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Precisamente cuando el mundo se está volviendo más integrado, la palabra “seguridad” aparece una y otra vez, como en “seguridad alimentaria” o “seguridad energética”. Por lo general, se refiere a un país que crea y controla medios de producción, sea cual fuere su costo. Así, hay países árabes que cultivan cereales en el sediento suelo del desierto y China adquiere parte de la propiedad de compañías petroleras en el Sudán. ¿Se trata de medidas económicamente sensatas? Si no lo son, ¿qué debería hacer el mundo para reducir la necesidad de ellas?

Comencemos por la propiedad de recursos extranjeros. Podríamos pensar que un país que posee petróleo extranjero puede utilizar los beneficios de las ventas para proteger su economía de los elevados precios mundiales del petróleo, pero eso carece de sentido económico. El mercado mundial asigna el precio al petróleo según el costo de oportunidad. En lugar de subvencionar el precio en el mercado interno del petróleo (y brindar con ello a los fabricantes y consumidores nacionales un incentivo para utilizar demasiado petróleo), tendría mucho más sentido dejar que el precio interno se elevara como el precio internacional y distribuir entre la población los beneficios extraordinarios resultantes de los activos de petróleo extranjero.

Lo principal es que las decisiones económicas fundamentales no deben verse afectadas por la propiedad de activos de petróleo extranjeros suplementarios, pero, por las presiones políticas ejercidas por pequeños, pero poderosos, grupos de intereses, los beneficios extraordinarios se dedicarán inevitablemente a subvenciones nacionales insensatas. A consecuencia de ello, el país adquiridor adoptará, si acaso, decisiones económicas que distarán de ser óptimas.

¿Podría la compra de recursos extranjeros propiciar una renta nacional más estable? Una compra siempre parecerá beneficiosa retrospectivamente, después de que el precio del recurso haya subido, pero, si el precio del petróleo baja, los ciudadanos sufren una pérdida de renta y de riqueza (en comparación con otra inversión de los fondos). Suponiendo que los activos extranjeros de petróleo tengan un precio justo en el momento de la compra, el país se beneficia sólo cuando la compra ayuda a estabilizar su renta; sin embargo, las comprar pueden aumentar la inestabilidad de los ingresos incluso en el caso de un país que dependa en gran medida del petróleo.

Por ejemplo, en países grandes como los Estados Unidos o China, que representan una porción importante de la demanda mundial, es probable que el precio mundial del petróleo sea alto cuando el país esté creciendo mucho y los ciudadanos tengan grandes ingresos, y bajo, cuando el país tenga resultados deficientes. Los activos extranjeros de petróleo no son una buena protección en esos casos, pues substraen renta de los ciudadanos, cuando ya es baja, y la añaden, cuando es elevada.

Aun cuando la propiedad de activos de petróleo sea una protección útil (como en un país pequeño y consumidor de petróleo), no está claro que la compra de participaciones en empresas opacas de países extranjeros sea la mejor estrategia. Es probable que los derechos de propiedad de activos extranjeros de petróleo de un país diminuyan cuando suba el precio del petróleo. Aun cuando la empresa extranjera no empiece a exprimir a sus propietarios minoritarios, su gobierno sentirá la tentación de expropiar a los propietarios extranjeros mediante impuestos sobre ingresos extraordinarios (si el gobierno es muy avanzado) o la nacionalización (si no lo es), en particular si sus votantes, con la ventaja de la experiencia retrospectiva y la incitación populista, tienen la sensación de que se vendieron los activos a un precio demasiado barato.

Pero tal vez lo que los países teman de verdad no sean tanto los precios elevados cuanto un desplome total del mercado y la caída en un mundo propio de Mad Max en el que el petróleo sea escaso, ningún país estará dispuesto a permitir el comercio del petróleo que produzca y no habrá un precio compensador en el mercado mundial. Si se diera semejante situación, lo más probable es que la propiedad de activos de petróleo en el extranjero resultara inútil, pues todos los países podrían utilizar sólo el petróleo producido dentro de sus fronteras políticas (o dentro de fronteras cercanas que se pudiesen invadir).

En esa clase de mundo es en el que un comportamiento aparentemente absurdo como cultivar cereales en el desierto para garantizar la seguridad alimentaria empieza a tener sentido. Es necesario explorar opciones susbstitutivas, incluidas la utilización más eficiente, la diversificación en substitutos más fácilmente accesibles y la reducción del consumo total (aunque en todos esos casos resulta más fácil afrontar la escasez energética que la escasez alimentaria).

Además, incluso en un mundo tan sombrío resulta difícil imaginar que el mercado se derrumbe completamente o durante mucho tiempo. De hecho, podemos imaginar que los agentes del mercado negro y los contrabandistas comprarían donde hubiera cereales y los transportarían para venderlos donde no los hubiese. A no ser que los gobiernos construyeran barreras infranqueables en torno a sus países –y los costos serían probablemente prohibitivos–, se restablecería un mercado mundial implícito.

No obstante, es comprensible que muchos países adopten decisiones para situar la producción localmente y protegerla contra el comercio extranjero, por miedo a que se derrumbe el mercado por la guerra, sanciones comerciales o simplemente decisiones cortas de miras adoptadas por gobiernos extranjeros para proteger a sus propias poblaciones contra los aumentos de precios. Paradójicamente, una vez que un país garantiza su seguridad, tiene menos incentivos para evitar el derrumbe del mercado que provoca la búsqueda inicial de la seguridad.

Un acuerdo internacional para velar por que los países no prohíban las exportaciones, en particular de productos indispensables, excepto en circunstancias internas graves y (verificablemente) adversas, contribuiría a reducir el miedo a un derrumbe del mercado. Asimismo, la creación de reservas internacionales de recursos estratégicos en territorio neutral y con una gestión neutral contribuiría a aliviar la preocupación por las perturbaciones políticamente motivadas.

Lamentablemente, todo eso requiere unos sólidos consenso, cooperación y buena voluntad políticos internacionales, todos los cuales escasean actualmente. Mientras no contemos con la voluntad colectiva, la tendencia a la seguridad económica nacional seguirá propiciando la inseguridad colectiva.


Raghuram G. Rajan, ex economista jefe del FMI, es profesor de Hacienda en la Escuela Booth de Administración de Empresas de la Universidad de Chicago y autor de Fault Lines: How Hidden Fractures Still Threaten the World Economy (“Líneas de fallas. De cómo las fracturas ocultas siguen amenazando la economía mundial”). Copyright: Project Syndicate, 2010. www.project-syndicate.org Traducido del inglés por Carlos Manzano.

En este enlace puede encontrar un podcast de este artículo: http://media.blubrry.com/ps/media.libsyn.com/media/ps/rajan8.mp3