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A lo largo del siglo XX, el mundo asistió a la breve experimentación de un sistema alternativo al capitalismo mundial que buscaba, en teoría, modelar un nuevo sistema de producción y distribución de la riqueza.

La revolución socialista soviética, con algunos rasgos comunistas, en tanto proceso de refundación de la sociedad y remodelación de las relaciones sociales de producción fue un ensayo sociopolítico que se puede considerar efímero comparado con el prolongado, estructurado y consistente trabajo teórico, sociológico y práctico que implicó la construcción del capitalismo a lo largo de los últimos tres siglos.

La exportación del modelo socialista soviético se llevó a cabo con mucha dificultad dado que el sistema carecía de una esencia conceptual coherente. La confusión partió desde la definición misma del proceso que se intentaba exportar a terceros países. No quedaba muy claro cuál era el perfil del proyecto que proponía la Unión Soviética: ¿se trataba de una revolución socialista o de una revolución comunista? Hay diferencia en ambos conceptos y en la forma y estrategia para llevarlos a la práctica. El comunismo a diferencia del socialismo implica suprimir la división del trabajo y el uso de dinero como medio de cambio, y aún más como mercancía en sí mismo tal y como lo contempla el sistema capitalista. El socialismo convive con la división del trabajo y además permite la circulación del valor producido mediante el uso del dinero como medio de cambio, transferencia y administración del valor producido por la sociedad. A la luz de esta reflexión diremos que la revolución y modelo soviéticos eran de tipo socialista.

El proceso de conversión socialista lo vivieron de manera muy diferente en cada país. Las experiencias fueron disímiles en los países de Europa del Este y de América Latina. Un rasgo común del proceso socialista en ambas regiones fue el surgimiento de las elites revolucionarias. El concepto de elite nos remite a una definición como grupo de personas que tienen amplio poder de decisión y cuyas opciones macrosociales son determinantes. Esta definición encaja bastante bien en el concepto de Nomenklatura, de Mijail Voslenski.

La aparición de Nomenklaturas o elites en los países sometidos al experimento soviético dio origen a una reclasificación social. Surgió una clase caracterizada como el “Nosotros”, la sociedad, y “Ellos”, los que detentaban el poder. Rumanía, Hungría, Polonia, Nicaragua, Cuba y tantos países más no fueron ajenos a este reordamiento de la sociedad bajo los principios de estas dos clases.

El principal problema macroeconómico del modelo soviético residía en la desconección de estos países para convertirlos en países-granjas administradas por el estado central del sistema. De este modo los pequeños países arrastrados a esta experiencia fueron apartados de la economía mundial y circunscritos a un universo limitado, el de las relaciones Centro- Periferia del sistema soviético.

Esta relación Centro-Periferia supuso un grave problema en términos del flujo del valor producido y una asimetría en cuanto a los intercambios y transferencia de bienes y servicios, mismo que podemos definir como un sistema de comercio exterior desbalanceado y punitivo para los países periféricos del sistema.

La implantación del sistema socialista soviético favoreció el desarrollo de las elites revolucionarias con un principio de organización piramidal. La pirámide de la nomenklatura estaba conformada por los defensores supremos e históricos de los logros de la revolución y en los niveles inferiores se fueron multiplicando por miles los operadores políticos claramente jerarquizados en función de la estrategia de control y administración por parte de la suprema élite nacional administradora de la granja-país.

Como podemos constatar el sistema era tan o más complejo e injusto que el sistema capitalista. La inviabilidad del sistema lo hizo caer prontamente. Al desintegrarse el bloque soviético quedaron a la deriva los antiguos países-granjas. Muchos de ellos fueron absorbidos por otros bloques de poder como la Union Europea. En estos casos, los países asimilados como Polonia, Hungría o la República Checa enfrentaron diferentes procesos de transición. Su condición de países periféricos no cambió pero sí la orientación de sus elites post-revolucionarias que ahora velan más por mantener encarrilado el proceso de acoplamiento con la Unión Europea.

En Nicaragua la transición fue un proceso sui géneri. Las elites revolucionarias se reconvirtieron rápidamente al sistema capitalista y conservaron importantes medios de presión fundados, principalmente, en el cooperativismo gremial y un activismo social de masas que constituyeron verdaderas fuerzas de choque que limitaron mucho el proceso de conversión capitalista.

La nomenklatura sandinista hizo una rápida conversión hacia la empresa privada mediante un oscuro proceso de privatización de las empresas estatales que fueron a parar a manos de los máximos dirigentes históricos de la revolución.

En todos los casos, las elites sobrevivieron bastante bien al proceso de derrumbe socialista. En Polonia y Hungría el 50% de la nomenklatura sigue ejerciendo puestos importantes en el sector público y el 70% ejerce en importantes puestos en el sector cooperativo. En estos dos países, tal y como lo señalan estudios de Georges Mink y Jean Charles Szurck, el 28.2% y el 25% de las elites, respectivamente, se convirtieron en empresarios privados.

Para concluir, podemos afirmar que a lo largo del proceso socialista en su auge, caída y transición las elites revolucionarias lo vivieron con mucho éxito y no tuvieron que pagar el costo del experimento; mismo que recayó, como siempre, en la sociedad.


*El autor es Especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.