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En periodos cruciales en la vida de una nación es importante invocar el nombre de sus héroes y preguntarse qué visión tenían de la nación y sus instituciones. Uno de los héroes más importantes de Nicaragua es Pedro J. Chamorro. La juventud de Nicaragua aprendería mucho de cómo era la dictadura somocista y de qué pensaba Pedro Joaquín, entre otras cosas, sobre la democracia y la justicia social, si leyera sus libros, especialmente Estirpe Sangrienta y A media jornada: 5 p.m. En este ensayo voy a resumir algunos elementos de su pensamiento político –Pedro Joaquín fue un escritor prolífico- con la esperanza de que los lectores se interesen por su obra.

Pedro Joaquín luchó por la libertad de expresión, la democracia y la justicia social en la Nicaragua que vivía bajo la dictadura somocista, y le legó al pueblo nicaragüense su vida y su pensamiento democrático y progresista. Educado en México en los años cuarenta por exiliados españoles que habían apoyado a la Segunda República durante la Guerra Civil y que se oponían a la dictadura de Franco, Pedro Joaquín se identificó intelectualmente con las ideas republicanas. “Los ideales democráticos y republicanos,” escribió él, “deben prevalecer en Nicaragua.”

Posteriormente, lo influenciaron otras lecturas y experiencias. De éstas, vale la pena mencionar el ala progresista de la Iglesia Católica y su interpretación del cristianismo como una religión que debería optar por los pobres, como lo hizo Jesucristo. La aplicación de doctrinas cristianas a la política hicieron de él un demócrata cristiano al estilo chileno, que es relativamente más progresista que el europeo. Es decir, como él lo dijo en La triple disyuntiva, desde el punto de vista económico y social, él era un socialdemócrata.

Los que creen que Pedro Joaquín era un conservador de derecha, se sorprenderán al saber que él era progresista. Desde los años cuarenta, mucho antes que apareciera el FSLN, Pedro Joaquín expresó su admiración por Sandino. Él se consideraba un hombre de la izquierda democrática, como lo dijo en el editorial titulado Izquierda marxista vs. disciplina, en donde también dio a entender que no era de la izquierda leninista.

Su desacuerdo con los sistemas leninistas se originaba, en parte, en su compromiso con la libertad de prensa y la democracia. Para él, la libertad de prensa era parte intrínseca de la democracia porque “los medios de información representan en el ejercicio de la democracia, un instrumento de balance regulador, en cuanto dan a conocer al pueblo lo que tratan de ocultar los gobiernos”. El gobierno y el pueblo son dos cosas distintas y es necesario que el pueblo controle al gobierno (o sea, que no existe un pueblo presidente). Además, cuando hay libertad de expresión, hay más oportunidad para difundir las reivindicaciones de diversos sectores, incluidas las de los obreros y los campesinos, y los líderes del partido no pueden ordenarle a ningún sector ni a sus organizaciones que se queden calladas, y que no luchen por sus reivindicaciones.

Su lucha por la libertad de prensa era también una lucha para que el gobierno fuera lo más transparente posible. Como le dijo al Presidente Schick en No es insulto, “un diario desea informar al pueblo sobre sus propios asuntos; sobre la forma en que se han invertido los impuestos que el pueblo paga”.

También creía que la libertad de prensa ayudaría a controlar los abusos del mercado: “porque la libertad de información, además de jugar un papel central en el equilibrio de la oferta y la demanda, es la única forma de vigilar el cumplimiento de las reglas del juego en la economía de mercado libre”. Como veremos más adelante, él no estaba hablando de un mercado libre a la Friedman, sino de la existencia de la empresa privada, y de su papel en el desarrollo del país. Él creía que la libertad de prensa ayuda a controlar al mercado y al gobierno, y, de esta manera, el pueblo ejerce algún nivel de control sobre esas instituciones sociales.

La pregunta que sigue es cómo define el pueblo. En el mundo contemporáneo, todos los gobiernos se dicen democráticos, todo mundo dice que gobierna en nombre del pueblo: el truco está en cómo se define el pueblo y qué mecanismos tiene éste para controlar al gobierno y al mercado.

Pedro Joaquín definió el pueblo de varias maneras. En El pueblo, el gobierno y el empresario definió el pueblo como “la ciudadanía toda, pero haciendo énfasis en los más necesitados”. También dijo que “el pueblo es todo el mundo”. En El asunto de la unidad dijo que el pueblo estaba compuesto por el empresario, el profesional, el obrero, el campesino y el estudiante. En su lucha con ese concepto estaba tratando de incluir a todos los ciudadanos, independiente de la clase social a la que pertenecían, pero quería asegurarse que las necesidades de los pobres se tomaran en cuenta.

