causa de enfermedad viral estuve ausente en el acto de lanzamiento, pero ya conocía su obra por haber leído el manuscrito en octubre de 2005. Hace cinco años, pues, había sido ultimada.

Su autora ha oscilado entre dos vocaciones: la política y la literaria. Volcada a la primera, no abandonó la segunda que ha incluido el teatro. Un monólogo suyo se escenificó en 1991: La soledad tiene un nombre. En esta pieza, Blanca Rojas acumula una intensa carga dramática a través de un personaje femenino: Eugenia, una mujer madura, alienada a causa de su hija adoptiva que se había largado con su marido, experiencia que suma a la de su niñez: cuando su madre la consideró cómplice del adulterio de su padre con su maestra.

¿Posee tal complejidad dramática su nueva obra? Definitivamente, no. Otra es la tensión interior que circula en esta autobiografía novelada y de largo aliento, cuyo inicio no pudo ser más directo y logrado: “Nací flaca y desmedrara como un renacuajo. Por ello la partera le dijo a mi madre: —Esta niña no soportará el invierno—. Llovía a cántaros. Octubre es uno de los meses más lluviosos del invierno y provisto de una rayería endemoniada que retumba ensordecedora en los tímpanos. Mi padre no aceptó el pronóstico y contradijo a la comadrona que se había pasado la noche y parte de la madrugada pujando al lado de mi madre, para que yo naciera. —Sí, sí que lo aguanta y muchos inviernos más.”

La fecha del nacimiento de Blanca fue el 3 de octubre de 1935. Siete años antes, el 1° de octubre de 1928, perdía trágicamente la vida su tío, el abogado Juan Carlos Mendieta, con otros dos compañeros de propaganda liberal o moncadista, a manos del lugarteniente del general Augusto C. Sandino: Pedrón Altamirano. Este sangriento hecho aconteció en el caserío de San Marcos, cerca de Jinotega, “cuando los gringos invadían el país, y Sandino enarbolaba en sus manos la bandera de un nacionalismo enfermizo e incomprensible en esos años”, puntualiza la autora, quien pasó muchas noches terroríficas imaginando “las manos cortadas del tío Juan Carlos y su cabeza arrancada del cuerpo”.

Otros familiares quedan perfilados en esta obra de ambientación precisa y minuciosa: el abuelo materno Tomás Echaverry (“el hombre más viril del mundo”) y la abuela idem Toribia Mendieta (“cerrada como ostra de mar”), los tíos maternos (“déspotas, petulantes, soberbios, engarzados en aventuras amorosas y conjugando el concepto: el hombre para la calle y la mujer para la casa”); la tía Carmela (“mística y camandulera”), quien —al finalizar el rosario cotidiano— clamaba “Bendito mil veces mi padre que nos dio nombre, casa y hacienda”; y, naturalmente, la madre (Concepción Echaverry) y el padre (Marcial Rojas).

Pero La ruta del general y los traspiés del caudillo verde no es sólo una saga familiar. La mayoría de sus páginas versa sobre Anastasio Somoza García (1° de febrero, 1896-28 de septiembre, 1956) y algunos párrafos tienen referencia a Emiliano Chamorro Vargas (11 de mayo, 1871-26 de febrero, 1966). Como sus antecesores hasta su muerte, ficcionalizando la vida, la personalidad del “General para los oficiales y la soldadesca. Tacho para la primera dama. Jefe para los serviles, Excelentísimo Señor Presidente para los curas y las beatas, y Tachito para mamá Julia que se veía en él como en un Niño Dios de Atocha”. En otra parte lo retrata: “El General tenía un magnetismo, era agradable, simpático; las pecas que salpicaban sus manos no ofendían y una que otra que se deslizaba por su cara le imprimía cierta picardía en su rostro zalamero y campechano… El general era un hombre audaz y decidido a orinarse si era preciso en el guacal del Santo Padre para conseguir sus propósitos”.

