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La historia de nuestra educación se ha debatido entre la contradicción de la imposición y la participación. Mientras en los años 80 se abrieron múltiples canales de participación, como por ejemplo la Gran Cruzada de Alfabetización, en la que todo el pueblo participó, la década de los 90 significó una ruptura con el desborde anterior. A partir del 2000-2001 el Plan Nacional de Educación y en 2005-2006 el Foro Nacional de Educación, se constituyeron en dos plataformas profundamente relevantes, en las que representantes sociales, institucionales y sindicales hicieron saber al país una propuesta educativa altamente legitimada, que no hubiera sido posible sin el respaldo social e institucional de amplios y diversos sectores sociales e institucionales.

La etapa de 2007 a 2009 ha supuesto un reforzamiento de la experiencia participativa de la etapa precedente, con expresiones de gran aceptación social. La Campaña de Alfabetización que contó con amplia participación social; la Gran Consulta del Currículum al país, en la que amplios y diversos sectores respondieron proponiendo aportes de su interés al nuevo currículum; la conformación de diez Comisiones Nacionales con participación diversa de instituciones y organismos no gubernamentales, aunque de forma gradual el Mined debilitara su interés en estos aportes, con la consecuente desmotivación de sus integrantes que venían haciendo aportes generosos de fondo de tiempo e ideas de cambio y transformación. Todos estos espacios contrajeron amplia legitimidad para las transformaciones que se estaban produciendo.

Como podemos apreciar, si bien la demanda de participación siempre ha estado latente, por lo general son factores subjetivos, político-ideológicos, los que han obstaculizado y obstaculizan la participación, ubicándose el punto de equilibrio en la medida que el Gobierno de turno y sus instituciones, han logrado comprender la importancia que tiene la apertura y tolerancia a ideas contrapuestas, sentando el diálogo y el debate como paradigma catalizador de los cambios en la conciencia educativa. Es en esta relación dialéctica donde surgen las transformaciones educativas duraderas.

Siendo la educación el lugar estratégico por excelencia para el desarrollo del país, es el mejor patrimonio con que cuenta la nación y toda la sociedad, por cuanto en ella se prefigura y orienta la construcción de las personas como seres humanos únicos, irrepetibles y críticos, pero también como seres sociales, como ciudadanos con una mirada nueva hacia lo que significa reconstruir el país desde los valores y capacidades que aporte la educación. Es la educación, por tanto, el centro de interés de toda la población, por lo que requiere trascender visiones parciales, interesadas, para acuerpar visiones ampliamente compartidas por toda la Nación.

Múltiples aportes del debate internacional y nacional de Cumbres Mundiales de Educación y de Declaraciones de Jefes de Estado, resultan ampliamente coincidentes, en tanto ven la educación como un punto de encuentro, un lugar de concertación, y un espacio para hacer de la democracia participativa una realidad. La sociedad, en sus diversas manifestaciones, cada día más ha adoptado la cultura de la participación democrática, como condición necesaria para avanzar en la transformación de su educación. No obstante, este imaginario colectivo de participación democrática, encuentra hoy rupturas profundas que contravienen esta lógica, lo que provoca, también, rupturas, desequilibrios y debilitación en la calidad de la educación. En tanto se contravenga el paradigma de una educación con todos y para todos, cualquier meta educativa, por grandielocuente que sea, añadirá nuevas dificultades y obstáculos a los ya previstos para su realización. Esta proporcionalidad inversa es una lección aprendida de nuestra historia que, al parecer, seguimos desoyendo.

Una de las características que muestran el grado de inmadurez educativa de un país se refiere al hecho de cómo se configura esta participación social. Suele ser harto común que el diálogo y el debate se realicen entre núcleos de personas que presentan el mismo sello político-ideológico. Se trata de una participación fácil, simplista y manipuladora, que rehúye el conflicto y la discrepancia como oportunidad para acercarse más a la verdad, para acogerse por el contrario a la complacencia debilitadora en la dinámica que exige la transformación educativa. Se prefiere, de esta forma, la autocomplacencia, la sobrevaloración sobre las metas educativas, y no el debate sincero de puntos contrapuestos, que se debaten en la búsqueda de nuevas ideas educativas, aunque éstas resulten incómodas o desestructuradoras de la comodidad y de la manipulación sistemática.

A estas alturas ya el país cuenta con un amplio acervo de experiencias de participación social que han dado frutos importantes. Las Mesas Educativas, en distintos rincones del país, en las que prevalece la diversidad, el debate respetuoso y la proactividad educativa, han brindado ejemplos admirables de iniciativa a las transformaciones educativas. En tanto tales expresiones sean asfixiadas, mayor empobrecimiento y encasillamiento ingresará al aparato educativo, y mayor debilitamiento se producirá en la calidad educativa desde el territorio. Por el contrario, en tanto la educación del país, en todas sus expresiones, logre “reunir tantos vigores dispersos” y diversos, mayor riqueza, conciencia y compromiso llamará a las puertas de la educación.

La experiencia del país pone de manifiesto que, tanto en cuanto nos atrevamos a encontrar puntos de equilibrio en un debate educativo amplio, diverso, libre y sin temor alguno a disentir, pero con argumentos asertivos, las políticas educativas y su concreción en metas efectivas, contarán con mayor apoyo, iniciativa y compromiso de parte de todos los sectores, para aupar y relevar las transformaciones educativas, volviendo a éstas más legítimas y sostenibles. Participar para incidir en la educación es un derecho natural y positivo. Todos estamos llamados y urgidos a hacer posible la educación que queremos y necesitamos como país.