•  |
  •  |
  • END

¿A qué obedece el arraigo invariable de mi hermano Jorge Eliécer con Juigalpa? ¿Se deberá únicamente a que viviendo a miles de kilómetros, en Chiapas, la nostalgia lo invade y para salir del trance vuelca sus recuerdos en crónicas memorables? ¿Cuánto influyó nuestro padre en ese apego al terruño? En una época desgarrada por la globalización donde todos se sienten habitantes del planeta, Jorge Eliécer insiste en ratificar su procedencia, en describir el mundo de donde procede, en recrear la vida y milagros de quienes forjaron la identidad de este microcosmos llamado Juigalpa. Cada uno se reconoce y es reconocido en su propio espacio. La ciudad que los vio nacer, crecer y morir, siendo otra, sigue poblada por sus antiguos moradores. Todos son habitantes de un mismo sueño y una misma geografía.

La Juigalpa de ahora no sería posible sin la Juigalpa de ayer. Nuevos rostros y muchos barrios han nacido bajo la expansión y desarrollo provocado por la migración, producida por la guerra en los años ochenta del siglo pasado en la búsqueda de un futuro mejor. El entorno fue ensanchándose hasta desbordar los antiguos límites de la ciudad en que Jorge Eliécer nació y creció. Atrapado por el goce y la manera en que pactaron sus vidas, convoca a los mayores en un texto que constituye el mejor referente para conocer sus aportes, en la configuración del carácter de una ciudad que no acaba de establecer los linderos precisos de su existencia. En Juigalpan Tierra de Caracoles, desfilan en una marcha contra el tiempo y el olvido, la galería de personas ilustres que nutrieron y vivificaron una ciudad que persiste en su memoria.

Juigalpan Tierra de Caracoles es una apuesta contra el olvido. En el repaso de Jorge Eliécer todos tienen cabida, menos los políticos. En sus páginas perdura el nombre de destacados galleros, famosos toreros, finos joyeros, sabios maestros, diestros campistas, célebres montadores, músicos virtuosos, andariegos sin fronteras, trovadores inolvidables, pintores de acuarelas, locos sin loqueros, románticos empedernidos, poetas de sol y agua, curas pedigüeños, cuecheros inofensivos y soltadores de globos. Se instala en la vieja parroquia para cantar a la Virgen María la purísima, y escuchar después los ruegos al niño Dios, antes de que la escarcha y la nieve precedieran la llegada de Papá Noel con sus trineos en una tierra de ganados y ganaderos y este cayera de los techos bajando por chimeneas inexistentes e irreconocibles.

El libro nació con la pretensión de que todos sepamos quién es Cristóbal Bermúdez, el orfebre que entregaba al vacío sus ilusiones compartidas. En él aparece Luis Gadea, sabio amansador de potros; Catarrán alzando su estrella en la plaza. Trae a nosotros a Gustavo Sirias, Tapita de Dulce, cuyos gallos ganaron muchos alzos y elogia a los árbitros de las galleras, Eudoro Suárez, Adolfo Navarrete, Pancho Villanueva y Domingo Reyes, porque impartían cátedra de justicia a los meros magistrados de la Nación. Evoca el Mayales, recorre de nuevo sus pozas, cuando el río se salía de madre matando vacas y cerdos, invadiendo caseríos, tumbando milpas. El río seco, reseco, no encuentra acogida en la memoria de Jorge Eliécer. Todavía lo divisa crecido, regio, indómito.

Palo Solo ocupa un lugar especial, como única ha sido su terraza en las alcahueterías de distintas generaciones de enamorados. La primera forma de identidad se forja en el barrio. Orgullosos exclamábamos y reclamábamos nuestra vecindad, proximidad que todavía anunciamos con la calle y el barrio donde estaban instaladas nuestras casas. Siempre hemos dicho que somos chontaleños, que procedemos de Juigalpa y que nuestro santuario queda en la Calle Palo Solo. Jorge Eliécer reivindica El barrio como si se tratara del lugar más prominente de toda la geografía nacional. Macondo es a Gabriel García Márquez lo que Comala a Juan Rulfo. Nosotros no tuvimos que inventar un espacio porque ya había sido imaginado y empezado a delinear cuando irrumpimos en la Calle Palo Solo hace un poco más de medio siglo.

