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Según la encuesta de M&R Consultores del 19 al 28 de junio, si las elecciones hubieran sido en esos días, ni toda la oposición unida (25.2%) le hubiera ganado al FSLN (32.6%). Mientras quedaba a la expectativa una mayoría independiente (42.3%) que no atiende los cantos de sirena de nadie, quizás harta de tanta politiquería, corrupción e irrespeto. Sobre todo por esto último, las fuerzas políticas deberían articular con meticulosidad su programa y su discurso, de modo que tengan posibilidades reales de llegar al alma y al cerebro de estos ciudadanos, y puedan motivarlos y demostrarles que de verdad son capaces de comprometerse con un genuino proyecto nacional.

Pero todo cálculo sobre resultados electorales, incluso a partir de los valiosos hallazgos de M&R Consultores, naufragan ante el oleaje embravecido del fraude sucio y maloliente, otra de las evidentes manifestaciones del partido de gobierno en las que se aprecia, de manera rotunda, cómo éste le ha copiado algunos rasgos a la dictadura somocista, y ha organizado una abominable maquinaria para robar elecciones.

Se acabó el Consejo Supremo Electoral (CSE) de Mariano Fiallos Oyanguren, en el que los funcionarios y empleados asumían su rol de manera técnica y profesional, y no podían mostrar ni siquiera un atisbo de inclinación hacia uno u otro partido político. Poco a poco se fue ensuciando y contaminando el sistema, y en 2008 sucedió la catástrofe, cuando el Frente orientó a sus militantes a hacer todo lo que estuviera a su alcance, sin excepción, para que sus candidatos obtuvieran la victoria.

Aunque ya nos acercamos al período electoral, reina una peligrosa incertidumbre porque no hay garantías de que se cuenten los votos con honestidad. Muy pocos pueden creer que su voto será contabilizado a como es, y no a conveniencia del Frente. A lo inmediato, esto es muchísimo más grave que la evidente descomposición que ha estado sufriendo la Policía Nacional, y que, igualmente, puede llevar al país al caos.

Ya el legendario Tomás Borge Martínez, impúdicamente, declaró a periodistas venezolanos que en Nicaragua el Frente no permitirá que tome el poder otro partido, y que su organización hará hasta lo imposible, cualquier cosa, lo que sea, para continuar en el gobierno. Por más de cien años estará el Frente en el poder, agregó con extravagante prepotencia varios meses después, casi como los servidores de la dictadura dinástica proclamaban “Somoza for Ever”.

En un país con un gobierno un poco serio, quien hubiese manifestado tal irrespeto al votante, con tan desmedido engreimiento y obcecada intolerancia, hubiera sido despedido de su cargo, pero aquí no ha pasado nada. Borge aludió a que no deben haber barreras morales o éticas de ningún tipo, lo que importa es asegurar la victoria, cueste lo que cueste, como si el fin justificara los medios. Impensable en alguien que se precia de revolucionario. Pero ocurrió.

Lo que dijo Borge es la declaración oficial que más nítidamente representa a la nueva dictadura que se está configurando velozmente, y esto es algo paradójico, porque precisamente el ex Ministro del Interior es el único representante del Frente que ha tenido la audacia de negar en varios artículos publicados en EL NUEVO DIARIO, el sesgo dictatorial que cada vez con más fuerza va tomando el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, y del resto de la cúpula adueñada del Frente Sandinista.

El panorama que enfrentamos es el de un CSE contaminado, con sus facultades técnicas y profesionales perdidas, controlado por un partido que lo utiliza, no coadyuvando a que sea un eficaz instrumento para resolver las contradicciones en la sociedad, sino como su arma estratégica para continuar en el poder con o sin el voto de los electores. En otras palabras, no existe ninguna garantía para los votantes. No existen condiciones en Nicaragua para efectuar los próximos comicios presidenciales.

Y si no hay elecciones con las cuales resolver honesta y transparentemente las controversias políticas, entonces, ¿cómo vamos a hacer? Será el momento acaso en que las multitudes por fin se lancen a las calles a reclamar sus derechos y bajarle los humos a la dictadura en ciernes? ¿Debemos llegar a una situación extrema para lograr algún acuerdo justo? ¿Por qué no es posible actuar civilizadamente, convenir un tribunal electoral profesional y que gane quien gane? ¿Por qué debemos estar sumergidos en una nebulosa de marrullas, triquiñuelas, pasadas de cuentas, decretazos, serruchaderas de piso, ofensas, robos descarados y encubiertos, campañas denigratorias, violaciones constitucionales, chantajes y compra venta de conciencias?
El problema no es si podrán los desprestigiados partidos políticos de derecha organizar sus primarias o si finalmente habrá un frente común opositor en los próximos comicios, sino, si habrá elecciones libres y honestas. En su borrachera de poder, el Frente no quiere disputarlo porque no acepta la posibilidad de perder, mucho menos de entregar el gobierno y todos los resortes y palancas poderosas que está usufructuando, entre ellos la multimillonaria ayuda venezolana. No ven que podrían llevarnos a un abismo.

Eliminar las elecciones como mecanismo para disputarse el poder, implica avasallar múltiples derechos humanos relacionados con el más esencial: la libertad. Es cierto que observamos una pasividad de la gente que a veces preocupa, una aparente indiferencia ante los abusos y violaciones constitucionales y a los derechos sociales, pero el pueblo se puede levantar encolerizado si no lo dejan ejercer su derecho a decidir los destinos de este país o si le vuelven a robar sus votos. Aprendamos las lecciones de nuestra historia reciente. Están frescas e imborrables.


*Director de la Revista Medios y Mensajes.

gocd56@hotmail.com.