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En las últimas semanas he recibido numerosos homenajes, me han invitado a pronunciar discursos, reiteran mi condición de fundador del FSLN, hecho del cual fui protagonista junto con Carlos Fonseca y otros hermanos. Tal hecho se debe, claro está, a mi temprana vocación revolucionaria y a una circunstancia biológica. En aquel momento yo era muy joven y no tengo la menor duda de que muchos de mis hermanos, protagonistas del Frente Sandinista de hoy, si hubieran estado presentes en aquella época estarían en esa honrosa lista de fundadores de nuestra organización revolucionaria.

Ustedes saben muy bien que el más sabio, agudo, audaz y visionario de esta historia fue Carlos Fonseca, quien merecía la vida más que ninguno de nosotros. El sectarismo, rivalidades mezquinas, ambiciones de baratija, su terca terquedad, algo de circunstancias, más o menos casuales, provocó su prematura muerte.

Cuanto he dicho en mi vida es, creo, bastante creíble. En todo caso, jamás he dicho algo tan cierto y, por verdad de mi corazón no he afirmado nada tan honesto como cuando afirmo que hubiera preferido mi muerte a la de Carlos Fonseca. Por desgracia no fue así y aun a esta edad, recibiendo tanto reconocimiento, como desearía que fueran estos y muchos más para él. Cuantos yo recibo son demasiado holgados para mis méritos, con independencia de que a estas alturas parecieran una notificación, algo parecido a una despedida. De todas formas no tengo inconveniente de estar disponible, a cabalidad para decir en un futuro próximo adiós, adiós a los míos, a mis amigos, compañeros y hermanos, a los militantes del FSLN, a cuanto nicaragüense esté dispuesto a la cordialidad, sin olvidar, desde luego, que hay quienes nos odian hasta la injuria, la calumnia, quienes nos desean con rabia la muerte. Lo leo en algunos comentarios procaces en la página de internet de EL NUEVO DIARIO, cuando escupen sobre mis
artículos.

Nos odian, odian a Daniel, a Rosario, a Lenín, odian la bandera roja y negra, odian con increíble exasperación al FSLN. Al FSLN nacido bajo la lluvia, acribillado de zancudos, mordido de garrapatas, al FSLN , caballero andante en las selvas del río Wanki, donde estuvimos a punto de morir de hambre, o acribillados a balazos. FSLN integrado por un puñado de soñadores, sin esperanzas inmediatas de triunfo, con la certidumbre casi total de la entrega de la vida. Al FSLN que destruirá la extrema pobreza, al FSLN que ha santificado la dignidad de la patria.

El mismo Frente, con la frente levantada, que ha sobrevivido a las derrotas y ha sobrevivido, a lo más peligroso y arriesgado, que son sus numerosas victorias y que va a sobrevivir con todas sus contingencias y amenazas a los inevitables triunfos de los próximos años.

Recibir un Doctorado Honoris Causa no me vuelve más sabio, aunque tal vez me vuelva más engreído. Sobre todo recibirlo de la universidad donde estudié cinco años en la carrera de Derecho y la cual no pude culminar porque caí preso, y estuve varios años en la cárcel. Después me incorporé a la lucha guerrillera y, a lo mejor, si hubiera culminado mis estudios de abogado estaría entretenido en algún tribunal defendiendo a un calumniado y nunca hubiera recibido la honrosa distinción que estoy recibiendo ahora, la cual agradezco en nombre de los miles que entregaron su sangre, merecedores muchísimo más que yo de cualquier reconocimiento. Se quienes han intervenido en la decisión de entregar este doctorado. No ha sido ajeno para nada mi hermano Daniel y mi otro hermano Lenín Cerna, quien no pudo estar presente, como él deseaba en este acto. Las palabras del rector y del Secretario General que, seguro hablan en nombre de todos ustedes y de todos los universitarios, están en un rincón privilegiado de mis gratitudes.