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Decir que el deporte norteamericano está de duelo, no se trata de un simple enunciado. Con el fallecimiento de George Steinbrenner, los Estados Unidos pierden a uno de los grandes símbolos emblemáticos del béisbol. Un hombre que era comidilla en los medios por sus desplantes y sus ínfulas de magnate, en un país que exalta el dinero y premia a los grandes empresarios, poniéndoles como ejemplo. Logró convertirse en centro de atracción, en aguja imantada a quien los medios perseguían como si se tratara de un artista consagrado o un afamado deportista. Las luces de las cámaras seguían sus pasos como lo hacen con Jack Nicholson, quien no se pierde una sola final de la NBA o con Sylvester Stallone, en el Caesars Palace de Las Vegas, viendo los encuentros de boxeo.

El forjador contemporáneo de los Yankees de Nueva York fue un miembro distinguido de la sociedad del espectáculo. Sus veleidades millonarias comprando a cuanto jugador se le antojaba, generaban polémicas, rechazos y reclamos, ante los que permanecía impasible. Como afirma Broderick Zerpa, comentarista deportivo de Univisión Radio, fue un hombre “que lo quiso todo, lo tuvo todo y logró todo bajo su manto”. Se impuso la tarea de construir un imperio deportivo y lo consiguió. Disponía de todas las características para resultar atrayente a los medios: polémico, abusivo, impertinente, audaz, impulsivo, emprendedor, creativo, no hubo nadie que atajara sus ímpetus. Ni siquiera los Comisionados de Grandes Ligas pudieron frenarlo. Proclamaba en voz alta su lema favorito: “El dinero lo puede todo”. En una sociedad donde se rinde culto a la riqueza, sus extravagancias encontraban eco.

Si tenía que burlar la ley lo hacía sin contemplaciones. En su hoja de vida queda registrada la ayuda ilegal que brindó a Richard Nixon en 1974, en los días aciagos del Watergate. Más lamentable la actitud que asumió para confrontar a Dave Winfield. El comportamiento ejemplar del célebre jardinero de los Yankees de Nueva York no constituyó ningún impedimento, más bien fue un aliciente para solicitar al detective Howard Spira se encargara de rastrear su vida y encontrara las manchas que suponía existían en la trayectoria de Winfield. Las acciones filantrópicas de Winfield lo sacaban de juicio. No contento lanzó una campaña en su contra a través de los medios para desprestigiarle. La reacción de muchos periodistas fue la de poner en evidencia el nombre de la persona que estaba detrás de la cacería mediática del pelotero de los Yankees. Uno de los argumentos centrales vertidos por The New York Times, cuando Steinbrenner adujo que él no tenía nada que ver con lo que estaba pasando a Winfield, fue afirmar que si alguien dispone de una jauría de perros para que ladren, uno no necesita hacerlo.

La forma que planteó la ofensiva contra Winfield se ha vuelto recurso manido entre algunos políticos. Prefieren enfrentar a sus adversarios de manera oblicua, nunca de frente. En Nicaragua durante la década de los setenta, quien recurrió de manera sistemática a esta forma de asedios fue el controversial Cornelio Hüeck. Hay que tener presente, en países como los nuestros, siempre acaba por saberse quiénes son las personas patrocinadoras de estos ataques. Los periodistas, más temprano que tarde, acaban por revelar los nombres de quienes los invitan o contratan para realizar actividades encaminadas a minar el prestigio de ciertas personas. Los políticos tratan de cooptar algunos medios o periodistas para auspiciar estas embestidas. Steinbrenner supo sacar réditos a esta forma de agresión. Fue uno de sus principales artífices.

En la sociedad estadounidense Steinbrenner forma parte de la lista de los ganadores. Era un auténtico winner, un ejemplo a seguir. Las cifras le favorecen. No hay asignatura a la que rindan tanta pleitesía los norteamericanos, como a las estadísticas. No vayan a pensar que esta obsesión se circunscribe al ámbito de los deportes. Sus ramificaciones se extienden por todos los intersticios de esa sociedad. Los norteamericanos han llegado a creer que “ciencia es medir”. Este eslogan estaba colgado en el frontispicio de la Universidad de Chicago, en los tiempos en que Milton Friedman era el oráculo de los Chicagos Boys, esa elite de economistas que puso sus mejores luces al servicio de la satrapía del General Augusto Pinochet. Piensan que todo puede ser medido. Son los principales herederos y continuadores del positivismo en las ciencias sociales.

