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Siempre agradeceré a doña Coco, mi mama, su interés de que yo aprendiera a leer y escribir, y pese a las décadas transcurridas está fresco en mis recuerdos el estreno lúdico que hice del alfabeto, con el que desgajé racimos de avisos y nombres pintados en rótulos, y papeles, y tantos hallazgos que me daban una sabrosa sensación en lo que años después supe que se llamaba autoestima. Aprender a leer y escribir ha sido el acontecimiento más importante de mi vida, sobre todo cuando comencé a imaginar lo que leía, que era como ver cine o televisión con la imaginación, como viajar desde mi taburete y conocer otros mundos y, de ipegüe, ejercitar la letra “de carta”, levemente inclinada, más alargada que redonda, con la que podía enviar lejos, muy lejos, mi pensamiento. ¿Cómo no calificarla de experiencia fantástica?

Sin embargo, ese gozo de los sentidos no ha sido dimensionado ni estimulado a plenitud en la mayoría de países de América Latina, donde gran parte de sus docentes, acosados por limitaciones didácticas, materiales, y las urgencias derivadas de sus propias sobrevivencias, desarrollan contenidos temáticos con la entonación del aburrimiento, agriándose, con tareas mecánicas, tediosas, desvaídas, lo que debería ser el disfrute del proceso de enseñanza-aprendizaje, como bien lo avizoró Guayo Báez. Esa esencia y razón de los centros educativos ha sido estigmatizada por la obligación, la tarea, la imposición, generando resistencia en sus educandos, quienes vuelcan sus energías hacia otros entretenimientos, algunos perniciosos.

Sorprendente paradoja ha sido encontrar en diccionarios el significado casi abstracto, conferido a leer y escribir. El de la Real Academia Española define leer como “pasar la vista por lo escrito o impreso, comprendiendo la significación de los caracteres empleados”. El de la Lengua Española también pasa la vista “por los signos de la palabra escrita, para interpretar el sentido de los textos”; y el Larousse: “interpretar mentalmente, o en voz alta, la palabra escrita”. A su vez, define interpretar, como “explicar el sentido de una cosa, principalmente el de textos de significados poco claros”. Así, con ese espíritu, leer podría ser: “pasar la vista por los signos de la palabra escrita para explicar textos de significados poco claros”, lo que reduce a éste excelso acto a una acción mecánica e intrascendente.

Las mismas fuentes consultadas anotan que, escribir es “representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie”; y “representar ideas, palabras, números o notas musicales, por medio de letras u otros signos convencionales”. Si partimos de que representar significa “imitación, imagen o símbolo de algo”, entonces, el egregio arte de escribir queda sometido a imitar ideas, palabras, números y hasta notas musicales. Y entre el diccionario y la escuela las variantes son mínimas. Cuando mis hijos estudiaban los últimos grados de Primaria, me sentaba a “que me dieran la lección”, y me decían de memoria lo impreso en el libro o los dictados de sus profesores, pero se les enredaba la vida cuando les pedía que lo dicho me lo explicaran con sus palabras, pues era como tratar de descifrar lo indescifrable. Eso fue hace 20 años, y creo que la situación en las escuelas sigue igual.

En la inmensa mayoría de centros educativos no se desarrolla en los educandos la lectura comprensiva, de allí que haya tantos muchachos y muchachas que llegan a la universidad sin saber leer, en su acepción de: comprender, asociar, imaginar, jerarquizar, derivar conclusiones de lo leído. “Leer” así no crea hábito y, en consecuencia, sin esa práctica, gran parte de lo que ocurre en el mundo queda vedado a su conocimiento. Aseverar que aun no saben leer lo ratifican los espeluznantes resultados de los exámenes de admisión a las universidades, donde cada año miles son reprobados en castellano y matemática. Y es lógico que suceda, con esa lógica primitiva y sin ambigüedades que sentencia que, si no entendés lo que estás leyendo, menos que respondás de manera acertada lo que te están preguntando, sin importar si las interrogantes están vinculadas con letras o con números.

He escuchado afirmaciones de que en Nicaragua no se lee porque los libros son muy caros, lo que es una media verdad, porque ser pobre no es impedimento para leer. Lo de fondo es que carecemos del hábito de la lectura y, en consecuencia, de la escritura. Imagine una fábrica, empresa u otro centro laboral, con 10, 20, 30 empleados. Si cada uno aporta un libro, forman una pequeña biblioteca, y la posibilidad de leer 10, 20, 30 títulos, sin comprarlos. Me contó mi amigo José Floripe Fajardo que, muchachos, Bayardo Altamirano, Orlando Pineda (“Pinedita”), y Ramón Barreda, anduvieron de casa en casa con un costal pidiendo libros, y así organizaron lo que hoy es la Biblioteca Municipal de Estelí.

Ahora, si no se sabe leer, es difícil saber escribir, redactar, sostener una conversación. Y esto es crucial para quienes trabajan en comunicación social, que en Nicaragua los hay muy buenos. Fomentar el hábito por la lectura no es ni debe ser función exclusiva del gobierno. Debe ser una función social que inicie en los hogares y continúe en la sociedad. Por eso invito a muchachos y muchachas que recauden libros para enriquecer las bibliotecas de sus colegios, o que las organicen en sus barrios; a trabajadores y trabajadoras, para actualizar y enriquecer sus conocimientos; a las organizaciones magisteriales, para que sus docentes estén en mejores condiciones para procesar la avalancha de información que sus alumnos bajan del Internet; a la Asamblea Nacional, para que algunos de sus diputados sepan cuándo fue la batalla de San Jacinto y cuándo la Independencia de España, y que este año, frente a las cámaras de televisión, no reciclen el ridículo que protagonizaron el año pasado; y que el gobierno imprima miles de libros que puedan ser adquiridos a precios accesibles.

Finalmente, sugiero que el Ministerio de Educación dé prioridad a que docentes y educandos ejerciten la lectura comprensiva, que conlleve a desarrollar un pensamiento crítico, que analicen la realidad de la sociedad en que viven, y el lugar que en ésta ocupan, lo que los acercará a identificar las causas que generan y sustentan sus privaciones. Entonces, conscientes de su realidad -como diría Paulo Freire- las generaciones actuales y venideras “de la Nicaragua libre y luminosa”, estarán formadas por gente analítica, cuestionando y asumiendo acciones para transformarla; desarrollando un interesante proceso dialéctico (que los pedagogos del siglo XX llamaban praxis), que, además, contribuirá a desenmascarar y enfrentar a tanto parásito que vive de la política, mintiendo, engañando, corrompiendo, llevando al organismo social de Nicaragua al borde la tumba. Leer es una necesidad, más cuando el promedio total en el país es de sólo 5 años de educación.