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Generalmente se reconoce que el liberalismo y el socialismo provienen de tradiciones culturales y políticas divergentes, como concebidos para ocupar polos opuestos en el panorama político. Uno tiene sus raíces en el individualismo, otro en el organicismo; el primero defiende la propiedad privada, el segundo la propiedad colectiva; aquél resalta la competencia, éste la cooperación.

El liberalismo, sobre todo el económico, enfatiza la ausencia de restricciones y la libertad de mercado; el socialismo, en especial su versión más difundida: el marxismo, destaca la planificación y el trabajo colectivo. El primero es considerado como la ideología de la burguesía; el segundo, la doctrina del proletariado.

La oposición entre ambos se configuró a través del conflicto entre opciones aparentemente irreconciliables. No se puede negar que los partidos liberales y los partidos socialistas, en la mayoría de los casos, fueron antagónicos. La historia de los siglos XIX y XX está plagada de choques entre ellos, tanto en el terreno de las ideas como en el de la práctica.

Se trataba de descalificar las propuestas del contrario para hacer sobresalir las propias. Así, entre los socialistas las tesis liberales fueron asumidas como un engaño dirigido a esconder la realidad de la explotación de la gran masa de los trabajadores y, consecuentemente, el dominio de unos cuantos, bajo el velo de la libre competencia y la defensa de la propiedad privada. Luego, entonces, se planteaba la cooperación social y la propiedad colectiva.

En correspondencia, entre los liberales las mociones socialistas fueron asumidas como una argucia que tras la promesa de una sociedad mejor, ocultaba la intención de ahogar la individualidad en pos de una supuesta igualdad. Por ende, lo que se deseaba era la garantía de los derechos civiles y la expansión de la libertad económica.

Desde un inicio los socialistas se volcaron contra un sistema injusto basado en la competencia. De allí su empeño en la búsqueda de la igualdad social. Rousseau afirmó que “sin igualdad no puede haber libertad”. De la obra de este gigante de la Ilustración fue de donde nacieron las divisas de libertad, igualdad y fraternidad que inmortalizó la Revolución francesa.

Por su parte, los liberales previeron y se opusieron al vacío de alternativas que inevitablemente trajera consigo la tiranía animada por el igualitarismo. Por ello, se comprometieron a alcanzar la más amplia libertad personal.

Ahora bien, aunque la distancia entre el liberalismo y el socialismo (tomado así, en bloque) salta a la vista, en un análisis más particularizado debemos considerar que dentro de cada uno, a su vez, existen diferentes versiones: no hay un solo liberalismo ni un único socialismo, sino varios que conforman o integran las partes de un todo.

Y esa separación, ciertamente se aprecia con meridiana claridad al confrontar interpretaciones radicales, es decir, de una parte el socialismo revolucionario encarnado por el marxismo; y, de otra, el liberalismo conservador representado por el neo-liberalismo.

Por otra parte, la lucha política e ideológica en muchas ocasiones no sólo se presentó en bandos opuestos, sino incluso dentro del mismo bando. En el socialismo, por ejemplo, hubo un litigio por no dejar fuera asuntos como la libertad y el derecho de propiedad.

De manera similar, en el liberalismo hubo controversia por no hacer a un lado los problemas sociales. En tal virtud, y frente a estas nuevas vertientes surgieron, al mismo tiempo, cierto tipo de socialismos que ya no fueron indiferentes a las propuestas liberales, y cierta gama de liberalismos que dejaron de ser insensibles a los reclamos socialistas.

Así pues, aún cuando surgieron estas mezclas, que vinieron a enriquecer el marco de referencia de las doctrinas políticas y sociales, la hegemonía que ejercieron en sus respectivas áreas el marxismo y el liberalismo manchesteriano no pudo ser contrastada durante mucho tiempo.

Es innegable que el liberalismo favoreció a la burguesía y al capitalismo; pero refería una exigencia histórica para derribar los obstáculos impuestos por el mundo medieval; más no estaba dicho que el liberalismo tuviese que detenerse allí. El hecho de que haya asumido en un primer momento la forma de liberalismo burgués, no obsta para que sea el portavoz de un principio social general mucho más amplio, cuya realización será el socialismo.

Por lo que respecta al liberalismo como movimiento histórico universal, el socialismo es el heredero legítimo, no sólo desde el punto de vista cronológico, sino de su contenido social, siendo el socialismo una forma más avanzada de democracia.

La concepción en conjunto de los socialistas es uno de los elementos más valiosos para el mejoramiento humano que existe en la actualidad; es un sistema superior de organización social; la culminación histórica del ideal democrático bajo la forma de una democracia ya no sólo formal sino también sustancial, no política sino además económica.

En los Estados Unidos de América, donde se llevan mejor las estadísticas que en cualquier otro país emergente o subdesarrollado, los analistas políticos dicen: que la concentración de la riqueza es factor clave en provocar la crisis actual, como fue en el caso de la gran depresión, al subrayar que en 1928 el uno por ciento más rico del país recibía el 23.9 por ciento del ingreso total nacional.

Para 2007, después de décadas donde se distribuyó más la riqueza, se ha regresado justo a 1928: en 2007, el uno por ciento más rico recibía 23.5 por ciento del ingreso total. Hay que tener presente, que una sociedad cimentada en la diferencia entre ricos y pobres, opresores y oprimidos, no puede garantizar la concordia.


*Jurista, Politólogo y Diplomático.