•  |
  •  |
  • END

Inicios de agosto 1945. En un breve lapso de la razón, el hongo atómico se erigió sobre Hiroshima y Nagasaki. La faz del mundo quedaría marcada para siempre con la espantosa cicatriz del exterminio nuclear.

Genocidios instantáneos sellaban el epílogo siniestro de la II Guerra Mundial. Desde entonces la espada nuclear empuñada por Harry Truman, quedaría igual que la de Damocles, suspendida para siempre de un delgado hilo sobre el destino del mundo.

Si el caos es un orden desconocido, me temo que nunca averiguaremos con certeza, como funciona el atómico. A 65 años de la inmolación de las ciudades japonesas, a pesar de todos los estudios y todos los testimonios, apenas tenemos una idea aproximada de lo que realmente sucedió.

Es imposible imaginar el exterminio de 80,000 personas en unos instantes, como se estima que pudo ocurrir en los segundos posteriores a la explosión en Hiroshima. Con la misma incertidumbre estadística se cree, que en ambas ciudades durante los meses que siguieron a las explosiones, el holocausto pudo alcanzar a medio millón de japoneses.

Los quejidos todavía nos llegan en deformaciones genéticas de tercera generación. En suelos contaminados por la plaga radioactiva. En sobrevivientes que aún llevan sobre y bajo su piel, la marca oscura del día de la muerte.

Robert McNamara y Dwight Eisenhower, cuestionaron el uso despiadado del poder atómico al subrayar, que los bombardeos aéreos regulares tenían seriamente destruidas la mayoría de las ciudades japonesas. Tokio por ejemplo, había ardido como antorcha con cien mil de sus habitantes unos meses antes del ataque nuclear.

Sin embargo, la matanza es la indolente misión del militarismo mundial. El proyecto Manhattan ya había costado $3,000 millones de dólares en aquella época y según uno de sus voceros más cínicos, no iban aprobar el poder de la bombita en alguna isla remota para persuadir a los japoneses de rendirse.

La Edad de las armas atómicas nació junto con la tristeza tardía de sus más notorios precursores: Albert Einstein, Robert Oppenheimer y el físico húngaro Leo Szilard. Todos dejaron registrado para la historia, el inútil pesar de su remordimiento y la lúgubre advertencia de que el mundo podría ser destruido.

Las armas nucleares no son armas de destrucción masiva, son armas de aniquilación total. Desatan las propias fuerzas de la naturaleza en contra del planeta, las únicas que probablemente son capaces de destruirlo.

“Nunca negocies con los americanos si no tienes un bomba atómica bajo la mesa”. El Tratado de la No Proliferación de Armas Nucleares suscrito en 1970, que debió ser para la no proliferación del hambre, no ha impedido a Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia, China, Israel, India, Pakistán y Corea de Norte, triplicar el polvorín atómico mundial.

Entre otros artefactos infernales, ahora hay bombas de hidrógeno, ojivas múltiples y misiles MX. En medio del paroxismo de la Guerra Fría, Reagan hasta propuso militarizar el espacio con la llamada Guerra de las Galaxias. La propuesta fue rechazada en la XXVII sesión de la ONU, con un voto a favor y 138 en contra.

La tragedia de Chernobyl continúa desde 1986, causando irreparables estragos al ambiente y a la población afectada. Aún con la controversia de los informes realizados, las pruebas indican que los defectos genéticos y los tipos de cáncer que ahí se presentan en niños y adolescentes, no son del conocimiento de la medicina moderna.

Sin embargo, las superpotencias siguen operando en 31 países, unos 400 reactores nucleares que sirven la sexta parte de la electricidad mundial, sin que se sepan verdaderamente los costos ambientales y humanos de esta producción.

En la punta del iceberg atómico mundial se calcula que hay unas 5,000 ojivas en alerta y 10,700 activas. Se cree que si se detonase el arsenal completo con más de 23,000 mil cabezas nucleares, en los primeros instantes morirían 200 millones de personas, mientras que otros 60 sufrirían lesiones irreparables. Poco después de la última explosión sólo un tercio de la humanidad quedaría inútilmente con vida, ya que al finalizar el caos, los únicos testigos del invierno nuclear serían talvez las cucarachas.

Estados Unidos y Rusia acordaron este año, en el marco del nuevo START, reducir a futuro en un 30% sus arsenales nucleares estratégicos. Pero el peligro sigue latente por la obsesión de los desquiciados dictadores de Irán y Corea del Norte, que parecieran encarnar sin ninguna gracia a los personajes de Dr. Strangelove, la genial cinta con la que Stanley Kubric parodió la estupidez de la superioridad nuclear.

Si el destino planetario puede ser decidido por poderosos idiotas enajenados que piensan como Fidel Castro. No he encontrado mejores palabras que las de García Márquez para el hipotético epitafio del mundo. Aunque también anoto que grandes talentos literarios como él, siempre palean más concreto sobre el inmenso pedestal de la ortodoxia marxista y sus ídolos, para intentar ocultar las osamentas que hay debajo.

Hace 27 años, Gabo: “Propongo que hagamos el compromiso de fabricar un arca de la memoria capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad sepa por nosotros lo que no han de contarles las cucarachas; que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y fuimos capaces de imaginarnos la felicidad y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre y cuán sordos se hicieron nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo”.