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Al reverendo Miguel Ángel Ruiz S.J.,
tributarista de nacimiento.

¡Hay que pagar los impuestos! ¿Será esta afirmación una despistada consigna que traduce mecánicamente el controversial mandato “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”? Sospechamos desde un principio estar en presencia de una interpretación inexacta –ora manipulada a sus anchas por políticos sinvergüenzas, ora repetida como loritos incluso por luminarias de peso mundial–, que ameritaba una investigación en la cátedra fiscal bajo el pastoreo de sabios clérigos enemistados con la instrumentalización político-religiosa de los tributos. Aquí los resultados.

El contexto

Lo primero que sugerimos tomar en cuenta para la correcta exégesis de este pasaje rescatado por los evangelistas Marcos (12, 13-17), Mateo (22, 15-22) y Lucas (20, 20-26), es el entorno socioeconómico y político que rodeaba al Nazareno. Poncio Pilato, temible gobernador romano de la provincia de Judea, era el represor número uno de los alzamientos populares motivados por el brutal sistema impositivo del César, que en tiempos de Jesús fue el aborrecido emperador Augusto y luego su hijo Tiberio, antecesores de los patibularios Calígula, Claudio y Nerón. ¿Cómo entonces iba Cristo a recomendar obediencia y docilidad en el pago de impuestos a favor de semejantes explotadores, cuyo endiosamiento y culto a la personalidad fustigaba sin concesiones, como adelante explicaremos?

Hasta en las mejores familias
Pero esta inobjetable argumentación histórica y de sentido común, pareciera contrastar con lo afirmado por figuras del mundo contemporáneo que suelen caer en el lugar común del “Dad al César…”, todo para ilustrar el supuesto divorcio entre lo mundano y lo divino, entre política y religión. Permítanme iniciar con el ilustre ciudadano Barack Obama (La Audacia de la Esperanza, página 214), elegante caballero que devora la frasecita en cuestión sin la mínima señal de haberla sazonado con la pimienta de su admirado talante presidencial: “La reticencia que sienten muchos evangélicos a verse envueltos en política –(en atención a) su deseo de darle al César lo que es del César– podría haber continuado para siempre de no ser por los trastornos sociales de los sesenta”.

Veamos ahora al portentoso Jorge Luis Borges deslizándose en el tobogán de un simplismo que no le luce: “Idea espléndida (de Cristo) es que no hay que interesarse en lo político. Cuando dijo: ‘Dad al César lo que es del César…’, es decir, den al gobierno lo que pide, lo que es propio del gobierno y no piensen más en eso, tenía mucha razón” (Borges: Imágenes, memorias, diálogos; página 93). ¿Será que el Ciego Divino fue víctima de su propio agnosticismo?

Otro lince llamado Umberto Eco aborda el tema recurriendo a una desafortunada verónica de marca mayor, durante el memorable cruce epistolar con Carlo María Martini (¿En qué creen los que no creen?, página 70): “Jesús dijo que era necesario pagar el tributo a César, porque así lo sugería la disposición política del Mediterráneo”.

¿Ya vieron cómo estas tres vacas sagradas, sólo para citar llamativos ejemplos, han masacrado sin parpadear la cita de Jesucristo, que ni en broma fue expresada como ellos creen entenderla? Y de remate, observemos al historiador Dietrich Schwanitz lanzándose al vacío sin paracaídas (La Cultura, página 65): “La posterior concepción cristiana de las relaciones entre Iglesia y Estado se basa en esta respuesta”. Cero y van cuatro.

La clave

Un elemento esencial del análisis radica en la provocación de los fariseos, que acosaban al Maestro para sorprenderlo en la menor oportunidad. Escuchemos la famosa preguntita acompañada de previas cursilerías y lisonjas: “¿Es lícito pagar tributo al César o no?” A estas alturas es imprescindible recordar que el pacto entre fariseos (poder religioso) y los herodianos o gobierno títere (poder político de los colaboracionistas con el imperio), buscaba dejar mal parado a Jesús ante cualquier respuesta que él diera, sea frente al gobierno imperial romano –si se oponía al pago del impuesto– o frente al pueblo judío –ya que al aceptarlo reconocería implícitamente su sometimiento a la divinidad del César expresada en la inscripción de la moneda–.

Con la velocidad del rayo los enfrentó sin rodeos ni contemplaciones: “Hipócritas, ¿por qué me tientan?” Con esa explosiva salutación introductoria es lógico deducir que los provocadores escucharían de inmediato algo diferente a la ambigüedad. Pidió le mostrasen un denario (las sagradas escrituras registran que Jesús nunca tocó el dinero) y enérgico sentenció: “Devolved al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Una diferencia cualitativa esencial, que compartimos, la destaca el teólogo Gustavo Gutiérrez (Contra el poder del dinero) al recordarnos que mientras los fariseos hablaban de “pagar” al César, Jesús insiste en “devolver” al César que es el término utilizado en el original griego y reproducido textualmente por Marcos (12, 13-17. Biblia Latinoamericana). Aquí reside el aspecto medular de la interpretación. El pago del impuesto en sí mismo sólo es un pretexto de los fariseos, no el tema primordial. Por tanto, la respuesta no cae en la trampa de recomendar el pago o de incurrir en desobediencia tributaria, y más bien se enfoca en “devolverle” al César sus medios de dominación a fin de “romper con la opresión que viene del apego al dinero y sus posibilidades de explotación de los demás”. Por su parte, los también teólogos María y José Ignacio López Vigil (Otro Dios es posible), son contundentes desde otro ángulo del análisis: “(‘Devolved al César…’) se usa habitualmente para separar la religión de la política, pero consigue todo lo contrario: separar la política de la religión e impedir que la autoridad política manipule la religión a su favor”.

De Judea a Nicaragua

No requiero ser brujo para adivinar posibles interrogantes: ¿Para qué este señor Báez escribe sobre impuestos de hace dos milenios? ¿No sería mucho más útil sustituir sus reflexiones bíblicas por consejos de ahorro tributario o de escudos técnicos frente a la inclemente voracidad del Fisco? Voy a defenderme aunque sea tantito: así como el zapato, el peine o la blusa ocultan en sus células grises un mundo de endemoniadas relaciones económicas, sociales y políticas que determinan su producción, comercialización y consumo, el tributo constituye algo similar en tanto expresión material “micro” del abigarrado universo de esas mismas relaciones en el terreno de la fiscalidad, que al fin de cuentas determinan quién será golpeado y quién será chineado a la hora de cancelar los impuestos.

Sin este marco de referencia, el pago sumiso de los tributos corre el riesgo de convertirse en un triste ejercicio robótico desprovisto de la firme voluntad ciudadana de protección individual, por un lado, y de cambio con dignidad social, por el otro. Si usted encuentra algún parecido del régimen tributario romano de la época con el nuestro de hoy día, tenga plena seguridad que no es mera coincidencia.