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Dentro del concepto cristiano de autoridad y poder no cabe lo político con una estructura de autonomía propia. Es muy conocido el pensamiento de Maquiavelo que concibe al Estado como el instrumento para que los príncipes impongan su poder y autoridad. También ha hecho camino la idea Hobbe de que la autoridad y poder es la posibilidad de que el hombre sea un lobo para su prójimo. Pero desde el pensamiento teológico cristiano: a esa estructura política llamada Estado es autorizado de proveer las necesarias condiciones para que cada uno de sus miembros goce del más amplio bienestar y en caso necesario hacer uso de la coacción para lograr esos propósitos. Como cristianos entendemos al Estado como instrumento de Dios, aunque no lo podemos identificar con la persona de Dios. Como instrumento de Dios debe responder como todo instrumento a la persona que lo emplea. Por lo que la autoridad en el contexto cristiano es un llamado a la humildad, a la escucha, al diálogo y a rendir cuenta al que lo autoriza. Además el término autorizado necesita del consenso que posibilite el buen funcionamiento del Estado y la política, el no contar con este consenso de parte de sus gobernados, ningún líder podrá trabajar de manera positiva en función de construir un Estado donde todos sus componentes orienten sus fuerzas a la mejoría de vida.

En nuestro medio político abundan los que se abrogan ser la voz de la soberanía del pueblo, como la voluntad de todos los ciudadanos de forma genérica o sustantivada y no como el único factor que debe y puede fundamentar la estructura de la autoridad, donde el poder depende totalmente del consentimiento popular. La autoridad debe de renunciar o afirmarse cuando la opinión publica lo desea. Como vemos esto se realiza en las urnas electorales en el sistema democrático, en nuestro caso que adolecemos de una organización democrática del Estado que convoque para hacer valer la soberanía del pueblo, por ello siempre queda en duda la institucionalización del poder por no considerarla como producto de la voluntad popular, y por ende ese poder no se percibe como instrumento en las manos de Dios.

Es común en el imaginario del pueblo ver al poder político como cosa netamente humana y hasta diabólica por carecer de ese sentido de horizontalización de la justicia que debiera de ser la esencia del estado y del poder político para que introyecte la aceptación de que es una institución de Dios el Creador que hace justicia al agraviado y da pan al hambriento.

Entonces se debe decir también del poder político. Por un lado depende de la población. Por otro, trasciende esa dependencia porque es instrumento de Dios. Todo poder político del gobierno que permita el control y la verificación, debe ser respetado y es funcional sólo cuando en su programación y planificación actúa para explicar que se ocupa realmente de las cosas para lo cual fue electo y autorizado. Ahora la incógnita consiste en saber donde están esos políticos sensibles al pueblo y al propósito de Dios, porque en el grupo de autócratas que se perfilan como futuros presidentes no los veo. ¿Tal vez los vea usted?