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Cualquier política o estrategia educativa que se pretenda desarrollar tiene que enfrentar la inevitable prueba de fuego de la eficiencia del sistema educativo en sí mismo. Es algo tan sencillo como considerar bajo cuáles condiciones y en cuáles tiempos se puede transportar un grupo de personas en carreta, en tren o en avión. Pero, ¿en qué consiste la llamada eficiencia del sistema educativo?

Se mide esta eficiencia por la capacidad de promover en el plazo definido a la mayor proporción de estudiantes que ingresan a un nivel educativo, en condiciones de mejor calidad y optimizando la inversión necesaria. Por ejemplo, un sistema educativo al cual ingresan 100 niños y niñas al primer grado de Primaria y luego de los seis años previstos egresan 95, es un sistema con altísima eficiencia, que ha evitado las deserciones y repeticiones casi en su totalidad, y con ello ha reducido los costos por estudiante. Estos son los casos de Costa Rica y Cuba, naciones con posiciones político-ideológicas y estrategias diferentes para lograr su desarrollo humano.

Pero “el desgrane de la matrícula”, es decir la pérdida de estudiantes a lo largo de un nivel educativo, en Nicaragua es tal que por cada 100 alumnos y alumnas que entran al primer grado se retira un promedio de 60, representando además de la enorme pérdida social y de oportunidades para el desarrollo por las deserciones, también el elevado costo que suponen las repeticiones, puesto que un niño o una niña que repiten significan al Estado y las familias volver a costear uno, dos, tres años de estudios.

Entre deserción y repetición se forma un engranaje, ya que quien deserta antes de concluir un grado debe repetirlo al reingresar, y cuando hay varias repeticiones el o la estudiante tienden a desertar. Este desgrane de la matrícula es una de las principales fuentes de alimentación del fenómeno de extra-edad o población con rezago de escolaridad, población que tiene al menos tres comportamientos:

a) Una parte avanza con dificultad en el sistema educativo, puesto que éste no ofrece la flexibilidad para dar atención pedagógica a niños y niñas con intereses diferentes al promedio del aula.

b) En el intento de quedarse en el sistema otra parte no logra avanzar más allá de los tres años de escolaridad, y alimentan el crecimiento vegetativo del analfabetismo o analfabetismo funcional.

c) Una tercera parte queda a la primera deserción totalmente fuera del sistema.

Las recomendaciones para mejorar la eficiencia del sistema educativo han sido fundamentalmente enfocadas en el mejoramiento de la calidad, una mejor formación y capacitación docente, mejores ambientes educativos, disponibilidad de materiales y, por supuesto, un incremento de la inversión en educación para mejorar estas condiciones.

También se han considerado algunos factores externos al sistema, como la alimentación y la participación de los padres de familia.

No obstante, análisis más integrales han relacionado estos factores con otros socio-demográficos, socio-económicos y ambientales que se encuentran a la orden del día y, por ende, tienen relevancia en la vida misma de las y los estudiantes, en sus familias y comunidades. Por ejemplo: los ingresos familiares, el nivel educativo de los papás y las mamás, la estructura familiar, la educación de la sexualidad, las habilidades para enfrentar desastres naturales, el saber tomar decisiones, la comunicación afectiva, el que el currículum les prepare para la vida, entre otros.

Lo anterior liga con la necesidad de flexibilizar la atención a diferentes grupos poblacionales y desarrollar nuevas modalidades educativas que incluyan calendarios escolares diferenciados por las dinámicas regionales, perfiles productivos y ambientales de las localidades, dinámicas poblacionales, y diversidades culturales, entre otros.

Entonces, para lograr una impactante mejora de ese 40 por ciento de eficiencia en la educación Primaria, y por supuesto en Secundaria, educación técnica y universidades, se requiere invertir con calidad en mejorar la eficiencia del sistema educativo. Es decir, no sólo de inversiones para el funcionamiento interno, material, pedagógico y humano; sino también de diseños, abordajes y estrategias multisectoriales que impacten tanto dentro como fuera del mismo sistema para mejorar el nivel de vida mismo de las y los estudiantes y sus familias.

Hay que reconocer que el aislamiento de los sistemas educativos en las estrategias del desarrollo ha tenido como efecto que la oferta educativa se considere y realmente sea irrelevante para parte de la población, especialmente de los excluidos. En este sentido, la falta de inversión en una educación para el desarrollo es la clave de ese círculo vicioso con nefastas consecuencias sociales, económicas y culturales.

Se requiere, entonces, convertir ese círculo vicioso en un círculo virtuoso, de modo que la inversión en educación propicie el desarrollo más rápido y equitativo, mediante el establecimiento de vínculos fuertes entre los sectores económicos, sociales y culturales con el sistema educativo.

Por ello es que la asignación del 7 por ciento del PIB para Educación debe enfocar temas no sólo de infraestructura y materiales educativos, sino que debe ser integral y, sobre todo, tener en consideración que se trata de una inversión en capital humano para un desarrollo integral.