•  |
  •  |
  • END

Si hay un reportaje que a uno le gustaría hacer sin duda, sería el de seguir en una de sus giras por México a los Tigres del Norte. Debe ser toda una experiencia, sin duda. ¿Se imaginan? Seguirlos hasta los camerinos, sus reuniones privadas y observar la tramoya de sus espectáculos. Escuchar las llamadas a sus celulares, y saber si tocan en fiestas privadas. Seguramente uno se daría cuenta enseguida que no es el único que los sigue. Los ojos de los grandes carteles narcos y de la policía estarán puestos en ellos. Porque si hay una música y un grupo que pone melodía y letras a la barbarie que vive no sólo México sino gran parte de Centroamérica y Colombia, y norte de Perú, eso son los Tigres. De forma irónica, simbólica, con doble discurso, sí, pero cantando a la barbarie. Hombres machos, sí señor, como ameritan sus historias que, según ellos, se las cuentan sus fans. Poco a poco han logrado describir una forma de vida y de muerte.

“No pueden evitarlo”, me advirtió una vez un agente de aduana en un aeropuerto; “los pequeños narcos no resisten a mostrarse como tales ni cuando tienen que pasar controles de seguridad. Ahí ves sus grandes pulseras de oro, sus muchachas al lado operadas hasta dar con la talla perfecta de la imaginación de un hombre cuando se pregunta cómo quieres que sea tu mujer”. De eso me habla también un antiguo guerrillero, convertido ahora en sociólogo. Según él, en América Latina se ha desarrollado algo que llama “Narc-decó”, una moda a lo narco que consiste más o menos en eso: ostentar automóviles, como el cadillac en que viajaba hace poco el cantante mexicano Shaka. Una moda del dinero rápido, fácil, sexo más rápido y más fácil. Y si te mueres, a lo mejor te hacen una canción.

“Mire”, me dice un campesino que ha cultivado coca durante muchos años, “yo podría dedicarme a cultivos que no fueran ilícitos. Pero “póngale el cacao, por ejemplo: aquí viene un comprador y lo más que me paga es 1 dólar por kilo. Y por otro lado, vienen los de esa gente de los narcos, y me pagan 1 dólar por gramo de pasta de coca. Haga usted la cuenta”. Y hago la cuenta, y es claro. La comunidad en la que estoy hablando con el campesino es rural, más bien pobre, sin grandes miserias, pero pobre. Todos y cada uno de los que habitan en ella han cultivado alguna vez hoja de coca al servicio de las redes de narcotraficantes. Y sí. Hago cuentas, y la diferencia es brutal. No hay forma de competir con lo que les pagan. A ellos no les va en nada lo que ocurre después. Nunca irían a seguirle el rastro a la coca que ha salido de sus campos. No se meterían ocultos en contenedores de barcos o bajo los asientos de avionetas o camiones. No verían lo rápido que se convence a un juez en todo el camino que media desde Colombia o el norte de Perú hasta México. No se imaginarían la cantidad de policías que dejan pasar o raspan algo de esa coca. No sabrían el nombre de todos los políticos de cada uno de los países por los que viaja a los que se les ha comprado para que den vía libre, para que no detengan su paso imperturbable hasta México y de ahí a Estados Unidos. Y por último no les importa que en México se viva una guerra civil. Tampoco lo que ocurre en Centroamérica. Y mucho menos que la solución de todo el problema esté en el mayor consumidor de la tierra: Estados Unidos.

Actualmente no existe, o al menos que se sepa, una estimación del número de familias que en Nicaragua, Honduras, Belice y Guatemala, países que sirven de corredor para la droga colombiana que viaja hacia México, están viviendo a costa de este tráfico ilícito. Pero si supiéramos el número, nos quedaríamos asustados. Las grandes cantidades que mueve el narcotráfico requieren de una logística basada en las pequeñas y medianas corruptelas de decenas de miles de personas que colaboran desde sus silencios, sus casas, sus automóviles, sus influencias policiales o judiciales o políticas para que la coca no interrumpa su trayecto. Desde los tiempos de Pablo Escobar (al que el gobierno de Daniel Ortega acogió en los ochenta, según se desprende del testimonio del hijo de Escobar en el documental Pecados de mi padre que se puede visionar en youtube), Nicaragua, como sus vecinos de Centroamérica ha sido traspasada por sus dos mares, por sus ríos y por su aire con todo el aparato logístico del narcotráfico. Las pistas de aterrizaje ilegales que se prodigan por el interior del país y por la costa Caribe son un escándalo que pone de manifiesto la limitada capacidad para defender la seguridad de un territorio ya vendido a ser pasillo, corredor inevitable del narcotráfico. Y para qué lo vamos a negar, eso supone un medio de vida para muchas familias. Cuando el país ya ha sido tomado, sólo queda negociar el precio, pensarán algunos. A veces es la droga lo que se viene a buscar desde México, y a veces armas, que hay muchas aún de la época de todas las guerras. No es México el problema, el problema es que todos los países medianos y pequeños colaboran en la guerra que se libra en México, incluyendo a Nicaragua. Y hablando de narcotráfico, resulta que una guerrilla que se sirve del mismo, para financiar a sus cabecillas, que no a su tropa maltrecha y perdida, encuentra en Nicaragua una especie de aliado a la hora de dar asilo a sus líderes. Ya lo hicieron con Escobar, por qué no con estos, bajo la excusa de una simpatía ideológica. Quien afirma semejante cercanía no estuvo en la última matanza de las FARC ni en la crueldad con la que algunos de sus miembros se ensañaron con poblaciones indígenas, equiparándose a los paramilitares.

Y cuando el narcotráfico atraviesa todos los estamentos de un Estado ya de por sí deteriorado en sus instituciones y en el sector político por el cúmulo de intereses, odios, vendettas y demás cuestiones ajenas al interés del bien común, el final de esta historia no se presagia feliz. En las prisiones de Nicaragua, la coca dejó ya miles de vidas a la intemperie, sin sentido; también en los cementerios. El resto: lo que hace alguna vez la policía, o el ejército, no es más que es un rasguño. No pueden ganar esta guerra. Ellos lo saben, todos lo sabemos. El resto es pantomima, una ficción. Pero nadie parece querer liderar este debate. Cuántas vidas más merecen que se alce la voz para un cambio de política y de lucha contra el narcotráfico. Cuántas vidas más para que por fin se alcance la legalización del narcotráfico y así se eviten tantas pérdidas de vidas humanas. Mientras eso llega, la batalla ya la ganaron, y sólo queda ir contando los muertos, las instituciones podridas de gobiernos de todas las tendencias, y de música de fondo, ahí tenemos a los Tigres del Norte.


franciscosancho@hotmail.com