Jorge Eduardo Arellano
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Por tres días consecutivos, La Prensa cedió sus páginas a Anastasio Somoza Portocarrero, con la intención de que expresara su propia versión sobre el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro; ocasión que él, oportunamente, aprovechó a sus anchas para limpiar su imagen.

Somoza vio en esta entrevista la circunstancia ideal para venderse como un caballero, alto, delgado, definitivamente calvo, casi afable, preocupado por demostrar su inocencia en este crimen terrible. Gracias a esta publicidad, este genocida, con innumerables crímenes en contra de la humanidad, ha querido presentarse, más bien, como víctima de acusaciones injustas.

Por homeopatía, uno se solidariza con el que lucha por su inocencia, si ese es el único lado que se muestra.

A este propósito, un sobreviviente de las ergástulas del somocismo, al describir el cuarto de “costura” en la casa de Somoza García donde se torturaban prisioneros, y la jaula de leones, en los jardines de la mansión, donde se llevaba a los patriotas que habían resistido valientemente los tormentos, los choques eléctricos, la inmersión en el pozo, etc., se preguntaba cómo era posible que el mismo dictador, inhumano, tuviese en la intimidad de su familia gestos humanos, de un ser normal, como el de abrazar y besar a sus hijos.

Si una cámara superficial recoge sólo esos momentos, y nada más, cualquier genocida parecería, incluso, afectuoso. Un diplomático extranjero, una vez, dijo: “Describen a Somoza como un asesino cruel, pero yo lo he visto como un padre atento y cariñoso”. Ésta es la distorsión que, por desgracia, puede producir en las nuevas generaciones la entrevista fuera de contexto que La Prensa hiciera al delfín de dictador, al jefe de las tenebrosas fuerzas de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería.

No es un problema de libertad de expresión o de profesionalismo periodístico. Sino, en este caso, de manejar correctamente dos símbolos distintos arraigados en la psicología de nuestro pueblo. Por un lado, se investiga la muerte del luchador emblemático por las libertades democráticas, que cae asesinado en el engranaje de impunidad, corrupción y crimen que caracteriza a la dictadura de los Somoza. Por el otro, actúa la figura que representa la continuidad de la dinastía, que forma un ejército propio, con el cual usa las técnicas de comando tomadas de las tropas elites de Norteamérica, que asesinan a patriotas en Vietnam, y aquí, a los jóvenes que se arman de piedras y de bombas de contacto, en repudio a su régimen y al crimen cometido contra el doctor Chamorro.

Cuando se magnifica, con lupa, un solo asesinato, en el que aún no se han podido recabar las pruebas de la participación directa de Somoza, se pierde la perspectiva necesaria para mostrar toda la sangre que cubre a este genocida. En realidad, este “caballero calvo” debe responder por más de cuarenta años de represión, de tres generaciones de su familia y por decenas de miles de muertos personales.

Sin embargo, en la entrevista se le presenta atento y agobiado por demostrar su inocencia en el asesinato del doctor Chamorro. El resto de crímenes los soslaya, como si no tuvieran importancia. Todo publicista sabe el efecto de usar símbolos para incidir en la percepción y en la imaginación de la gente, con mayor éxito que con un proceso de raciocinio. Defenderse del crimen de una persona que es símbolo del antisomocismo, magnifica su defensa y proyecta un aire de inocencia a su persona de forma global.

La teoría del constructivismo enseña que no se puede aprehender un conocimiento histórico, social, como el que busca transmitir La Prensa en torno al asesinato del doctor Chamorro, señalando, simplemente, hechos físicos; sino que, en este caso, se debe revelar la trama de relaciones significativas de un proceso complejo. Hay que insertar los hechos en la perspectiva histórica, con las relaciones sociales y culturales del momento en que ocurren, situando a los individuos en su relación con normas y valores ideológicos. Se deben reflejar las prácticas sociales en 1978 en contra de la dictadura. El curso de un movimiento democrático progresista en Nicaragua, a cuya cabeza, en muchos aspectos, se colocó el doctor Chamorro por su denuncia intransigente de los abusos de los Somoza. Estas relaciones marcan y le dan significado a los hechos. Sin ellas, los acontecimientos fríos carecen de sentido.

Se debe estudiar los acontecimientos vinculados con el asesinato del doctor Chamorro, con el fin de ayudar a contextualizar y a sistematizar el significado de los hechos.

Nuestra generación se formó en una sociedad humillada, marcada, a fuerza, por más de cuarenta años de estructuras represivas del somocismo, que obligaban a sopesar, con cuidado, el precio de la dignidad. El sentido innato de libertad pasaba, por necesidad, por la conspiración y el silencio, y se atesoraba en la conciencia, sin proponérselo uno, la rebelión continuada de los mártires, en más de cuarenta años de represión sangrienta.

La Prensa, como un caso excepcional de periodismo combativo, mantuvo una denuncia permanente en contra de la corrupción y de los crímenes del somocismo, incólume ante la amenaza y el halago, con un valor que caló hondo en la conciencia libertaria de las masas, como se vería después. Y que el movimiento socialista, en virtud de esta contextualización, valora inmensamente como un elemento progresivo, revolucionario.

Todos los muertos, caídos bajo el régimen de los Somoza, son víctimas suyas, por más sicarios y cómplices que se entrecrucen entre el disfrute corrupto de la dictadura y los crímenes que le sirvieron de sostén. Aun cuando el delfín de la dictadura gozaba de vacaciones, su crimen y su culpa no tenían descanso.

Luego de tantos prisioneros, de tantos torturados y muertos, resulta morboso preguntarle al delfín del dictador cuál sangre de los mártires mancha directamente sus manos de genocida y cuál no.

Si mal no recuerdo, Robespierre se opuso a que la Revolución Francesa juzgase al rey. Decía Robespierre: “Luis XVI es culpable por el sólo hecho de ser rey. Juzgarlo es admitir que puede ser inocente, y admitir la posibilidad de su inocencia es admitir que la revolución, por la igualdad, pueda ser culpable”.

Así, permitir, por cualquier medio, que el somocismo se defienda de sus crímenes, es admitir que la lucha libertaria del pueblo nicaragüense pudo ser un error.

Independientemente de los detalles que pueda exponer Somoza sobre el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, el significado histórico de su muerte, por su valentía al denunciar y al enfrentar al somocismo, fue un salto revolucionario hacia la libertad en la conciencia popular, como se demostraría al tomar el pueblo su cadáver en los hombros, en abierta rebeldía contra la dictadura. Éste es el mojón ineludible que se debe conservar con aprecio en la ruta combativa de los trabajadores de Nicaragua por el socialismo.

Quien sirva de instrumento a Somoza para que justifique un solo crimen, debería colgar los versos de Nekrásov en los cuartos donde pretenda descansar, en nombre de todos los caídos, de ochenta mil asesinados:

“Sin terminar quedan sus cantos.

A traición sucumbieron en la flor de su edad.

La maldad acabó con ellos.

Desde las mudas paredes,
con reproche me miran los retratos de los muertos”.


*Ingeniero Eléctrico