El cotejo de cada lanzador, bateador o corredor, apunta a conocer con exactitud su rendimiento y eficacia. Steinbrenner logró ganar bajo su liderazgo siete series mundiales, once banderines de la Liga Americana, tres “wild cards”, dieciséis títulos en la División Este y llevó a los Yankees en diecinueve ocasiones a la postemporada. Los Mulos de Manhattan no ganaban una serie mundial desde 1962. Luego de ser adquiridos por Steinbrenner en 1973, volvieron a inscribirse en 1977 como miembros de la constelación de equipos ganadores. La relación entre Steinbrenner y Billy Martin, ganador como manager del banderín durante ese año, fue de amor-odio. Steinbrenner contrató y despidió a Martin durante cinco veces a lo largo de trece años. Sus broncas alimentaron la prensa norteamericana, quien se deleitaba con sacar a luz estos encontronazos. Sus trifulcas lejos de restar aprecio hacia los Bombarderos del Bronx, hoy forman parte de la leyenda urbana.

La escogencia de Martin como manager no fue arbitraria, era el hombre ideal para comandar la tropa de los Yankees. Con un carácter fuerte, era un clásico peleador callejero, similar al que interpretó y con el que ganó fama en el cine Charles Bronson. Steinbrenner requería de un hombre temperamental, con fama de irredento, para catapultar el interés de los medios sobre un equipo que necesitaba urgentemente volver a las carteleras. Con el nombramiento de Martin hizo la escogencia ideal. Martin era dueño de una hoja de vida fascinante, se había visto envuelto en peleas memorables en bares y cantinas. Dueño de una naturaleza irascible, los jueces se vieron obligados a expulsarlo del terreno debido a su altanería, impetuosidad y falta de respeto. No acataba fácilmente las órdenes de nadie, ni siquiera las dadas por Steinbrenner. La ex segunda base de los Yankees, llegó al equipo de la mano del legendario Casey Stengel, su mentor posee el honroso record de haber ganado cinco series mundiales consecutivas. Stengel era un aventajado artífice de las relaciones públicas. A ninguna figura explotó más que a sí mismo. Martin alcanzó la cúspide debido a estos y otros atributos, justamente valorados por Steinbrenner.

Al dueño de los Yankees le encantaba realizar sus peleas frente a los medios. ¿Eso era en verdad lo que más le atraía de Martin? Steinbrenner tenía conciencia que las cámaras de televisión estaban pendientes de lo que hacía o dejaba de hacer. Su fama alcanzó la estatura de dos figuras cimeras neoyorquinas: el Alcalde Rudy Guliani y el excéntrico Donald Trump. En la sociedad del espectáculo, el béisbol forma parte integral de sus vidas. Los fanáticos siguen enceguecidos y enloquecidos a sus equipos y jugadores predilectos, con una delectación muy parecida a la que sienten los jóvenes escritores, quienes disfrutan con igual fruición, las peripecias de sus autores predilectos. Los deportistas son consagrados y forman parte de su constelación de estrellas. Con el propósito de dejar registrado su nombre en la historia del deporte mundial, George Steinbrenner, construyó el Nuevo Yankee Estadio (2009), a un costo de un mil quinientos millones de dólares.

¡Los Yankees! ¡Cómo no! Un mito al despertar de mi niñez en la Calle Palo Solo. Para envidia de todos nosotros, el único muchacho que vistió su uniforme rayado, fue mi vecino Humberto Castilla Matamoros. En las perreras que armábamos en nuestra calle, se embutía en la casaca de los neoyorkinos. Los Yankees de Babe Ruth, el jonronero más famoso de todos los tiempos. Ni Roger Maris, ni Mark McGwire, ni Barry Bonds, opacan su hazaña vuela cercas. En la hora grande, cuando la derrota era inminente, Santiago, el grandioso pescador creado por Ernest Hemingway, logró capturar el pez más grande que un pescador puede atrapar. Igual que Joe Di Maggio, el famoso divo de la Marilyn Monroe, ese otro mito del celuloide norteamericano, Santiago logró romper su mala racha después de 84 días seguidos de ayuno. En El viejo y el mar (1953), Ernest Hemingway también logró redimirse a sí mismo. Cuando todos lo creían terminado como escritor, garabateó esta obra perdurable; un libro que figuró como número uno durante 26 semanas consecutivas en la lista de Best Sellers del New York Times y le valió el Premio Pulitzer durante ese año. En el momento del triunfo o el fracaso, el Yankee clipper es evocado por el viejo Santiago en las aguas profundas frente a La Habana. ¡Los Yankees! ¡Siempre los Yankees!

Como todo visionario, Steinbrenner tuvo el acierto de fijar al Bronx como la verdadera sede de los Yankees. Ese espacio memorable donde Robert De Niro se inició como director cinematográfico con Historias del Bronx. Astuto, Steinbrenner supo disculparse ante Winfield, por las heridas infligidas. Igual disculpas brindó a Yogi Berra. Su manera de proceder parece que se resumía en atropellar para luego excusarse. El Boss, como lo llamaba la prensa neoyorkina, fue padre y no hijo de la sociedad del espectáculo. Más temprano que tarde será elevado a los altares del Salón de la Fama. Que descanse en la paz del Señor.