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El profesor de Teología Ecuménica, José Miguel Torres, del Instituto “Martin Luther King”, de la Upoli, se refirió en un reciente artículo en EL NUEVO DIARIO, titulado “Lectura bíblica y violencia generacional en El Salvador”, a tres puntos vitales, que él mismo enumera así: «1.- Que la Biblia no sólo es un libro que habla de Dios, sino que es el libro en el que Dios nos habla para redimirnos…; 2.-Que Jesucristo por su palabra se hace presente y se actualiza donde 2 ó 3 se reúnen en su nombre para nutrir la vida desgatada y en camino de muerte; 3.- Que sólo la palabra que viene de Dios puede salvar este mundo» Con entusiasta ánimo ecuménico el referido profesor Torres insta a los demás pueblos de América a imitar el proyecto legislativo salvadoreño, a fin de, a partir de estas premisas, darle la oportunidad a la palabra de Dios en nuestras escuelas y, en general, en la roída sociedad latinoamericana.

Poco a poco la historia moderna reciente ha ido dando lugar a que el hombre y la mujer cometa la gran osadía de matar a Dios; pero en este mismo momento en que el género humano se muestra autónomo, todopoderoso, señor de su destino, comienza a tener miedo de lo que ha hecho y le asusta la idea de acostumbrarse a vivir sin Dios. Este ser moderno, producto de la evolución de la historia, el superhombre de Nietzche, es el que no tiene pasado ni futuro, y es por eso que vive en un eterno presente, que pretende que con él comienza todo; es el creador absoluto de sentido a partir de su propia voluntad.

El argumento ya conocido de la no existencia de Dios a partir del mal existente, se resume en la expresión muy secularista de: Existe el mal, luego no existe Dios. El silogismo de esta tesis sería: si Dios existiera y no quitara el mal sería porque no querría o porque no podría. Pero si no quiere, es un Dios malo. Un Dios malo no es un Dios. Y si no puede, ¿cómo puede ser Dios?

Sea en El Salvador ( a como indica el autor aludido sobre la lectura de la Biblia en las escuelas públicas) o en cualquier país de América Latina, la sociedad está enfrentando una aguda crisis existencial en la que Dios, que es lo mismo hablar de su Palabra (la Sagrada Escritura), es omitido con silencio cómplice no sólo del ateísmo, sino de los mismos cristianos, con nuestras palabras y actitudes, como un hecho constatable en el que se ha tratado de apartar a Dios de los negocios, de la vida familiar, de las escuelas, en fin, incluso en estas sociedades de “ínclitas razas”, las iglesias ya no pueden hablar de las exigencias de Dios sobre la paternidad responsable, de la fidelidad, de matrimonio de pareja (hombre y mujer), de justicia social, de sexualidad, mucho menos de política en sentido de bien común.

La injusticia generalizada traducida en sus diferentes matices de: extrema pobreza, corrupción de los políticos, agresión a la dignidad humana y al medioambiente, abusos de poder, falta de educación y salud, etc., pone de manifiesto la voz de Dios haciendo que los creyentes sean más capaces de redescubrir la predicación de Jesús y su orientación preferente de anunciar la salvación a los pecadores y a los pobres. Así, pues, el creyente ve en el prójimo que sufre “los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor”, que le interpela y cuestiona desde aquellos tiempos bíblicos que son de siempre: el mismo Dios de Egipto, de los profetas, de un pueblo esclavizado o en el exilio, es el que hoy escucha nuevamente las peticiones de auxilio de los pueblos subdesarrollados y empobrecidos de América Latina y de África.

Pero ni el silencio de Dios sin eco en el mundo desarrollado, ni el grito de Dios que se escucha en el mundo empobrecido, pueden obnubilar el susurro de Dios que se deja trascender por gracia, por encima de toda sociedad por muy secularizada y relativizada que sea; por eso el problema de Dios (que es la pregunta del hombre: ¿dónde está Dios?), no es una realidad tan ajena a nuestros países como para no poder decir nada de Él; a pesar de ser absolutamente distintos, no son contrarios, porque Dios se ha revelado empleando palabras humanas, cargadas de sentido y de significado para todos como sociedad y para cada uno de nosotros como seres trascendentes; esto se puede conocer por medio de la analogía de la fe trasparentada en la Palabra de Dios que se encuentra en la Sagrada Escritura.


*Facultad de Teología “Mater Evangelii”, Ucatse.