•  |
  •  |
  • END

Ya las calles apenas recién barridas de los deshechos, aunque aun con ese olor particular de la bosta de caballo que te llega entremezclado con el aroma de los vapores de galones de bebidas espirituosas y millares de litros de cerveza revertidos en meadas y berrinches, recuperan su normalidad que es igual al caos; el caos de una urbe que crece en población vehicular, mientras las vías maltratadas por los aguaceros, esperan ansiosas las cuadrillas del ALMA que vendrán a repararlas. La fiesta ha entrado en un impasse y quizás circundando la Iglesia, allá en medio de las ruinas, un poquito más al norte de las Casas para el Pueblo, el asunto esté animado, aunque no tanto como el predio que ocupa la sempiterna Microfer. Ya casi olvidada esta Expica y en el marasmo agostino la vida citadina recobra su normal transcurrir, mientras esperamos el 10 y que todo vuelva otra vez.

Yo me dormí todo el día, hice un paro solidario con mis extremidades y dejé que el cuero se estirara cristianamente, reposando en toda la largueza mi humanidad, que no es para nada escuálida, sino más bien generosa y abundante y quizás hasta un poco demasiado socialista diría yo. Me abstuve de visitar el circo empresarial de la avenida sin nombre, pues nunca me enteré cómo se llama esa calle tortuosa y alambicada que sigue el desfile hípico al abandonar el Ministerio de Gobernación y enfilarse hacia Plaza España. Y es que realmente más de lo mismo no me apetecía. No deja de resultarme un tanto absurdo y aburrido, soportar el olor fétido de tanta bosta, berrinches y sudores de bestias y humanos en medio de aquel epítome etílico desmedido. La fiesta pagana definitivamente no es para mí. Al menos no lo fue en esta ocasión y de seguro señal es que envejezco, confiando en que al menos sea con dignidad.

Sin embargo, este año, como nunca antes me había sucedido; tuve el gusto, sorpresivamente, de ser invitado a Las Sierritas y vivir el espíritu devoto del más puro tradicionalismo, revestido de una fe innata y de una devoción sin límites a un Santo que cada año atrae a miles de feligreses, creyentes y curiosos. Estuve ahí de jurado para elegir a la Reina de las Fiestas Agostinas, acompañado de Doña Haydée Palacios, de Xóchitl Ocampo, de la primera India Bonita y de una graciosa jovencita también galardonada en elecciones pasadas. Elegimos por unanimidad a una muchacha preciosa, alta y garbosa, muy digna, coqueta y capaz que con aplomo y seguridad fue sorteando la competencia hasta ubicarse en el sitial de honor, coronándose por sobre las demás. Fue una experiencia hermosa y debo decir que ese lado claro de la luna, hace que resplandezcan los valores que le dan sentido a esta celebración. Hasta la lluvia espero que llegara a su fin la ceremonia para bautizar el momento cayendo en suave brisa que finalmente arrecio hasta convertirse en aguacero. Para entonces yo ya viajaba de regreso a Managua comentando las incidencias de aquella emotiva velada con mis acompañantes.

No bastó ser jurado de esta elección, sino que además asombrado espectador, pues por venturas y suerte que tuve, de manera fortuita, el mismo día, entrelazado con el otro acto, se desarrolló la elección de la India Chiquita y debo decir que fueron las personitas mas lindas y agraciadas que he visto en mis 46 años las que estuvieron ahí como candidatas, dirigidas atentamente por un dedicado folklorista y coreógrafo que en todo momento las escolto y cuido durante sus bailes, modelajes e intervenciones. Fue notable y verdaderamente especial escuchar a estas criaturas que en su mayoría no pasaban de 4 añitos cumplidos, responder con absoluta certeza y total aplomo, todas las preguntas que les fueron hechas, conocedoras sin duda, de muchísima más información de la que podremos manejar muchos adultos, ya no digamos otros: adolescentes estudiantes de secundaria, universitarios e incluso niños de primaria; lo que para mi denota algo especial, estas niñas reciben un riguroso entrenamiento que para mi ver y entender es la forma mágica de mantener viva la tradición y cultivar este legado de religiosidad y cultura popular generación tras generación, incubándola en mentes y corazones desde la más temprana edad.

Hay un gusto especial en esta fiesta que viene de la gente sencilla, de la gente de abajo, del pueblo llano de a pie, que no es el caso de los montados. No tengo nada en contra de la cultura hípica, ni del arte ecuestre, pero jamás he encontrado el sentido trascendental de este desfile, a no ser el despliegue de la más pura vanidad de montados y criadores, para quienes la figura religiosa del santo y la efemérides que representa, no es más que un mero pretexto para lucir sus monturas, sus ropas de galas y sus destrezas, desde la altura de sus inmensos corceles, en un boato de arrogancia absoluta en medio de la francachela que liba y liba los elixires que más les deleitan. Si al menos hubiera un sentido verdaderamente cultural, que trasladara información a los espectadores presentes sobre la raza, las características y demás datos de interés, permitiendo que la gente se involucrara mas allá de tener que soportar los olores nauseabundos de las deposiciones y de sortear las embestidas repentinas de estas bestias ariscas, mas aun ahí en que se ven enfrentadas al bullicio del jolgorio y la algarabía que producen las voces y la música de mil tunantes y parlantes; pero no, nada de eso sucede. Solo el desfile pasa, nada mas pasa y se va, sin dejar nada, sin que nada quede o permanezca una vez pasado el momento.

Las tarimas, las empresas, los canales transmitiendo, las radios sonando y el Santo, bien gracias, bajando en medio de la multitudinaria procesión. Es tal el desapego a la esencia de esta festividad que nuestros hípicos ni siquiera se dignan a desfilar al frente de la procesión escoltando al Santo hacia la Iglesia. No. La de ellos es fiesta aparte y contracultura. Fiesta pagana y nada vernácula. Yo me he maravillado siempre de la hermosura de esos animales garbosos: los caballos; lo que no termino de aceptar y comprender es como son instrumentalizados sin ningún propósito ulterior que el de exhibir a sus jinetes, los que lejos de agradar a los presentes lo que hacen es embriagarse mientras alardean, envanecidos y olvidados de lo realmente trascendental en todo esto: la celebración de la fe de un pueblo que honra la imagen de un santo milagroso, tanto así que desplazó a Santiago, verdadero patrón de la Leal Villa de Managua y terminó cautivando a la ciudad entera, todo ello por su afamada capacidad de interceder por sus devotos ante Dios mismo, nuestro Señor y Creador.


*Publicista y Productor de Televisión y Espectáculos