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En los últimos días se han publicado cifras de exportaciones sin duda halagadoras. Según las proyecciones, al finalizar el año se habrán exportado casi 2,000 millones de dólares, cifra no despreciable, y que es resultado de las inversiones que se realizaron en los años anteriores al actual gobierno.

Sin duda que a ese crecimiento de las exportaciones, de origen fundamentalmente agropecuario, aunque también se aprecia la incidencia de los productos del mar y de la minería, ha contribuido la ejecución bastante eficiente de los proyectos de infraestructura que dejó financiados el anterior gobierno, y la regularización del suministro de energía eléctrica.

Pero como varios economistas han puntualizado, entre ellos José Luis Medal, y sin quitar mérito al esfuerzo exportador que nuestro país viene realizando, en términos per cápita, y en dólares de valor constante, estamos exportando la mitad o menos que hace 31 años.

Y bastante menos, en términos per cápita, que los otros países centroamericanos.

Ése es el balance, triste, de nuestra negativa evolución económica en las últimas tres décadas, resultado sin duda de nuestras perturbaciones políticas.

Mientras tenemos esa evolución de las exportaciones, las remesas andan en el orden de los 900 millones de dólares, es decir, casi la mitad de las exportaciones. El saldo neto en términos de nuestra balanza de pagos, si tenemos en cuenta que para las exportaciones se incurren en costos, muchos de ellos importados como el combustible, los insumos, los materiales de empaque, la maquinaria, entre otros, es mayor el de las remesas que el de las exportaciones.

Esas son las cifras fríamente expuestas. Pero el saldo social es desolador, porque detrás de las remesas está el casi millón de nicaragüenses que han emigrado, desarraigándose de sus familias y amigos.

Seguimos, entonces, siendo un país agroexportador, en menor escala que hace tres décadas, y ahora, también. un país pobre-exportador. Exportador de pobres. ¡Qué triste!