La autora recuenta tradiciones orales, verosímiles e inverosímiles; se ocupa de los acontecimientos políticos ejecutados por Somoza García: el asesinato de Sandino, los golpes de Estado a su tío político Juan Bautista Sacasa (21 de diciembre, 1874-7 de abril, 1946) y al doctor Leonardo Argüello (29 de agosto, 1875-15 de diciembre, 1947), tras haberlo instalado fraudulentamente en la silla presidencial; y, sobre todo, la fracasada rebelión del 4 de abril de 1954, cuyo objetivo era eliminar a Somoza García, reinstalado en la presidencia desde 1950.

“Para esa época —señala Blanca Rojas— las dos paralelas históricas se dividían la opinión pública. Emiliano Chamorro decidía el futuro de sus correligionarios y el General Somoza el futuro de los nicaragüenses. El raquítico Partido Socialista le coqueteaba, le sonreía y aceptaba las migas que el General le otorgaba”. No es exacto ni completo ese panorama, mas así lo expone la autora, protagonista de una “aventura loca, descabellada y peligrosa” como la califica: la de conducir en un Land Rover al ex coronel G. N. Manuel Gómez Flores, uno de los complotistas del 54, para sacarlo de la ratonera donde se ocultaba en Diriamba y salvarle la vida. Ella tenía diecinueve años.

Después, ya en el Distrito Federal de México, Gómez llegaría a visitarla en la residencia de señoritas regentada por religiosas teresianas, donde residía Blanca desde 1952; conexión que le costaría, al regresar a Nicaragua, una carcelada terrible. Experiencia que si no me equivoco, la convirtieron en la primera mujer nicaragüense puesta en prisión por razones políticas durante el somozato.

Profusos detalles —muchos novedosos— figuran en estas desbordantes páginas de Blanca Rojas sobre los antecedentes y el desenlace de 4 de abril del 54. No es posible resumirlos. Basta citar, para comprenderlos, algunas líneas de la declaración que dio entonces Somoza García: “Las armas entraron por la frontera con Costa Rica y en camiones hasta un lugar situado entre Cárdenas y Sapoá. De ahí fueron trasladadas en la lancha ‘La Nena’, propiedad de don Alberto Chamorro, hasta la desembocadura del río Tipitapa, donde fueron recogidas en camiones por Tito Chamorro, hijo de don Alberto, y llevadas finalmente a la hacienda “Santa Lastenia”, del general (Emiliano) Chamorro. Esta conspiración se planeó en una serie de reuniones: la primera de ellas en la ‘Quinta San Salvador’, donde fueron llevadas después las armas, y en la ‘Quinta California’… El plan era quitarme la vida a mí y a mis hijos. La acción era llamada por los alzados la Operación de las Tres Eses. El domingo (4 de abril) en la mañana se entregó Fernando Solórzano (Chamorro) dando detalles de lo que había pasado la noche anterior…”

El mismo delator, según Blanca, “estaba lívido, el temor lo hacía cancanear, las frases le brotaban entrecortadas… Sí, sí. Me entotorotó mi tío Emiliano Chamorro y me mareó Pablo Leal. El general Somoza [García] me cae muy bien y es buen gobernante… Pero los detalles de Rojas son múltiples y es necesario leer su libro que, por lo demás, tiene un sello desenfadado y un sentido vivencial. Blanca hace literatura en la forma, no en el fondo, pues lo que escribe es su testimonio: el de una mujer dueña de su miedo, pero decidida; no corriente, sino única. Por algo su experiencia universitaria e intelectual en México había contribuido a modelar su talante enérgico.

De todo ello da fe, no sin descuidos gramaticales, su obra La ruta del general y los traspiés del caudillo verde, la cual no debe pasar inadvertida. Al contrario: su contenido divierte, enseña mucho y conmueve, como en el párrafo final, al salir libre: “Y la luz brilló de nuevo y comencé a temblar, a caminar como sonámbula después de haber estado encerrada en una cárcel sin ventanas, sin claraboyas y con una rendija de puerta… Y soporté el dolor y deseché los cargos y los hechos y me acerqué a mi padre que temblaba como niño. Lo abracé y volví a vivir, pese a que salí de la cárcel flaca y desmedrada como un renacuajo”.


¡Enhorabuena, admirada amiga!