Jorge Eduardo Arellano
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Sucedió aquí cerca. Un hombre entró a primera hora de la mañana en una farmacia al lado del lugar donde trabajo. Sacó un cuchillo de su pantalón y amenazó a la muchacha que estaba detrás del mostrador. Le ordenó que abriese la caja, ante lo que ella, sin parpadear de puro miedo, la abrió de un solo golpe en una tecla. Justo cuando le iba a entregar el dinero sin rechistar y rezando para que todo terminase rápido, llegó uno de los dueños de la farmacia. El hombre del cuchillo salió corriendo sin pensar y sin acordarse ya del dinero que estaba allí a punto de caer en sus manos.

En la persecución, al dueño de la farmacia se le unió otro hombre que pasaba por allí y creyó que sería bueno ayudar al que perseguía. No tardaron en darle alcance. No llegó ni a media cuadra, y al capturarlo, el hombre apenas opuso resistencia, sólo un leve quejido, y tampoco se resistió con demasiado esfuerzo a entregar el cuchillo mientras el otro se lo quitaba. Lo más sorprendente de todo este incidente que les cuento es que el ladrón era enorme, altísimo, incluso creo que era aún más alto que los dos hombres que le sujetaban puestos uno encima del otro. Los otros, al ser más pequeños, no hallaron mejor solución que forzar al gigante a doblegarse en cuclillas. Yo estaba muy cerca, y todavía no podía verle la cara. El hombre, con las rodillas y las manos en el suelo, miraba hacia abajo.

La tensión del suceso se fue reduciendo porque nadie se movió por un buen rato, y el hombre apenas emitió una sola queja, algo parecido a un vagido. La muchacha de la farmacia estaba llamando a la policía, pero tardaban en acudir. Tuvo que salir ella corriendo y llegó a la estación más cercana. Durante todo ese tiempo el hombre no dijo nada más. Los que lo tenían sometido repetían sin cesar las exclamaciones que suelen emitirse en estos casos. Me acerqué, aprovechando la aparente calma relativa. A pesar de todo, nadie estaba demasiado nervioso. Le pregunté al dueño si el hombre había conseguido llevarse algo. Me dijo que no, pero me mostró el cuchillo que le había arrebatado. “Nos hubiera matado a todos”. En ese momento le vi el rostro. Los ojos tan grandes como todo él, pero eran ojos que no estaban viendo nada, estaban en otro mundo, que no era esa de la tierra ni de su propio cuerpo en cuclillas, detenido en la misma forma que un animal.

Una señora de muy buena voluntad se acercó y se compadeció un poco de todos, y en un tono maternal le preguntó al hombre en el suelo: “¿Por qué lo hiciste hijo?” El hombre, de unos cuarenta años tal vez, o quizá más joven pero envejecido, contestó con el mismo sonido de la queja de antes, como preguntando a la mujer, como diciéndole que no entendía.

Otro hombre de acento argentino pasó y le dijo a la mujer: “¿Ché, acaso no lo mira? Está drogado nomás”. Y entonces le vi de nuevo. La verdad es que sus ojos desorbitados no tenían la forma del miedo, era más que eso, estaban en un mundo distinto de muchos planos que se superponían y se interponían en éste en el que estábamos o creíamos estar los que le mirábamos vencido por dos hombres que a su lado parecían dos niños.

Finalmente llegó la policía, tarde como siempre, y como toca. Se fueron directamente hacia él, y los dos hombres los dejaron en sus manos. Cuando se levantó se pudo ver realmente lo enorme que era. Los policías tuvieron que esposarlo poniéndose de puntillas. Era un hombre que nunca en su vida podría pasar desapercibido con semejante estatura. Dócilmente se dejó hacer y entró en la parte de atrás del vehículo sin decir nada, como si fuese un gesto aprendido. Se lo llevaron. La gente hizo los últimos comentarios. El dueño de la farmacia, entre asustado y satisfecho, contó una y otra vez la peripecia añadiendo más detalles a cada rato.

Lo extraño, insisto, es que no hubo ningún exceso de violencia, lo cual no hubiera sido demasiado difícil, sino que todo se dio según una especie de guión que no logro todavía comprender. El tipo, el hombre gigante, estaba tan drogado o tan desesperado que entró en aquella farmacia para conseguir un poco de dinero urgente, que debía ser más poco a primeras horas de la mañana. Si tenía antecedentes, por un intento de robo a mano armada a plena luz, no calculo cuánto será, pero imagino que se traduce en mucho tiempo de cárcel. Y la historia podría acabar aquí. Ninguno volveríamos a hablar del asunto, salvo que podría ser una anécdota de ese día, algo que se cuenta antes de acostarse y después se borra. Nadie se preguntó por qué el tipo no trató de huir. Con un manotazo simplemente se hubiera desecho de los hombres que lo retenían. Era mucho más grande y mucho más fuerte. Y qué quieren que les diga, pero ver un hombre así, un gigante arrodillado, siempre te desarma. Si tan sólo hubiese querido se habría escapado.

La muchacha se fue calmando después del susto, pobre. Probablemente, para él, era una historia de siempre, ya vivida. Tenía la certeza de sabérsela. Y para él, comenzaba entonces ese capítulo que le lleva a la cárcel, desde donde es posible que vuelva a salir para revivir la misma historia. Un hombre gigante que atravesaba ese espacio penal y punitivo, terrible por inútil que lleva a la prisión, y que es a su vez, si se piensa bien, uno de los mayores fracasos de todos nosotros como humanidad. A ese sistema no se le ha dedicado ni la mínima parte del esfuerzo que merece para la búsqueda de otras alternativas. Se trata de un laberinto donde nos perdemos un poco todos, donde cualquier solución no es única ni fácil, pero en el que se reconoce la evidente ineficacia si sólo se basa en lo punitivo. Un lugar donde cohabitan pederastas con violadores, adictos a la drogadicción con esquizofrénicos, víctimas de la violencia, con personas que sufren demencia, jóvenes de pandillas con traficantes de droga. Si se mira bien, es una locura. Sobre el papel, la ley dice otras cosas. Tras las rejas no hay más traducción que el castigo y la pérdida de muchas cosas. Y a la salida, hasta un gigante sale más vacío que antes, más derrotado. Qué se puede esperar, si parece que entre todos hemos decidido que todo eso no merece el esfuerzo. Quién hablaría en campaña electoral, por ejemplo, de alternativas al sistema legal y penitenciario. Enseguida dirían, no vale la pena gastar pólvora…Y pensar que con un ligero esfuerzo, el gigante se habría escapado.


franciscosancho@hotmail.com