En todo caso, es obvio que Pedro Joaquín consideraba que la sociedad tenía varios sectores sociales y que debería ser así porque cada sector tiene su función. En Palabrería y burguesía argumentó que los agricultores, dueños de pulpería, artesanos y abogados, no eran proletarios, y que los conceptos de burguesía y proletariado no tomaban en cuenta a la clase media, la que había que incrementar para promover el tipo de democracia que él proponía.

Pero eso no quiere decir que no consideraba necesaria una reforma profunda en Nicaragua. En Reforma social propuso mejorar los salarios de los trabajadores, libre sindicalización, mejor seguro social, y una distribución equitativa de los recursos. Lo mismo dijo en un editorial publicado el 1 de mayo de 1962, día de los trabajadores.

Su lucha contra la desigualdad social era profundamente cristiana, moral. Estaba influenciado, como dice Edmundo Jarquín, por algunos pontífices que escribieron a favor de los pobres, comenzando con la encíclica Rerum Novarum, de León XIII, y también por teólogos o filósofos cristianos como Jacques Maritain, Theilhard de Chardin y Jorge Ahumada. Él dijo en Un resumen en el punto de los obreros “pretendemos ser cristianos y porque como tales, la injusticia y la explotación nos duelen”. Al hablar de explotación no estaba hablando en el sentido marxista, de la plusvalía que el capitalista le saca al trabajador (elemento importante en la versión de democracia de Carlos Fonseca), sino de los bajos salarios, de los campesinos sin tierra, de la concentración de la riqueza en manos de una minoría.

¿Quién es el encargado de distribuir la riqueza? El Estado. En ese mismo artículo, él dijo “creemos que el trabajador debe participar en la riqueza, y que el Estado debe ser factor que, regulando la distribución equitativa de esa riqueza, haga disminuir el abismo que separa a las clases más pudientes”.

Para Pedro Joaquín, la moral cristiana debe mover a los individuos a hacer lo que es correcto. Lo correcto es una administración pública honesta y eficiente, un presidente ni paternalista ni clientelista, y empresarios con responsabilidad social. Estaba en contra de los que sólo piensan en el beneficio personal porque como dijo en Se encarece el espíritu “¿Quién puede progresar en un lugar en donde nadie le ayuda a nadie? La respuesta es NADIE…”. Para progresar es necesaria la empatía, la conciencia de nación, no la miópica conciencia partidaria ni la individualista.

Sin embargo, él sabía que conciencia y prensa libre no eran suficientes “para el establecimiento de una sociedad justa”, eso dependía también de instituciones democráticas. En su artículo Reforma política, él explicó claramente qué clases de instituciones democráticas soñaba para Nicaragua: elecciones libres, independencia de los poderes del Estado, respeto a la ley, apolitización de las fuerzas armadas y el abandono del paternalismo presidencial. He ahí una agenda para el país.

Este sistema descentralizado sería más democrático y serviría para resolver los conflictos entre los diferentes sectores del país, para que el poder pasara pacíficamente de un partido a otro. Esto lo dice en El producto de negar elecciones y en Mientras no haya libre sufragio. Para él, era mejor que la lucha fuera política en vez de militar, ya que las guerras tienen un costo alto, no sólo en vidas humanas, sino también en lo económico y lo moral. Él entendía que ningún grupo, sea éste una pareja, un partido, la iglesia, una nación, es homogéneo, y que éstos deberían tener mecanismos adecuados para resolver pacíficamente los conflictos que se presentan entre sus miembros.

En “Democracia, administración, gobierno y…”mando”, él definió la democracia así: “…es una forma de gobierno popular, escogido por las mayorías y cuya organización está encaminada principalmente al beneficio del pueblo”. Él creía que, a largo plazo, el pueblo sabía lo que quería, y que los partidos, para poder ganarse al pueblo, tendrían que diseñar políticas económicas y sociales que lo beneficiaran, y que los que no lo hicieran no serían capaces de ganar elecciones libres y honestas. El desafío está en cómo organizarlas, y en cómo diseñar un sistema que tenga en cuenta la visión, los valores y las necesidades del pueblo. Este es un desafío que bien vale la pena enfrentar.


*El autor es poeta y sociólogo.