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En la Nicaragua de los setenta del siglo pasado, las alternativas laborales eran restringidas. Trabajabas con Somoza o caías en brazos de la empresa privada. Ninguna de estas opciones satisfacía mis aspiraciones profesionales. Los estudios de Derecho me brindaban una visión de la armazón jurídica del Estado, pero no colmaban mis antojos. A pesar de ser la abogacía una profesión liberal, uno tenía que verle las caras a jueces y magistrados cooptados por el somocismo. La justicia muchas veces se dirimía según las preferencias político-partidarias de los litigantes. Mis reparos se cimentaban en una formación marxista incipiente y mi rechazo al somocismo. No quería montarme al carro de los asimilados por el régimen, ni subirme al vagón del sector privado. Ante esta encrucijada decidí mejor quedarme en la academia. La oportunidad provino del Rector de la UCA Arturo Dibar, S. J.

El país no salía del asombro ante la decisión de Somoza Debayle de controlar todos los poderes del Estado. Después del terremoto incluyó a su hijo mayor en la nómina de la Guardia Nacional, enviando un mensaje explícito: su deseo de quedarse en el poder para siempre. El ejemplo de centenares de nicaragüenses servía como repelente para todo cuanto hacía el somocismo y secundaba el sector empresarial. El conservatismo revalidaba sus votos. Fernando Agüero, el líder de mayor arraigo entre la oposición, había mostrado su cara colaboracionista al suscribir el Kupia Kumi. Arrinconado por Somoza Debayle decidió renunciar a la pata de gallina que este había improvisado para que le calentaran el tostador mientras él se preparaba para retornar a la presidencia en las elecciones de septiembre de 1974.

Después de un breve paréntesis, La Prensa había vuelto a salir el 1 de marzo de 1973. Consecuente con su manera de concebir el periodismo, Pedro Joaquín se encargó de radiografiar el tamaño del cáncer. La reconstrucción de la capital abrió las puertas de la gula y la voracidad de la camarilla somocista quienes buscaban cómo hacer dinero fácil. El saqueo del comercio durante los días posteriores al terremoto fue una maniobra de múltiples tentáculos. Algunos militares participaron en la operación mostrando lo bien que habían aprendido a imitar las tropelías de su Jefe Supremo. Los reclamos de devolución de la mercancía más apetecible, los carros lujosos que habían metido en sus guaridas, fueron presentados ante Somoza Debayle por sus auténticos dueños. Los encargados de velar por la seguridad y el orden, transformados en diligentes acaparadores, también cercaban el centro de la capital devastada.

Al regresar a clases en junio de 1973 las autoridades universitarias habían habilitado un galerón para alojar las oficinas de rectoría, registro, tesorería y los decanatos. Entre los edificios de las facultades de Derecho y Administración de Empresas, improvisaron otro galerón para suplir las carencias que habían dejado la destrucción de los edificios de las ingenierías y humanidades. El Gimnasio Jorge Buitrago había sucumbido. Donde era el bar instalaron la librería. La primera parte del Edificio A fue convertida en aulas. El Auditorio Juan XXIII sirvió para impartir las clases magistrales. El movimiento estudiantil también sufrió las fracturas ocasionadas por el sismo. Todavía continuaba replegado. En lo que no había retroceso fue en la decisión de las autoridades universitarias de reemprender el camino. Manolo Morales había terciado a mi favor y su recomendación ante Dibar se tradujo en la reafirmación de mi compromiso para hacer de la docencia, un espacio de liberación como lo pregonaba Mariano Fiallos Gil en León, elevada a doctrina mundial por Paulo Freire.

Al año siguiente Dibar me ofreció el cargo de Director de Relaciones Públicas. Tres meses después de nombrado me delegó la vocería de la UCA. No dejó de llamarme la atención que habiendo profesado mí agnosticismo el máximo dirigente de la UCA multiplicaba mis responsabilidades. La confianza que me dispensaba me permitió confesarle que me había quedado en la UCA porque no quería trabajar con los Somoza, como tampoco quería hacerlo con el sector empresarial. En ese momento ya había asimilado las lecciones de Denis Martínez Cabezas, Mariano Fiallos Oyanguren, Carlos Tunnermann, Joaquín Solís Piura, Alejandro Serrano Caldera, Manolo Morales Peralta, Luis Felipe Pérez, quienes habían escogido la universidad para realizar un proyecto que iba más allá de sus inquietudes intelectuales.

El ejemplo que más me impactó fue el de Tito Castillo, mi profesor de Introducción al Derecho, quien sin aspavientos y en un gesto consecuente con sus principios, había renunciado a su condición de socio en uno de los bufetes jurídicos más importantes del país. Mi padre por su parte insistía en recordarme que la cátedra era un compromiso vital. Servía para develar, orientar y mostrar el camino de las transformaciones a los estudiantes. En cuanto a la forma de impartir clases, el profesor Danilo Manzanares Enríquez, siempre llamó mi atención. Suave, pausado, dictaba sus lecciones sobre contratos y obligaciones. Un caballero que hacía del aula el escenario para mostrar lo bien que había asimilado todo lo relacionado con el Derecho Civil. La sapiencia de Roberto Ortiz Urbina, con sus sacos de diversos colores y zapatillas de charol, servía como aguja imantada para que sus discípulos cayeran embobados ante sus desplantes eruditos y su arrogancia infinita.

