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En un breve folleto publicado por el Dr. Enrique Alvarado Martínez hace algún tiempo, éste se pregunta: ¿Ha muerto el Partido Conservador? Para ser congruente con la preocupación del político y antiguo miembro de la Juventud Conservadora primero, y después del P C, le sobran razones para pensar en tal cosa.

Esta inquietud de Enrique, mi compañero del Instituto Internacional de Ciencias Políticas, San Isidro de Coronado, Costa Rica (1962), además de compartirlo, vino a justificar mi preocupación por cambiar el rumbo del Partido Conservador. Había que hacer de éste un instrumento político social que arraigara en el pueblo, y entendiera las necesidades político-sociales que reclamaba el tiempo. Cuando llegué a ser Presidente del Partido Conservador en (1993), luego de haber renunciado al cargo de Ministro-Director de INAA., del gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro –lo cual era una condición estatutaria, tracé mi plan: intentaría descentralizar la administración del Partido que se enmarcaba dentro de unos estatutos absurdos, antidemocráticos y proclives al por esta vez, término del cual se valen los tramposos para dar lugar a las zanganadas.

La tarea fue dura. Mis intenciones se estrellaron contra una convención de miembros de escasísimos recursos que dependían de quienes el día de la Gran Convención pagaban el transporte, los chicheros, el nacatamal y etc., para dar lugar a la cita política que se convertía en un oleaje de alaridos y salves a favor de quienes podían pagar la fiesta para controlar sus acciones en el PC.

Mi idea era la renovación progresiva del Partido, comenzando por descentralizarlo de los mandos aberrantes y obsoletos que influían tras las bambalinas, a fin de convertirlo en una nueva organización con distinto nombre. Llegué a la conclusión que después del último pacto, no había nada qué hacer. Antes de éste, el Partido se había venido moviendo dentro de un contexto popular con acciones verdaderamente nacionales y proyección internacional, pero de pronto llegó el huracán político del pacto que todo lo sacudió; y éste fue abandonado por los campesinos, los obreros, los profesionales y la juventud que conformaban un arrollador movimiento que se hacía sentir en todo el país.

Vale la pena recodar que antes del último pacto, el P C venía arrastrando las pesadas cadenas condicionantes del Tratado Chamorro-Bryan, y el triste y doloroso golpe de estado del viejo caudillo conservador contra el doctor Carlos Solórzano, un Presidente de la República que representaba al mismo Partido.

He seguido plateando esta idea de organizar un gran movimiento político nacional con las juventudes en los partidos que están cansados del olor de los cementerios políticos. La renovación: hombres nuevos, caras nuevas, es la única manera de ir hacia delante. Porque para ser claros y llanos, eso de lo que están hablando a última hora, tanto los que están dentro del ataúd, como los que quieren apropiarse de los restos, no es partido político sino cadáver; y quienes giran sobre éste son una especie de moscones.

Por supuesto, al viejo y verdadero P C es imposible de desenterrar. Ya ni siquiera es una idea, pues aunque el ser humano tiene un comportamiento conservador en materia de aprecio y estima de nuestra sociedad y la propia vida, en cuanto a actividad política ha modificado totalmente el significado del vocablo.