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BEIJING
La tasa de ahorro nacional de China ha sido muy elevada en los últimos años, pues representó el 52 por ciento del PIB en 2008 (el año más reciente sobre el que se dispone de datos estadísticos) y con frecuencia se la acusa de los desequilibrios mundiales actuales. Según opinión generalizada, los países que ahorran demasiado exportan demasiado, lo que origina superávits comerciales y reservas de divisas en aumento. Pero no siempre es así. Por ejemplo, si ahorro 100 dólares, pero al mismo tiempo invierto 100 dólares en los activos fijos de mi fábrica, tengo “equilibrio interno” y no tengo superávit de exportación con nadie.

Ese ejemplo refleja la situación económica reciente de China. A finales de 2009 y comienzos de 2010, la tasa de ahorro de China podría haber seguido representando el 50 por ciento del PIB, si su superávit comercial no se hubiera reducido en gran medida en comparación con años anteriores. De hecho, China registró un déficit comercial en parte de ese período, pues una elevada inversión en activos fijos (debida a las políticas estatales de estímulo aplicadas a raíz de la crisis financiera mundial) impulsó la demanda interna de bienes como lo habría hecho un mayor gasto en bienes de consumo.

Sólo cuando un país invierte menos en activos fijos que la cantidad que ahorra aparecerán “ahorros excedentes” en la balanza comercial. La misma lógica es aplicable a la economía de los Estados Unidos, pero de forma opuesta: aun cuando los EE.UU. consuman mucho y no ahorren, pueden no tener déficits comerciales, si no invierten mucho. Sólo tienen déficit comercial cuando invierten mucho sin limitar el consumo.

Desde luego, el ahorro no es malo. Si los americanos y los europeos hubieran ahorrado más, podrían no haber creado los desequilibrios mundiales que alimentaron la crisis financiera o los problemas de deuda soberana a escala mundial que después han aparecido. Y el ahorro es particularmente bueno para los países en desarrollo. Una de las dificultades más ingentes para los países pobres es la necesidad de acumular capital de inversión en condiciones de ahorro escaso sin endeudarse demasiado en divisas.

Aun tratándose de una economía en desarrollo con una renta por habitante de 3.000 dólares, como la de China, la de la creación de riqueza en las clases medias sigue siendo una cuestión fundamental. Espolear un mayor crecimiento de las pequeñas y medianas empresas mediante una inversión relativamente elevada en activos físicos y programas de investigación e innovación, mejores infraestructuras y una urbanización más rápida, cosas todas ellas que requieren muchos ahorros para invertir, es decisivo.

En cualquier comparación internacional válida, el volumen de capital físico por habitante de China sigue siendo entre ocho y diez veces inferior al de países avanzados como los Estados Unidos y el Japón. Sin un ahorro relativamente elevado, un país en desarrollo como China podría seguir siempre a la zaga.

Si un país en desarrollo tiene un ahorro elevado (pese a las medidas adoptadas para aumentar el consumo actual) a consecuencia de factores estructurales, la mejor estrategia no es la de reducirlo mediante “sacudidas exteriores” a corto plazo, como, por ejemplo, una apreciación espectacular del tipo de cambio, que puede acabar con las industrias de exportación de la noche a la mañana. Más bien se debe encauzar el ahorro aún más –y con mayor eficiencia– hacia la inversión interna para evitar grandes desequilibrios exteriores.

Por ejemplo, China debe utilizar su actual ahorro elevado para desarrollar las infraestructuras y acelerar la urbanización del país, con lo que pondrá unos cimientos más firmes para el desarrollo futuro. El ahorro podría seguir siendo elevado, pese a que el consumo actual crece lentamente, mientras que la balanza comercial se mantendría controlada por una mayor demanda de bienes de capital importados.

Además, la inversión en infraestructuras públicas y servicios urbanos no creará “exceso de capacidad” industrial; en cambio, brindará bienes de consumo duraderos a largo plazo que las familias y las empresas utilizarán durante los años futuros. Si China continúa por esa vía y se mantienen las demás condiciones, su superávit exterior disminuirá aún más.

Naturalmente, un país debe abordar una tasa de ahorro “demasiado elevada”, aun cuando no sea necesariamente la causa principal de los desequilibrios exteriores. Ése es sin lugar a dudas el imperativo de China a largo plazo. Una tasa de ahorro del 50 por ciento del PIB es demasiado elevada en cualesquiera circunstancias y un consumo de las familias equivalente al 35 por ciento del PIB es demasiado bajo.

Pero para abordarlo hay que recurrir a unas políticas internas encaminadas a lograr un cambio estructural, no a políticas exteriores, como la apreciación del tipo de cambio. Sin un cambio estructural interior, la apreciación de la divisa no sólo socavaría las exportaciones, sino que, además, podría reducir las importaciones, a consecuencia de un mayor desempleo y unos ingresos menores.

China debe reconocer que un ahorro elevado no aportará un crecimiento estable a largo plazo. Una inversión interna elevada puede impedir de momento que un “exceso de ahorro” cree demasiadas presiones hacia arriba de la balanza exterior, pero, dadas las tendencias de la relación de intercambio de China, el crecimiento sin un aumento del consumo interno es insostenible a largo plazo.

Una inversión elevada puede causar un recalentamiento económico y aumentar el precio de los bienes de capital a medio plazo y con el tiempo desencadenar inflación. Por eso, para lograr equilibrios internos y exteriores, es necesario reducir el ahorro.

Entretanto, la llamada “política de crecimiento orientada a la exportación” de China puede no ser inadecuada para un país en desarrollo, porque el comercio internacional en general crea más puestos de trabajo y aumenta los ingresos, pero, si las exportaciones siguen aumentando sin que haya un aumento de las importaciones debido al consumo, se producen distorsiones y aumentan el superávit comercial y las reservas de divisas.

China ha adoptado algunas políticas para reducir su superávit comercial, como, por ejemplo, la reducción de los aranceles a la importación, la supresión de las bonificaciones tributarias de los bienes exportados y la apreciación gradual del tipo de cambio, pero lo que China necesita en realidad es un mayor esfuerzo para fomentar el consumo interno y reducir la tasa de ahorro.


Fan Gang es profesor de Economía en la Universidad de Beijing y en la Academia China de Ciencias Sociales, director del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas de China, Secretario General de la Fundación Reforma de China y miembro del Comité de Política Monetaria del Banco Popular de China.


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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