Jorge Eduardo Arellano
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Hace algunos meses que la casa luce sola, como los muelles en el alba. Desierta. Si no es por los gritos de Joseph, su nieto, que lo incendia todo, o por el ruido del televisor o la voz queda de la abuela, pareciera que allí nadie viviera. Este año hasta los perros se murieron y el pájaro de colores vivos que vivía encerrado en la jaula escapó una mañana invernal mientras lo aseaban. La gente que llegaba dejó de hacerlo. Sólo se escuchan los vientos de enero maltratando puertas y ventanas. Y pululan como plagas los recuerdos.

“Es el síndrome del nido vacío”, dice Reyna, con nostalgia en sus ojos, mientras pretende acostumbrarse a la soledad y a la nueva vida que nos espera. Yo, un espíritu de contradicción nato, le respondo: No hay tal nido vacío. Simplemente es una manera literaria con que los sicólogos se refieren a la ley de la vida que es nacer, crecer, reproducirse, emigrar y morir. Ninguna madre lo entiende. Pero la vida es así: mientras están pequeños, la madre es todo para los hijos: brújula, diosa, guerrera que los protege del hostil mundo que les espera. El principio y el fin, el alfa y la omega. Luego, cuando éstos crecen y comienzan a salirle las alas, las uñas y cambian de voz y se desarrollan los órganos genitales y mentales, se sienten gallitos, fieras de corral, escogen su presa, y un día se marchan sin decir nada, dejando sin nostalgia ni remordimientos una montaña de buenos y malos recuerdos.

Le digo a ella que la mayoría de los hijos --con raras excepciones-- son malagradecidos y nacen con problemas de Alzheimer: se olvidan de sus orígenes, de sus raíces, de la sangre que los une y hasta de su madre que los parió. Se olvidan de las lágrimas y sustos que costaron, incluso, del dinero que gastaron para crecer sanos. Algunos dicen que es obligación de los padres sufrir, llorar y sufragarle todos los gastos para que ellos crezcan sanos y felices. Y te remiten a las leyes. Qué ingratos. Pero las madres siguen creyendo --y siempre lo harán-- de que sus hijos son santos polluelos. Todos son buenos hasta que éstos con el tiempo se encargan de demostrarles lo contrario.

Siempre he imaginado a las madres como esas santas protectoras e instintivas, insustituibles, tanto en la tierra como en el cielo, que aman a sus hijos más que sus propias vidas, y que al final, por esas ironías crueles del destino, se quedan solas y desprotegidas. Algunas, con suerte, tienen para sobrevivir los últimos días. Otras quedan viviendo en casas de ancianos, refugios y hasta mueren de soledad y de hambre en los hospitales públicos. Conozco casos de madres que han sacrificado sus propias vidas para vivir la de sus hijos, y éstos les pagan con el desprecio, la soberbia y la indiferencia. Fui testigo de una hija que es profesional gracias a los esfuerzos de su madre, y ahora alega que no le debe nada porque era obligación de su progenitora ayudarle a graduarse y ser feliz. Qué cáscara. También he conocido casos más terribles de hijos e hijas que se convierten en los principales detractores de sus madres, como si éstas fueran perfectas, y terminan sentándolas en el banquillo de los acusados. Sin embargo, debo confesar que hay hijos e hijas que siempre están pendientes de su madre, de sus necesidades, y que incluso, para no hacerlas sufrir, aprovechan sus ratos libres para regresar al huevo, cobijarse en sus alas protectoras, y hacerlas creer, aunque sea por instantes, que siguen siendo aquellos tiernos e inocentes polluelos que sigue amando con locura y llenando de bendiciones. Estos son la minoría y pertenecen a un selecto club de hijos que nunca fueron eclipsados por amores fugaces ni placeres terrenales. Hijos que siempre tuvieron a sus madres en un lugar especial y que nunca se sintieron reemplazadas por nada ni por nadie. Hijos e hijas que nunca dejan el nido, porque allí se formaron, aprendieron a amar y fueron amados, y siempre se sienten en casa.

A mí que no me vengan con el cuento del nido vacío. De mi parte que se vayan. Que preparen sus alas y sus pulmones y vuelen. Que hagan sus nidos en otros árboles. Lo que pasa es que los hijos, cuando ya sus alas están grandes, cuando ya medio trabajan, cuando ya tienen sexo con sus novias, cuando comienzan a probar las mieles de este mundo, y andan sus centavitos en la cartera, se olvidan del sacrificio y del amor de sus padres. Algunos se creen los dueños del mundo, los que pueden cuestionar a sus progenitores, cuando solamente son unos pobres pajarracos de uñas y alas largas dependientes de los recursos de sus padres y con una precaria experiencia en los asuntos de la vida. Incluso, conozco de hijos que no abandonan el nido por oportunismo, por no perder los privilegios materiales y espirituales de ese pedacito de cielo.

En fin, yo creo que cuando un nido es bueno nunca queda vacío Y una prueba de que el nido ha sido muy bueno, y que la dueña de ese nido ha sido una excelente madre, es que mientras algunos pájaros de la casa se han marchado y otros tienen listo su pasaporte, eclipsados por la parafernalia de afuera , otros polluelos llegan en busca de amor, afecto, calor, como nuestro nieto Joseph, quien incendia la casa y está dispuesto a llenar el nido, pero sobre todo, a llenar de alegría nuestros corazones.


*felixnavarrete_23@yahoo.com.ni