Pero persisten las batallas libradas contra alcaldes, que queriendo quedar bien con los políticos de opereta, han pretendido cambiarle de nombre, aduladores que jamás se han identificado con nada ni con nadie. Palo Solo es a nuestras vidas lo que La Mancha a don Miguel de Cervantes y Dublín a James Joyce. Lo exclamo así de simple, porque no padezco de complejos. José Dimas vuelve a entonar El Colibrí, reclamando su canto y autoría como propios. Chavelo García cabalga incansable. El Hotel Imperial abre de nuevo sus salones para que Ernesto Montoya cante con voz romántica y la María Flaca quiebre sus caderas con gracia de rumbera. Desde su butaca siento a Mama Güicha gozar con el desparpajo, y veo a las señoritas Pepa y Amanda Montiel meterse en sus aposentos, luego de rezar el rosario.

Don Pancho Urbina asiste a los entierros para redimir a los muertos; acompañó a quienes pudo hacia el único cementerio de Juigalpa. Jorge Eliécer sabe que San Caralampio es un santo como pocos. Su fama viene del jolgorio y despelote que armaban las Vargas rindiéndole homenaje todos los años, en un bailongo que todo Juigalpa disfruta. Las fiestas de agosto, metidas en sus poros, poseen la virtud de convocar a todos los chontaleños. El Parque Central continúa siendo espacio de su niñez, lecturas y juegos; vuelve a las noches incendiadas por la pirotecnia de Juan Flores y los desplantes de Rito Flores, el más soberbio bailarín del toro encohetado. En la distancia veo a Noel Deleo, burlador encantado, haciendo sorna de todo. La crónica sobre Joaquín Castrillo, el mitotero, viene a ser un cumplido a las creaciones fantásticas del más sagaz contador de fábulas de todos los tiempos, el hablador rodeado de decenas de personas refiriendo sus correrías con soltura contagiosa.

El tributo merecido que hace Jorge Eliécer a Mónico, nuestro último juglar, me hace recordar a mi hermano, al mismo Jorge Eliécer, metiéndole por la puerta trasera del patio para que le cantara sus últimas coplas. Al mester de patio y luna le redacta su obituario como despedida final. Igual me ocurrió con la evocación que hace de Patricio, el judío errante, un hombre manso y bueno, último trashumante, con su mecapal a cuestas, caminando despacio hacia atrás, imperturbable al tiempo y la distancia; murió accidentado por una caravana de vehículos en las proximidades de Juigalpa. Nadie reclamó su cuerpo, ni enjuició a los culpables. Noble, Jorge Eliécer divisa a Santos Loco en Palo Solo, el mismo que le partió la ceja de una pedrada, lo ve con el ánimo sosegado. Pata de Chopo alcanza la dimensión esperada. En una ciudad de seis mil habitantes, su locuacidad inveterada mitad pregón mitad agorero, formaba parte del paisaje local.

La historia de los pueblos siempre será para cada uno de nosotros como queramos evocarla. El cronista cuenta con la ventaja de testimoniar aquellos aspectos que impactaron su vida. Su sensibilidad puesta a prueba, solo pasará con altas calificaciones si en cada una de sus crónicas, quienes vivieron la época, se sienten identificados con ellas, porque no adultera los hechos y sabe brindar acogida a aquellos y aquellas personas que dejaron huellas en la historia de sus localidades. El escritor asume la temeridad de volcar sobre Juigalpan Tierra de Caracoles, las vicisitudes, logros y esperanzas, de quienes fueron capaces de alzar su voz más allá de sus predios, dejando impresos sus pasos en la vida de Juigalpa. En eso radica la vigorosidad y permanencia del texto de Jorge Eliécer.

Juigalpan Tierra de Caracoles, viene a ser un compendio histórico, una crónica magistral para perennizar en nuestras mentes a todas aquellas personas sin las cuales Juigalpa no sería como es ahora. Juigalpan Tierra de Caracoles, evocación, canto, melodía, memoria y recuerdo, traza las señas de identidad de un pueblo, en un momento especifico de su historia. Una apuesta hacia el futuro, porque eterniza el pasado.


Juigalpa- Chontales
Calle Palo Solo. Julio 2010.