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En cuestión de pocos años, Brasil ha pasado a ser parte del club de países exitosos del mundo, es decir, aquellos que caminan a ritmo acelerado en la solución de los grandes problemas del desarrollo. La reciente visita del Presidente Ortega a ese país tiene muchos alcances. Sin menospreciar los acuerdos de cooperación que se firmaron, la mayor importancia de la misma está en lo mucho que podría aprender del éxito de ese país.

En Brasil subsisten enormes problemas, desde luego. De hecho hay varios Brasil, tanto desde el punto de vista geográfico como socioeconómico. Hay regiones, como las de Sao Paulo y el sur que en sus niveles tecnológicos y productivos se comparan con los conocidos como países del primer mundo, para usar la vieja terminología de la época de la Guerra Fría. Hay otras zonas, en el norte y este, más cerca de los paisajes socioeconómicos de los países pobres. Pero en todo caso, en las últimas dos décadas Brasil ha sacado a decenas de millones de sus habitantes de la pobreza.

Y se ha convertido en un actor relevante de la política hemisférica y hasta mundial, como lo revela su incursión, junto a Turquía, en la búsqueda de solución al conflicto generado por el programa nuclear de Irán. Y es una voz inevitable en las grandes decisiones económicas mundiales, como lo revela su incorporación en esas modalidades informales de gobierno económico mundial que son el G-8 (el Grupo de las hasta hace poco 8 mayores economías del mundo), a cuyas reuniones ampliadas se le invita, o el G-20, grupo de países más amplio que reconoce la importancia de potencias económicas emergentes como Brasil, Rusia, India y China (conocido como el Grupo BRIC, por las iniciales de su nombre), a las que se suman otras potencias emergentes como Turquía, Sudáfrica y Corea, entre otras.

A todo lo anterior, agréguese que Brasil ha alcanzado una envidiable estabilidad y solidez macroeconómica, al extremo que resistió casi si pestañar los efectos adversos de la crisis económica internacional de los años recientes.

Y como si todo lo anterior fuera poco, hace dos años se confirmó que mar adentro y aguas profundas, frente a la costa meridional, se descubrieron unas reservas petroleras gigantescas.

En el campo deportivo, a nadie escapa que la asignación de la sede de los próximos Juegos Olímpicos Internacionales y de la próxima Copa Mundial del fútbol, lleva implícito el reconocimiento a esa enorme capacidad económica, institucional y política del Brasil.

Son tantos sus éxitos, que no son pocos los que cada vez más repiten la vieja afirmación humorística del orgullo nacional según la cual “Dios es brasileño”.

Muchos son los factores que explican el éxito de Brasil. Pero sería un error grave pensar, como una primera visión simplificada sugiere, que el principal factor es su inmensidad geográfica y de población, acompañada de gigantescos recursos naturales.

La principal explicación es política: haber aplicado consistente y coherentemente políticas conducentes al desarrollo del país. No hace mucho escuché a la profesora de la Universidad de Sao Paulo, María Herminia Tavares, decir que el éxito de su país se debía a que “había una feroz competencia política democrática, pero un gran consenso en cuanto a las políticas de desarrollo”.


Ojalá el Presidente Ortega se haya dado cuenta de lo anterior, y entienda que el desarrollo de Nicaragua depende más de políticas correctas, en todos los campos, económico, social, institucional, que de cualquier otra cosa. ¡Ojalá!