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Cuando iniciamos esta aventura hace ya más de 4 meses, jamás pensé que iban a desatarse tantos enconamientos y que en medio de una disputa puramente comercial iba a resultar un solo ganador: la música nacional. Eso es lo más satisfactorio de todo y en aras de ese mismo gran valor que es la promoción de la cultura, los grandes contendientes deberían dejar a un lado sus intereses comerciales y de imagen y crear un patronato con nombres sin apellido en el que se fusionaran armoniosamente las iniciativas que al final del día, benefician a la música en general.

Y es que a lo largo de todo este proceso -mismo que nos ha permitido a los creadores de esta iniciativa la posibilidad de edificar un espacio que merecidamente dignifique y reconozca la labor de nuestros músicos nacionales- ha surgido un cuestionamiento a nivel interno que nos parece indispensable someter a revisión, sobre todo porque el propósito fundamental de este proyecto fue siempre el de enaltecer y beneficiar a nuestros artistas: ¿Qué va a suceder el día después? Llegado el momento, celebramos la fiesta, entregamos los reconocimientos, nos vamos al after party y después cada quien a su casa. Sin embargo, las carreras no se detienen sino más bien cobran impulso y entonces en ese momento clave en que todo se puede perder menos la velocidad: ¿Quién cantara las gloria pasadas y hará sonar los instrumentos del éxito obtenido? ¿Hacia dónde dirigirán sus pasos estos músicos galardonados u homenajeados? ¿Quién financiará sus nuevas producciones? ¿Quién promoverá sus giras de conciertos? ¿Dónde estarán los recursos que hagan posible festivales, encuentros o simples peñas artísticas? Yo quiero pensar que las marcas no desmayarán, ni desistirán en el propósito manifestado hasta ahora de apoyar a los músicos en su bregar cotidiano.

El compromiso si la fórmula es ganar-ganar, pasa necesariamente por una sostenibilidad de los beneficios para ambas partes y de un efectivo retorno de la inversión, por un lado de los recursos financieros que aportan las marcas convertidos en publicidad e imagen corporativa y por el otro de las energías, creatividad y entusiasmo de los músicos puestos en la realización de los proyectos transmutadas en sostenibilidad y proyección de su obra a largo alcance. La gran pregunta que se hacen los escépticos es si todos estos eventos y me refiero concretamente a los dos que emblematizan las marcas que se disputan el endoso de la música nacional, no están siendo, meramente, nada más que la creación de “momentums” o como se diría en la jerga de las relaciones públicas: “golpes de efecto” para elevar el “top of mind” de ambas marcas. O, si lo queremos ver desde otro punto de vista, ¿será esto un verdadero mecenazgo o un nuevo capítulo de la guerra comercial entre fieros competidores, en la cual el arma elegida es la música nacional? Nosotros hemos podido comprobar que ciertamente los ejecutivos de estas empresas tienen un interés especial y una inclinación preferencial por y hacia la música y eso ya es bastante decir.

Desde mi posición es muy difícil dar otra opinión que no sea una comprometida con el arte y la cultura, y particularmente con la música nacional. Yo sinceramente creo que aunque existen muy buenas intenciones, todavía no hay verdaderas condiciones para la sostenibilidad de este proyecto, que debe ser otro más de nación, al que pudiéramos llamar antojadizamente, si se quiere, proyecto del rescate de la industria discográfica nacional, pero con una visión de la industria referida a la grabación profesional, más que a la de comercialización de CDs. Y aquí me voy a referir a una cuestión puramente de tendencias y modernidad. Cada vez son menos los CD que se comercializan como tales en el mercado y cada vez son más las plataformas de e-commerce las que se disputan el mercadeo de la música. Hoy coleccionamos pistas en mp3 cargadas en un Ipod o en una computadora personal y dentro de ese minimalismo, van desapareciendo los equipos reproductores de gran hardware, para ser reemplazados por minúsculos dispositivos de bolsillo que en el más tímido de los casos se reducen a simples memorias flash, cuando no hay plata para tener otro tipo de reproductor más sofisticado. Los mismos teléfonos que lo que menos tienen hoy en día es el hecho de ser solamente teléfonos, sino que cada vez más se convierten en sofisticados dispositivos multifuncionales; son los portadores y reproductores de la música favorita de sus usuarios propietarios.

Esta realidad nos dice que quizás el beneficio de la comercialización de las obras discográficas ya no reside más en la mera venta de discos, sino en los otros aspectos del negocio. Hoy los músicos necesitan sus propios sitios webs y desde ahí vender directamente su música, sin intermediarios o bien intermediados por grandes comercializadores que se ajusten a lo que estos tiempos demandan. Y definitivamente volver a donde nunca se han ido del todo, a la celebración de conciertos y eventos con público en vivo para gozar los réditos de taquilla. En estas dos grandes posibilidades reside, a mi juicio, el beneficio económico para los creadores y todos los demás especialistas que interactúan conformando la llamada “industria discográfica”. Y en ambas actividades las empresas de telecomunicaciones tienen un papel fundamental que jugar, siempre y cuando se decidan a instalarse con verdadera fuerza promocional en este nicho del mercado y destinen recursos en forma de patrocinio a que esta actividad cobre todo el impulso que requiere más allá de eventos puntuales y aislados de carácter esporádico.

Las empresas que pongan a disposición de los músicos nacionales sus plataformas tecnológicas para que estos desarrollen un e-commerce sostenible con su obra y que se involucren con patrocinio en efectivo para financiar la realización de giras de conciertos. Las empresas que inviertan en la financiación de grabaciones profesionales que luego puedan ser incluidas en su mercadeo de entre tonos, ring tones y demás, las que vinculen sus promociones a la asistencia de conciertos y eventos donde los músicos nacionales estén en primer plano. Las empresas que prioricen la promoción de los artistas nacionales versus las pléyades de artistas internacionales que vienen a llevarse incontables sumas de dinero en cada presentación, sumas cuyas cifras es obsceno mencionar en un país empobrecido como el nuestro; esas son las empresas que merecen el endoso de la música nacional a sus marcas. Todo lo demás es irrelevante y tenemos que vivir con ello, porque no nos queda de otra, aunque con la esperanza puesta en que todo cambie, evolucione y funcione como deseamos.

La chirimía silba, mientras el atabal retumba porque los músicos nacionales celebran en agosto la fiesta de su arte, entre festivales y ceremonias de premiación, al punto que casi pareciera cosa de Santo Domingo tantos acontecimientos prodigiosos. El verdadero milagro y nuestro logro como país y como comunidad es, sin duda, el haber sensibilizado a estas transnacionales de las telecomunicaciones para que dispusieran todas sus baterías de recursos en función del arte mayor que es la música nacional. El punto culminante de este episodio providencial, si lo queremos ver así, es que los duelistas hoy libran sus batallas en el terreno del arte y de ahí solo saldrá como único vencedor el músico laborioso y trabajador, el creador, el cantautor, el promotor de sus grupos, el manejador de su banda, el operador de esta industria que pareciera renacer para elevarse al siguiente nivel.


Lo que vendrá el día después es lo que dispongamos hacer los que estamos comprometidos con la música y queremos ver esta industria renacer.

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