•  |
  •  |
  • END

La maestra detiene la clase por un momento y dice: “vamos a hacer los ejercicios de respiración”. Son cinco minutos en que niños entre ocho y diez años aprenden simplemente a respirar, entre tareas y explicaciones de pizarra. Se trata de tan sólo cinco minutos de respiración profunda, de reconocerse en paz. Y dicen que funciona.

La maestra explica al periodista que además tienen un rincón, detrás de un pasillo, al que llaman “el rincón de la paz”. Cualquier alumno que se sienta mal, que se haya peleado con otro, o que haya tenido problemas en casa, tiene derecho a levantarse e irse cinco minutos a ese rincón y volver a clase con más calma y más concentrado en lo que hacía.

Se trata de una maestra de New York y de una nueva o no tan nueva tendencia pedagógica que busca el objetivo de “educar las emociones”. A mí me da un poco de miedo eso de que de chico te enseñen cómo debes ponerte furioso o alegre. Las emociones es quizá lo más salvaje que tenemaos y si hasta eso domesticamos…. Pero por otro lado, dicen que funciona.

Un día, la profesora estaba molesta con los niños, les regañó por no estar atentos en clase y no hacer bien las actividades. Un mal día. Uno de los alumnos se levantó y le sugirió a la profesora la posible causa de todo aquello: “¿No será, teacher, que fue porque hoy no hicimos los minutos de respiración?”

Una encuesta reveló que los niños que se educaban en esta tendencia superaban por resultados académicos en un treinta por ciento a los que asistían a escuelas más tradicionales. Además estos niños resolvían las tareas de una manera más creativa. Bueno, entonces parece que funciona.

Pero lo que más me llamó la atención fue que aquella profesora neoyorkina mencionó el caso de un niño que era de origen nicaragüense. Tendría unos diez u once años. En mitad de un examen de matemáticas, se levantó y pidió irse al rincón de la paz. La profe no se fiaba, porque quizá escondía algún papel con las respuestas. Lo siguió sin que el niño lo notase hasta el rincón, pero cuando se dio cuenta de que no había peligro de copia, lo dejó durante aquellos cinco minutos. La profesora esperó al final del examen para preguntar al niño por qué había ido al rincón. El día anterior, según le explicó, su tío más querido, que lo había cuidado como un padre, se acababa de morir en Nicaragua. Él quería ir a la vela y al entierro porque le tenía mucho cariño, y no se hacía a la idea de estar lejos de su cuerpo. Sin embargo, sólo un miembro de la familia podía ir y no sería él. Para que lo comprendiera mejor, parece que la familia con la que vivía en NY se reunió en su presencia, y como en una ceremonia, le mandaron a traer el bote de los ahorros donde guardaban todas las monedas. Lo abrieron delante de él, contaron moneda a moneda, y concluyeron en voz alta que la suma total no daba para pagar un pasaje de avión para el pequeño nica. Aquello le convenció. Sin embargo, en mitad de la clase sintió el dolor de no poder estar cerca de su tío con vida. Y le explicó a la profesora: “He ido al rincón porque como no puedo estar con él, quise pensar en su tío con gratitud”. Y al sentirse más tranquilo, regresó al examen. No sacó la nota más alta. Fue la segunda nota más alta. Sí; dicen que funciona.

Y es curioso, porque esa anécdota del niño nica que oí en boca de la profesora de Nueva York me sirvió para concederme el sueño la pasada noche, cuando un buen amigo, un señor que a punto estaba de jubilarse y que por la mera motivación de la bondad había decidido ayudarnos cuando lo necesitábamos sin esperar nunca el agradecimiento, se murió de cáncer.

Se portó con nosotros como sólo lo hace una familia que se quiere, o los mejores amigos, o una buena persona. Y aunque a otros no les resultase tan buena persona, como ocurre con cualquiera, por esas extrañas mezclas de simpatía sin motivo que se dan entre seres humanos, fue una especie de ángel de la guarda para nosotros. Era médico e historiador, dos profesiones que no suelen ir dadas de la mano, y adoraba las dos. La tercera era un oficio, o una afición: era un amante de los pájaros. Y como el niño nica, cuando luchaba por adormecerme sin lograrlo, me levanté durante cinco minutos, hice mi propio rincón de la paz, y pensé en mi amigo como un pájaro que ahora podía volar donde quisiera. Y le di las gracias esperando volverlo a encontrar. Y la muerte no existió más.

Un niño nica al que nunca conoceré, una profesora a la que probablemente nunca volveré a encontrar, y un amigo pájaro. Ninguno de los tres sabe el beneficio gratuito que causaron en mí. Es posible que ninguno lo sepa nunca. Los tres fueron buenos, y a lo mejor su bondad no repercutió en quienes tenían más cerca, o en sí mismos. A veces es simplemente una energía que se transmite por el aire. Créanme. Eso lo saben los pájaros. Pero les aseguro que funciona.


franciscosancho@hotmail.com