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Quizás el problema más dramático de nuestro país, de nuestra educación, es la pérdida de memoria histórica que nos impide aprender de los errores y éxitos de nuestro pasado. Nuestra educación es una construcción histórica y social y, por consiguiente, producto de logros pero también y, sobre todo, de errores acumulados. Mientras esta cultura del olvido no logremos cambiarla, estaremos condenados a repetir los errores pasados, al inmovilismo y al retroceso.

Ello explica la ausencia de continuidad educativa, constantes rupturas, sistemático desconocimiento de experiencias exitosas, y la pretendida reinvención periódica del sistema educativo. Es así que la administración educativa siempre pretende ser nueva, única, autosuficiente, protagónica, desconocedora de los avances, negadora de otros pensamientos y perspectivas. Se arriba, de esta forma, al absolutismo educativo y a la grave pretensión de imponer un pensamiento único. El debate intelectual intenso que se lleva a cabo el Foro Latinoamericano de Política Educativa (Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Perú y Nicaragua), nos da la razón sobre la urgencia de una educación inteligente que necesita aprender constantemente, tomando muy en cuenta el rostro propio de cada país, de su contextura cultural, política, económica y social.

Es claro, por otra parte, que los procesos de descentralización educativa surgieron en la región latinoamericana, como producto de un paradigma neoliberal que, so pretexto de debilitar el Estado y trasladar responsabilidades a nivel local, ubicó la educación pública en la perspectiva de un servicio que se debe pagar, ahorrando recursos y promoviendo más oportunidades locales para tomar decisiones y administrar los problemas propios de la educación desde el territorio.

La brusca eliminación del modelo de autonomía escolar, a inicios de 2007, que había cumplido más de diecisiete años de vida, si bien el Mined tuvo sobradas razones para cuestionarla de raíz, también lo es que el país perdió la oportunidad de participar en su revisión, eliminando sus deformaciones y errores y recuperando sus aspectos positivos.

Múltiples lecciones se desprenden de esa experiencia de descentralización, y que estamos a tiempo de recuperar, tomando en cuenta que la Ley de Participación Educativa merece activarse y purificarse, y que la política educativa, referida a “Gestión Participativa y Descentralizada de la Educación“, aún no ha encontrado concreción alguna en los municipios y centros educativos. Veamos las más relevantes:

* Cuando el modelo de descentralización son copiados al carbón de otros contextos ajenos, su despliegue no es sostenible

* En tanto el modelo no es una construcción social compartida sino una imposición, al correr del tiempo se desvanece y desnaturaliza su significado y sentido.

* Cuando la descentralización educativa no transforma la cultura institucional centralista, ésta fácilmente trastoca el modelo en un nuevo tipo de centralismo con discurso descentralizado.

* Si el modelo de descentralización impone la transformación de la educación pública, que es un bien y derecho social, en un servicio privado que debe ser pagado por los padres y madres de familia, conculca profundamente los derechos humanos limitando el acceso, cobertura, equidad y calidad de la educación.

* La perspectiva econocimicista y eficientista que tenga el modelo de descentralización, introduce un conjunto de antivalores en los centros educativos, los que acaban convirtiendo la educación y sus procesos en oportunidades para la comercialización y la corrupción.

* La participación amplia de la comunidad educativa, especialmente de los maestros, compartiendo de forma transparente las características de la descentralización, evita que el personal docente desvíe su trabajo educativo hacia el terreno de la comercialización.

* Cuando la transferencia de recursos al centro educativo se da en proporción aritmética con los indicadores de cobertura, aprobación, retención y promoción, se promueve doble moral, doble planilla, doble cuadro de estadísticas, y una realidad educativa engañosa y virtual.

* En la medida que la legislación y normatividad no existen o son parciales, y no se cuenta con instrumentos de monitoreo, control social, evaluación y divulgación de resultados, el modelo de descentralización se desnaturaliza gradualmente.

* Si la participación de los actores se rige por criterios político partidarios, se incrementa la exclusión y el debilitamiento de la calidad educativa.

* En la medida que se impone un modelo de descentralización ajeno a la cultura y contextos sociales y educativos, no se asume con sentido y significado auténticos, por lo que en su implementación estará condenado a la degradación gradual y la insostenibilidad.

Éstas y otras lecciones, en tanto logremos recuperarlas, aceptarlas y aplicarlas, constituirán el principal argumento para construir un modelo de descentralización ampliamente participativo, consensuado y sólido, que dinamizará el desarrollo y la calidad de la educación.