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Taurófobos y taurófilos
La reciente prohibición por el Parlamento de Cataluña de las corridas de toro a partir de enero de 2012, ha sido saludada como una señal de “progreso moral” por los taurófobos y denunciada como un “abuso arrogante e hipócrita” por los taurófilos. Estos se han remontado hasta la Creta del Minotauro para defender la ancestral existencia de la fiesta brava española, mientras los menos tradicionales aducen razones de libertad: ir a las corridas es algo voluntario y los que defienden la vida de los toros no tienen ningún empacho en comer reses al carbón, a la plancha o en una buena sopa de mondongo. Pero a mí no deja de conmoverme la discusión -de impecable factura democrática- en un plenario histórico donde los diputados votaron por íntima convicción indultar a los toros, a pesar de siglos de tauromaquia. Todo un ejemplo para los sumisos y bárbaros diputados nicas que abolieron el aborto terapéutico e institucionalizaron la crueldad, la tortura y la muerte para sus conciudadanas. Eso sí, en un acto muy compasivo, aprobaron una ley de protección de los animales y hasta hubo una diputada oficialista que calificó de “asesino” a quien se comiera un huevo de tortuga. Parece que la compasión animalista y el “progreso moral”, aún no alcanza para salvarnos. ¡Qué envidia por los toros!

Paseíllo
Los amantes del juego taurino lo consideran una suerte de baile “sublime y trágico”, un mano-a-mano entre el torero y el toro donde lo que se valora es el riesgo, puesto que ambos se juegan el pellejo, aunque el que siempre muere es el toro. El toro de lidia es un animal indómito y bravo; si no tiene empuje es despreciado. Igual sucede con el torero cuando es malo, al que el público abochorna armando bronca en las graderías para protestar. Siendo este un año pre-electoral, ya estamos viendo lo que en toreo se llama “paseíllo”: esa procesión que se realiza en el redondel encabezada por los alguacilillos, seguido de los matadores con sus cuadrillas y de los monosabios (encargados de retirar al toro muerto) para pedirle al Presidente de la corrida que entregue la llave del toril para sacar al primer animal. Las elecciones primarias entre los partidos dizque de oposición, son como un paseíllo donde los toros son inválidos y no permiten la lidia, hay más monosabios que matadores y donde el presidente (CSE) no sólo no entrega la llave del toril sino que huye con ella, mientras en las gradas el público abuchea a los toreros antes de que comience la corrida. Es lo que lo que los aficionados llamarían una “mala tarde” en la plaza.

Acabar la fiesta

La decisión del parlamento catalán puede ser el principio del fin de la Fiesta en innumerables ciudades y pueblos de España y –ojalá- en América Latina. No es poca cosa si se toma en cuenta que la tauromaquia representa una importante actividad económica: se estima que en ese país da de comer a 200 mil personas y genera un volumen de dinero de unos 2 mil 500 millones de euros al año, aunque 60% de los españoles dicen que no les gusta la Fiesta. Esto de los toros debería servirnos de inspiración para indultar al pueblo nica, que como ese espléndido animal, está siendo acosado, acorralado, picado, arrastrado y matado a puras puyas, banderillazos y estocadas. Hay que acabar con la fiesta en los poderes del Estado, con tanto magistrado inútil y corrupto, diputados venales, tránsfugas políticos, partidos de semovientes y malos toreros de capa roja y rojinegra. Como a dos puyas no hay toro valiente, hay que acabar con un puyador primero y con el otro después. Ponerle fin a la charanga con el poder no solo sería un verdadero progreso moral, sino que al revés del toreo, no sería pérdida económica sino una ganancia para las arcas nacionales. Entonces… ¡Que viva el toro, y Olé!

Chávez, el matador
Con la denuncia colombiana sobre la existencia de los campamentos de las FARC en Venezuela, el inefable Hugo Chávez reaccionó como reina ofendida y en vez de permitir la inspección internacional, rompió relaciones con su vecino y calificó el asunto como una “maniobra imperialista”. Siendo un coronel con carabina virgen, porque nunca ha combatido, vive soñando con la guerra y una campaña militar “a la Bolívar”, así que amenazó a los gringos de cortarles el suministro de petróleo “aunque tengamos que comer piedras”. Chávez, el temerario, ha sacado así una muleta, ese trapo rojo que saca el torero en el último tercio de la corrida para distraer al toro y matarlo de una estocada. Pero en este teatro político, habría que ver quien le da la estocada a quien: Venezuela le vende el 44% de su producción de crudo a los EU, lo que le representa el 25% de sus ingresos. Los gringos son el mayor comprador de petróleo de Venezuela, pero esta compra sólo representa para ellos el 6% de sus importaciones, con lo que la profecía de Chávez de “comer piedras” bien puede cumplirse. Es evidente que con estas bravuconadas, el “magnicidio” que según Chávez se prepara contra él, sería en realidad un suicidio.

Suerte suprema donde el matador, se mata.