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El gobierno de la fealdad

La palabra feo se aplica usualmente a lo que impresiona de forma desagradable el sentido de la vista o cualquiera de los otros sentidos. El feísmo en consecuencia, sería aquella tendencia artística que valora estéticamente lo feo y en un sentido más amplio, alude a toda aquella obra que degrada su entorno. Así, por ejemplo, el estado actual de la justicia y los malabarismos anunciados por los falsos magistrados para organizar un mamarracho de Corte Plena, es una muestra de feísmo institucional. Como lo es también la pretensión de defraudar la bolsa y los votos de los ciudadanos con las nuevas cédulas: un adefesio político que destruye y ensucia el entorno para la democracia. Las mentiras oficiales sobre los “logros” económicos, la erradicación de la pobreza y el efecto Cero con el hambre son una ofensa a la inteligencia y los sentidos de los nicas, por lo que representarían algo así como la suma del “dirty chic” oficial que ni sus propios ministros se tragan. Pero tal vez donde se puede apreciar en toda su magnitud el gobierno de lo feo, es en los ubicuos rótulos de Daniel Ortega, quien con la mirada perdida en el horizonte, arreboladas mejillas en un rostro amarillento y ausencia de arrugas por un exceso de photoshop, se parece más a Homero Simpson que a Mao Tse Tung, a quien vagamente recuerdan los retratos.

Comité de aplausos

El feísmo oficial tiene su matriz en una estrategia de propaganda política que se basa en la exaltación de unas supuestas virtudes que adornarían al consorte-Presidente, según la cual su personalidad es única, indispensable e incontestable. Las patologías y defectos del gobernante son presentadas de manera positiva, inoculadas por la vía de un comité de aplausos y el silenciamiento de todo el que pregunte, cuestione o disienta. Así fue como Chiang Ching, tercera mujer de Mao promovió la “revolución cultural” que ubicaba a éste como “el sol rojo en el centro de nuestros corazones y salvador del pueblo”. Dado que con Ortega no es posible por su falta de ideas y oratoria confeccionar un “libro rojo” como el del Gran Timonel para encandilar seguidores, ni el vulgo nica aguanta que se mande a hacer estatuas, el culto al susodicho ha quedado reducido a la adulación de los funcionarios que encabezan el comité de aplausos. Por eso el presidente del mismo, Tomás Borge, se ha visto obligado a asegurar que “Daniel es un buen hombre, un hombre generoso, noble de sentimientos, pero además, quiere mucho a los niños, respeta mucho a las mujeres… yo lo admiro mucho por eso”. De su lado el ínclito Edén Pastora justifica el “endiosamiento” porque como “todos se fueron, se quedó el soliiìto, con su partido, con su pueblo, con su masa, con sus bases”. Tales expresiones demuestran que el feísmo lleva así mismo a la degradación de las personas y de las realidades históricas.

Camp al extremo

Sería injusto responsabilizar al Ortegato del feísmo en Nicaragua, pues ciertamente ha tenido sus cultivadores desde antaño, pero hay que reconocer que es el único que lo ha entronizado como teoría y praxis del Estado, dada la tendencia a elegir lo peor sea en política, objetos, vestidos, decoración o comportamientos. Es clasificable como camp por lo artificioso, truculento y falto de creatividad de su estilo y por la fussion que se encuentra en la revolución socialista-cristiana-solidaria. Emblemáticos de tal estilo exagerado son los inmejorables cubos rosados y azules que proclaman su 31 aniversario, los artificiales y perennes árboles de navidad, las institucionalizadas vírgenes Marías de yeso pintado, las anunciadas jornadas patrias de las cuales Daniel Ortega saldrá travestido de Andrés Castro y Tomás Borge de prócer revolucionario como premio de consolación por sus 80 desperdiciados años; las 150 mil piñatas a ser aporreadas por una niñez desnutrida, que de nuevo podrá –bajo un calor incendiario- patinar en hielo en el Parque de la Niñez Feliz. Lo es también su literatura, signada por la mala prosa, la ausencia de argumentos, el uso profuso de eslóganes y de @rrobas. Ni que decir que esto es lo que hace a “Nicaragua, única, original” como reza el lema de país salido del mismísimo puño de la primera esposa. Ni Lady Gaga en toda su gloria.

Mayordomía de la basura

El derrocamiento por la “vanguardia” de todo sentido de orden y armonía se puede apreciar en la gestión municipal de Managua. Aquí hay feísmo militante, a juzgar por la multiplicación prodigiosa de los basureros, el caos vial y la preeminencia de delitos urbanísticos. La basura, los desperdicios, las charcas, la falta de aceras y las pringas de asfalto sobre los agujeros que son las calles, son verdaderos símbolos del ALMA que desgobierna la ciudad. La vocación ecologista es reconocible en los predios baldíos con matorrales sin rozar y las montañas de desperdicios sin recoger en las esquinas cercanas a negocios, hoteles y hospitales donde nativos y turistas pueden apreciar el culto a la Madre Tierra al que estamos abocados por decreto presidencial. Las “casas para el pueblo” como necesario proyecto de vivienda social, caen en el feísmo no tanto porque las casas lo sean, sino porque han sido impuestas sin permiso de la alcaldía, arrebatando áreas verdes y espacios públicos a la ciudad y edificadas sobre terrenos con fallas. La incongruencia urbanística es apreciable en la galería que tapa el Cementerio de San Pedro y en el barrio de San Antonio, pero hay también fealdad moral puesto que se trata de propaganda reeleccionista y negocios de construcción de dudosa legalidad que trafican con la necesidad de los más pobres. Más que “mayordoma” de Santo Domingo, la alcaldesa impuesta se ha ganado el título de mayordoma de la basura, con medalla Gran Flor de Plástico de la orden de Acahualinca.
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