Al que nunca soporté fue al Padre Iriarte y sus diatribas anti comunistas. Los Chavarría, Rosendo y Miguelito, sólidos, disertaban sobre teología y filosofía con la naturalidad con que el pez se desliza en el agua. Sabían captar la atención, no obstante su militancia en el Opus Dei. La rectitud de Guillermo Vargas Sandino y Edgard Sotomayor Valdivia, servían de aliciente. Su conducta ejemplar indicaba que no todo estaba perdido en Nicaragua. La diferencia de todos estos profesores con Manolo y Tito, fue la manera en que estos se relacionaban con nosotros. Ambos se esmeraban por escucharte y sugerir soluciones a nuestras interrogantes. La universidad debía servir como tribuna para que los estudiantes tomáramos conciencia de nuestra condición privilegiada. Una minoría llamada a cambiar las reglas del juego político en Nicaragua.

Como los estudiantes de ecología y recursos naturales, humanidades, ingeniería industrial, eléctrica y civil, no les gustaba la clase de sociología, trataba de convencerles acerca de la íntima relación existente entre las ciencias sociales y la realidad con quien se verían las caras. Para ganarles construía mi clase a base de preguntas. ¿Cuál es el destino final de los bosques? ¿Aumentar la producción para quiénes y a qué precio? ¿El agua debe llegar a cuenta gotas a los barrios de la periferia, mientras se dilapida en Las Colinas, Los Robles y Bolonia? ¿Arte puro o arte comprometido? ¿Construir un puente para quiénes? ¿A qué velocidad debería realizarse la electrificación rural? ¿Las urbanizaciones como conglomerados sociales deben diseñarse y construirse para qué sectores sociales? ¿Existe alguna relación entre salud pública y hacinamiento? ¿La pobreza es un hecho natural o el resultado de la manera cómo los seres humanos poseen y se apropian de los bienes de producción? ¿A las aulas de la UCA llega cualquier estudiante? ¿Si o no? Los invitaba a pensar no a repetir como loros.

La UCA fue para mí una isla de libertad. Los jesuitas jamás se metieron en mi vida religiosa, porque además nunca la tuve, ni la he tenido. Nunca me pidieron que me golpeara el pecho ni que fuera a misa. Tampoco interfirieron en mis creencias políticas. Nunca objetaron mi manera de ver el mundo. En la UCA tenía libertad para decir que Nicaragua andaba mal porque una parte del clero rezaba para que el somocismo se perpetuara en el poder. Los jesuitas que me impartieron clases eran capitanes con ejército, no con grados de generales pero sin tropas. Su divisa principal era convertir la UCA en la mejor universidad de Nicaragua. Después de los reclamos estudiantiles, comprendieron que el compromiso con el cambio político y económico era una exigencia irrenunciable. Con el horizonte despejado, mi alma mater se reposicionaba, buscaba un mañana mejor para Nicaragua.

Para 1974 las discusiones entre los estudiantes de Derecho para decidir a quién íbamos a otorgar nuestra promoción habían quedado saldadas. Una buena parte escogió al candidato a la presidencia del Partido Liberal Nacionalista, General de División Anastasio Somoza Debayle. La decisión de mis compañeros de tributarla a Edgard Sotomayor Valdivia fue una resolución valiente. Mientras los primeros buscaban granjerías y prebendas en el cuerpo diplomático, ministerios, judicaturas y alcaldías, los otros enviaban una señal de esperanza al país. Somoza Debayle molesto porque 27 prominentes ciudadanos nicaragüenses habían expresado en un documento “No hay por quién votar”, los enjuició con la intención de llevarlos a la cárcel. Las inverosímiles como llamó La Prensa la compra barata de tierras en los alrededores de Managua por funcionarios somocistas, para luego venderlas al gobierno a precios inalcanzables, continuaban siendo denunciadas por la ciudadanía.

Todavía fue más valiente Edgard Sotomayor Valdivia al haber aceptado nuestra distinción. Muy pocas personas retaban en Nicaragua a Somoza Debayle. Sotomayor Valdivia aceptó gustoso nuestro reconocimiento y mis compañeros me pidieron que pronunciase el discurso con que sus discípulos reconocían al profesional impoluto. Un abogado que habiendo sido nombrado Juez, el somocismo no pudo comprarle ni corromperle. Un ciudadano ejemplar, quien hizo de la cátedra de Derecho Penal la razón de su existencia. Con ejemplos como éste, ¿cómo podría uno extraviar el camino?