Jorge Eduardo Arellano
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CAMBRIDGE

¿Significará el resurgimiento de los sindicatos una traba para las ruedas de la globalización? ¿O servirá su creciente fuerza para hacer que la globalización sea más sustentable, al estimular una mayor igualdad? Como quiera que sea, los sindicatos son un factor clave para la evolución de nuestro sistema económico en 2008 y en los años venideros.

La creciente influencia de los sindicatos ha sido puesta en evidencia en varios eventos recientes: el controvertido acuerdo de la Canciller alemana Angela Merkel para elevar los salarios mínimos de los empleados postales, el hecho de que varios candidatos presidenciales estadounidenses expresen abiertamente sus inquietudes acerca del comercio y la inmigración, y la incipiente preocupación de los gobernantes chinos acerca de los estándares laborales.

Además de su influencia política, la respetabilidad intelectual de los sindicatos también está teniendo un renacimiento. Tras décadas de ser denigrados por los economistas por elevar el desempleo y estrangular el crecimiento, los sindicatos hoy están recibiendo respaldo de destacados pensadores, como Paul Krugman, que argumentan que es necesario que haya sindicatos más fuertes para contrarrestar los peores excesos de la globalización.

La repentina aparición de los sindicatos como fuerza política es particularmente sorprendente en los Estados Unidos, en donde el índice de sindicalización en el sector privado ha caído de 25% en 1975 a un 8% en la actualidad. Desde compañías de alta tecnología como Google al gigante detallista Wal-Mart, las empresas estadounidenses se las han arreglado para no tener sindicatos. Sólo el sector público, donde el índice de sindicalización es del 35%, ha seguido siendo un bastión. Una de mis mejores amigas de la infancia se casó con un líder sindicalista a quien le resultó tan difícil encontrar empleo en EU que finalmente se mudó con su familia a Canadá, donde las huelgas son mucho más comunes.

Hoy hay líderes políticos estadounidenses, como el congresista Barney Frank, que desean el retorno de los sindicatos. Sin embargo, hay buenas razones para ser escépticos. Para un país relativamente pobre como es China, la existencia de sindicatos reales podría ayudar a equilibrar el poder de los empleadores, generando beneficios de calidad de vida mayores que los costes para el crecimiento. Las condiciones de trabajo en las fábricas de ciertas áreas de China recuerdan demasiado a las que existían en Estados Unidos a comienzos del siglo veinte, antes del surgimiento de los sindicatos. Miles de trabajadores chinos mueren cada año en minas de carbón que a veces carecen de precauciones de seguridad básica.

No obstante, para los Estados Unidos y los países ricos de Europa, el argumento de que un fortalecimiento de los sindicatos tendría más beneficios que costos es mucho más dudoso. Hoy en día, la mayoría de los trabajadores tienen derechos constitucionales y legales que cubren las protecciones básicas por las que los sindicatos luchaban originalmente hace un siglo.

En lugar de ello, con demasiada frecuencia los sindicatos contribuyen en la actualidad a promulgar prácticas laborales inflexibles y estructuras salariales fijas que no recompensan adecuadamente las capacidades y el esfuerzo en el trabajo. No es de sorprender que el sector público, donde la productividad es baja y las limitaciones fiscales son poco estrictas, tenga por lo general la mayor concentración de sindicatos. En particular, los sindicatos de profesores son una catástrofe, ya que pueden bloquear la racionalización o mejora de los sistemas educativos de varios países.

Antes de la moderna era de globalización, los sindicatos podían prosperar organizándose a escala nacional, lo que les daba un enorme poder de negociación frente a los empleadores y los consumidores. Hoy, tras la explosiva expansión de posguerra del comercio global, la mayoría de los sindicatos han sufrido una erosión, si es que no una destrucción, de su poder monopólico. Por eso es que los sindicatos de gran parte del mundo desarrollado han luchado tanto por bloquear las negociaciones de libre comercio que podrían socavar aún más su posición.

Algunos de los temas que las sindicatos están promoviendo, como los derechos humanos y la protección del medio ambiente, son incontrovertibles. Sin embargo, cuando tratan de vincularlos al comercio, sus motivos se vuelven cuestionables.

Un ejemplo que viene al caso es el cabildeo de los sindicatos contra el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y Colombia, cuya ratificación significaría un gran avance en las relaciones entre EU y América Latina. Los cuestionamientos legítimos acerca de cómo el gobierno colombiano llevó a cabo su épica guerra civil contra los rebeldes financiados por el narcotráfico no deben prevalecer sobre temas de más amplio alcance. Los activistas contra el pacto se han quejado que Colombia es contraria a los sindicatos porque no protege a los sindicalistas de la violencia de la guerrilla. Sin embargo, el gobierno colombiano hace notar que todos los colombianos sufren esta violencia, y que en realidad los miembros de sindicatos la sufren menos que el resto de la población.

Lamentablemente, este juego se está volviendo a aplicar a una variedad de temas relacionados con el comercio, incluidos algunos que implican a China. En el caso de los países ricos, la redistribución del ingreso se maneja mucho mejor mediante impuestos y sistemas de beneficios, en lugar de edictos del gobierno para fortalecer los sindicatos. En la actualidad, en varios países los ricos pagan impuestos tan bajos que sería una gran mejora pasar simplemente a un impuesto fijo con un nivel de exención muy alto, de modo que las familias de menores ingresos no paguen nada.

Para los países de ingresos medios, se trata de un problema más complejo. Sin embargo, en ellos también parece ser el enfoque correcto aumentar los derechos legales y constitucionales de los trabajadores, al tiempo que se deja que el poder de la mayoría de los sindicatos vaya desapareciendo.

Desgraciadamente, es mucho más probable que la creciente influencia política de los sindicatos se convierta en una importante fuerza desestabilizadora del comercio y el crecimiento, con consecuencias altamente inciertas. Cuando vemos a líderes políticos de varios países ricos servir de alcahuetes de los sindicatos al criticar con virulencia el libre comercio y la inmigración, existen buenos motivos para preocuparse sobre el futuro. Por esta razón, los sindicatos se convertirán en uno de los factores económicos impredecibles de 2008.

Kenneth Rogoff es profesor de economía y políticas públicas en la Universidad de Harvard University y fue economista en jefe en el FMI.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

www.project-syndicate.org