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Rubén Darío es irreductible a cualquier interpretación unilateral y excluyente porque su inmenso corpus literario –aún no rescatado en forma completa- admite múltiples lecturas críticas. Como padre de la poesía moderna es español, siempre hay mucho que aprender de él. Durante sus primeras etapas –observa Octavio Paz-, a su obra se la juzgó extranjera. Los españoles le reprochan su afrancesamiento; los americanos, su europeismo. “Unos –los casticistas- no comprendieron que la función del modernismo consistió en recordarle a España la pérdida de su universalidad; los críticos americanos, por su parte, parecían ignorar que nuestro continente es una creación de Europa en sentido literal¨.

De ahí que su proyecto sostenido haya sido la apropiación de la cultura de Occidente como totalidad o, dicho con sentido actual, globalizante, a través de una fecunda asimilación de toda la literatura decimonónica de Francia, su auténtica patria intelectual. Pero este afán universalista no fue advertido por los vanguardistas en los años 30 del siglo XX al llamarle –imitando una frase de Heine- “un sensontle nicaragüense que hizo su nido en las barba de Víctor Hugo”. “Una cosa que nos hace superiores a los europeos en cuanto a ilustración, es que sabemos lo de ellos más lo nuestro” -declaró sin alarde.

Para entonces. Rubén ya desempeñaba una función central como ciudadano revolucionario de la lengua española de su tiempo, a la que revitalizó, lidereando no sólo el modernismo hispanoamericano (“Somos ya legión y contamos con treinta y cinco revistas en todo el continente; de todo eso va a salir la idea de América, que Europa va a descubrir dentro de poco” –afirmó en Buenos Aires en 1897). También el peninsular. Entonces se convertiría en el valor poético hispano más grande desde el Siglo de Oro, pese al discurso antimodernista –cargado de envidia- de los cegatos castellanos que lo creían “meteco”, o sea extranjero, en la península ibérica. Uno de sus representantes fue Leopoldo Alas Clarín, para quien nuestro gran poeta no era sino “un versificador sin jugo propio, como hay ciento….y además escribe sin respeto de la gramática y de la lógica, y nunca dice nada en dos platos”.

Ellos eran incapaces de perdonarle su triple mestizaje de criollo, indio y negro, como lo define en “Raza” (1908), poema-afiche (el primero del que se tiene noticia) o carnet de la identidad nicaragüense, escrito durante su auto-renovadora experiencia vital que significó su retorno a Nicaragua, hace exactamente cien años: “Hisopos y espadas/ han sido precisos, unos regando el agua/ y otros vertiendo el vino/ de la sangre. Nutrieron de tal modo a la raza los siglos. //Juntos alientan vástagos/ de beatos e hijos/ de encomenderos, con/ los que tienen el signo/ de descender de esclavos africanos, /o de soberbios indios, /como el gran Nicarao, que un puente de canoas/ brindó al cacique amigo/ para pasar el lago/ de Managua. Esto es épico y es lírico”.

Dentro de esta constancia identitaria, Darío se autodefinía: “Soy un hijo de América, soy un nieto de España” e interrogaba a su ave-símbolo: “¿Qué signo haces, oh cisne, con tu encorvado cuello, al paso de los tristes y errantes soñadores?”, pregunta que condujo a su transformación. El cisne, que para él tenía una dimensión estética-erótica y era imagen de enigmática e impasible belleza y referencia legendaria y mítica, adquiere una nueva función: la de conductor de actualidad histórica. Es la Esfinge que escruta el porvenir: “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?/ Tantos millones de hombres hablaremos inglés?/ ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?/ ¿Callaremos ahora para llorar después?”.

Idealista, la oportuna e intencional hispanofilia de Rubén reivindicaba una España no atada al mero utilitarismo condenada por él en “A Roossevelt”, verdadero clamor continental y manifiesto de su actitud potestataria anti-yanki, remontada al desastre del 98, o guerra emprendida por los Estados Unidos contra la Madre patria, acontecimiento que repercutió tanto en la América nuestra, como en la Península, hasta el grado de constituir la experiencia histórica determinante de la generación modernista. “La mandíbula del yanki quedó por momento satisfecha después del bocado estupendo”- se refirió a la pérdida definitiva de las últimas colonias españolas (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) en una crónica suscrita en Madrid el 1 de enero 1899.

A esta cita, es necesario agregar que la dirección fundamental de sus ideas la centró en la identidad latina, concebida frente a la arrolladora Fuerza yanki, tema que desarrolló en otra crónica de 1902. Inserta en el volumen La caravana pasa, cuestiona el libro sobre la norte-americanización planetaria del pensador británico William Thomas Stead (1849-1912), quien planteaba la unificación y expansión del english spoken world; posición desplegada por Darío en Cantos de vida y esperanza (1905), su poemario cimero. Mejor dicho: un orbe humano y, por tanto, contradictorio al contener el optimismo esperanzador y el pesimismo trágico la fe cristiana y la duda angustiosa, la alegría y el desaliento, la amistad y el desamparo, la proclamación de la vida y el terror de la muerte, el triunfo del arte y la condena del poetizar. “La poesía/ es la camisa férrea de mil puntas cruentas/ que llevo sobre el alma”-confesó. Aún más: la suya se convierte en instrumento de conocimiento personal: “Ay triste del que un día en su esfinge interior/ pone los ojos e interroga. Está perdido./ Ay del que pide eureka al placer o al dolor./ Dos dioses hay, y son Ignorancia y Olvido”.

Mas el legado de Rubén sigue siendo actual y trascendente, pues con Martí construyó el “nosotros” latinoamericano, continuando una tradición de formas discursivas, iniciada por Bolívar y demás próceres independentistas y civilizadores. En efecto, toda su obra está llena de valores, de una gran voluntad y una suprema energía por abrirse campo en el mundo artístico e intelectual de su tiempo. De manera que es posible, como lo afirmó Salomón de la Selva, “no conocer más letras que las de Rubén Darío y ser dueño, sin embargo, de una cultura suficiente; tener, es decir, una visión anchurosa del mundo, capaz de ensanchamiento constante; poseer un entendimiento de los hombres cada vez más hondo; contar para cada emergencia de la vida con un sentido más elevado de los que hay por encima de los hombres y el mundo”.

“El universo de los antiguos griegos –agrega Salomón- no fue más espacioso que los poemas homéricos que lo contienen todo; ni el que el occidente europeo construyó en los laboriosos siglos medievales abarcó más que la Divina Comedia. Así, en la obra de Darío, verdadera enciclopedia de nuestra América, se resume y compendia todo en cuanto pensamos y sentimos, cuajan las esperanzas que nos impulsan, palpitan como corazones asustados nuestros miedos, dan alaridos nuestras ilusiones perdidas, abunda todo lo que nos deleita, y desfilan musical y multitudinariamente las realidades e irrealidades de nuestro vivir, las angustias y las glorias, los hallazgos y las fugas, los amores y los odios, y hasta los orgullos patrios y las miserias de nuestras ciénagas civiles. Darío nos fijó horizontes”.

Por eso quisiera terminar con esta frase de ese león católico anti-burgués, practicante del Evangelio que fue León Bloy, uno de los raros franceses de Rubén: “Cuando quiero enterarme de las últimas noticias, leo a San Pablo”. Y es en esa línea hiperbólica que yo acostumbro afirmar algo parecido: “Cuando intento comprender el mundo, cuando deseo penetrar en la compleja realidad del ser humano, leo a Nuestro Padre y Señor Rubén Darío”.


jarellano@bcn.gob.ni