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La realidad de la épica interdependencia del mundo es bien conocida. Hemos visto cómo la ingeniería financiera en los Estados Unidos puede determinar el crecimiento económico en cada rincón del planeta, las emisiones de dióxido de carbono de China terminan afectando las cosechas y el sustento de los habitantes de Vietnam, Bangladesh, las Maldivas y más allá, una epidemia en México amenaza el ritmo de la vida pública en los Estados Unidos, o las cenizas volcánicas de Islandia afectan los desplazamientos en toda Europa.

También estamos familiarizados con las dificultades inherentes a crear e implementar soluciones a los problemas globales desde los estados naciones, y hemos recurrido a dos modelos generales para enfrentar este problema. El primero está compuesto de una amplia gama de alianzas y soluciones ad hoc creativas.

Cuando los instrumentos de salud pública globales demostraron ser insuficientes, por ejemplo, creamos en Fondo Global contra la Tuberculosis, el SIDA y la Malaria. Cuando la Internet se volvió global, su administración se entregó a la ICANN, la Corporación de Internet para la asignación de nombres y números, que incluye en su gobierno las voces de usuarios de Internet individuales, lo que representa un importante cambio con respecto al multilateralismo intergubernamental.

Estados Unidos, como miembro más poderoso del sistema internacional, tiende a preferir enfoques ad hoc al gobierno global. Con sus vastos recursos y alianzas, las soluciones ad hoc le permiten beneficiar sus intereses de manera eficaz sin los impedimentos de reglas, usos y estructuras más duraderas.

Los europeos prefieren confiar de manera más sistemática en el imperio de la ley y también en lo que se conoce como el paradigma global de los recursos públicos. Quienes adhieren a este punto de vista apuntan sobre todo a la existencia de ciertos recursos públicos globales de importancia vital; el clima es el ejemplo más obvio.

Por definición, los recursos públicos representan un problema que exige una acción colectiva. El paradigma de los recursos públicos implica también cierta conmensurabilidad, si no uniformidad, en la manera como respondemos a los variados retos para los que se necesita una acción en común.

Los estadounidenses tienden a sentir que esta expectativa de conmensurabilidad es sofocante, mientras que los europeos la encuentran liberadora y tranquilizadora. (En gran medida, el mundo en desarrollo ha estado ausente de este debate, con excepciones notables en forma de indignación acerca de lo injusto del status quo, salpicada de obstruccionismo.)

Al igual que muchos temas de importancia fundamental, es poco probable que las tensiones entre estos enfoques se resuelvan de manera concluyente. Es posible que vivamos con esta tensión por largo tiempo y que el énfasis alterne entre uno y otro enfoque.

Por tanto, merecería mucho más la pena centrarnos en un tema al que se ha prestado poca atención: ¿qué responsabilidades tenemos con respecto a quienes no son nuestros compatriotas? Tanto la postura ad hoc como la de los recursos públicos evaden esta pregunta y, no obstante, si no contamos al menos con una respuesta práctica, careceremos de la brújula para navegar por nuestra creciente interdependencia global.

Tenemos que reconocer que el gobierno global no es un rompecabezas tecnocrático para resolver con hábiles diseños institucionales. No podemos establecer un contrato social efectivo sin comprender explícitamente nuestras responsabilidades recíprocas y los derechos que éstas implican.

Las respuestas se deben buscar no sólo en los discursos de la Asamblea General de las Naciones Unidas o el Foro Económico Mundial de Davos, sino en las conversaciones con nuestros amigos, familias y compañeros de trabajo. Todos debemos considerar qué responsabilidades estamos dispuestos a aceptar y discutir nuestras respuestas con los demás.

Esto significará comenzar a imaginar -sin pánico ni apuro, y con toda la atención que esta conversación requiere- una educación cívica global. Los niveles actuales de conectividad e interdependencia global, y los que probablemente haya en el futuro, nos permiten y exigen dar inicio a esta conversación.

Nos demos o no cuenta de ello, todos los días tenemos conversaciones comparables. Por ejemplo, cada día millones de personas conducen a altas velocidades dentro de una tonelada de metal, y lo hacen muy cerca de otros que hacen lo mismo. Un ligero movimiento del volante en la dirección equivocada podría causar grandes problemas, pero nos desplazamos sin mayores preocupaciones porque tenemos expectativas razonables sobre el comportamiento de los demás conductores.

Nuestras expectativas sobre los otros conductores, que sirven para mitigar los riesgos teóricos del conducir, pueden existir porque las personas adhieren a un marco de leyes, hábitos y convenciones sobre cómo manejar automóviles. En un mundo cada vez más interdependiente, necesitamos un marco global análogo para disfrutar de una relativa tranquilidad, y ese marco se debe basar en el civismo global, un sistema de responsabilidades conscientes que estamos dispuestos a adoptar -y los derechos correspondientes que estamos dispuestos a reclamar- tras una debida deliberación.

Para imaginar la forma del civismo global, un ejercicio valioso sería darnos 15 minutos para pensar en lo que le diríamos al ser humano número siete mil millones -que se nos unirá en menos de mil días- acerca de la condición humana que le espera. Esta conversación hipotética nos ayudaría a ponderar las condiciones globales que todos hemos ayudado a producir y nos encaminaría a descubrir nuestras responsabilidades fundamentales para con los demás y la próxima generación: la esencia del civismo global.

Hakan Altinay es miembro senior de la Brookings Institution.Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2010. www.project-syndicate.org