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Hace tiempo que le ronda en la cabeza la idea de escribir un libro de memorias. Marlene es preciosa, pero digo preciosa de verdad, de esas mujeres que pasan por la calle y cualquiera se enamora de ella nada más verla. Y sus hijas también, como si en sus genes habitara una magia que se transmite de generación en generación. Cómo les diría. Tiene la cara de una actriz antigua de Hollywood, con un lunar perfecto, con unas pestañas increíbles, etcétera. Hasta su nombre, no dirán que no impresiona.

Un día, tomando una cerveza con ella, me dice una frase con la que quiere acabar su libro: “Si volviera a nacer, pediría nacer en esta silla de ruedas”.

Como no le robaré su propia historia y esperaré pacientemente a que escriba su libro, sólo diré de ella que es una mujer joven, algo más de treinta años y que forma parte del más de 10 por ciento de la población nicaragüense que sufren algún tipo de discapacidad (y perdonen los amigos de asociaciones y federaciones si no empleo la palabra correcta, pero suelen cambiar tanto los términos que es difícil estar al día con ellos. La última vez que lo supe era el de personas con necesidades especiales). Bueno, yo lo que sé es que Marlene es especial, y ella cree que se lo debe a la silla de ruedas, pero si le vieran el rostro, dirían que eso no está en la silla, sino en ella. Verán.

Cuando era más joven, dicen sus amigas, y cuento los chismes pero no las chismosas, que era una bomba. Se divertía más que nadie y apuraba los días y las noches como si la vida le fuera demasiado corta. Dicen de ella que era “loca”, en ese sentido nicaragüense del término divertida, algo inocente; y que no medía las consecuencias de su propia diversión. Una noche, en Costa Rica, tuvo un accidente de tráfico con tan mala fortuna que se lesionó la médula y ha tenido que sentarse desde entonces en una silla de ruedas. Está muy agradecida al tratamiento que recibió en el hospital y el centro de rehabilitación de Costa Rica (no todo lo que hacen por un nica en el país vecino es malo, ¿verdad?), y es más, está tan agradecida, que allí mismo aprendió que estar en la silla de ruedas se iba a convertir en la gran pregunta que hacerse a sí misma: que valoraba más en su vida como para que mereciese la pena seguir viviéndola en silla de rudas.

Esa vida que decidió que valía la pena no ha sido fácil de regreso a Nicaragua. Sacar adelante una familia como madre soltera por ejemplo. Qué cobardes somos los hombres. Enfrentarse a todos los que la cuestionaban, los que dudaban de su capacidad de salir adelante. Qué expresión tan linda y casi incorrecta: “salir adelante”. Significaba que estabas como encerrado en algo que dejaste atrás y que no te dejaba caminar. Y Marlene salió de todo lo que dejó atrás, salió adelante a toda velocidad en silla de ruedas. Cuando sale, se mueve, baila, se divierte como entonces y es capaz, en medio de la noche, cuando menos te lo esperas, de decirte frases como esas y después reírse como si creara un mundo particular para su risa. Y les digo que es preciosa.

Estos días, cientos de personas con alguna discapacidad fueron a la Asamblea de Nicaragua a pedir una caridad del Estado. Digo caridad, porque una pensión de poco más de 100 dólares (el salario mísero y mínimo) no es hacer justicia a quienes, según reclaman, padecen discapacidad severa y viven en extrema pobreza. Porque si se le otorgara una pensión de 100 dólares mensuales a los 600.000 discapacitados que se estiman en el país, hagan la cuenta, resultarían unos 60 millones de dólares. Sin embargo, lo que se solicita es una pensión llamada de gracia, que podrían llamar de caridad, para lo que se calcula apenas 1 millón de dólares mensuales.

Marlene trabaja en oficinas, empresas de todo tipo. Suele encargarse de la atención al cliente. Habrán visto su rostro en las vallas publicitarias de Managua cuando se realizan campañas de sensibilización. Para contarles lo que quisiera contarles de Marlene habría que leer su libro.

Porque no se trata tan sólo de la mera caridad de una pensión (se podría reducir el gasto en publicidad y comunicación partidaria en manos de la primera dama- y perdón si no se dice así); se trata de la justicia de integrar a estas personas con un potencial enorme para el trabajo; se trata de que no se puede seguir consintiendo que las obras que se ejecutan desde alcaldías como las de Managua no incluyan tramos de acceso para las personas en silla de ruedas. Se trata de justicia y en muchos casos agradecimiento para todo lo que aportan estas personas, muchas de ellas, como Marlene, cabezas de familia, madres solteras, que no solas. Mujeres como ella a las que la propaganda de los pobres del mundo no llega. Quizá no sea el prototipo que alguien espera de una persona en silla de ruedas, porque uno cree que una mujer o un hombre sentado no están luchando. No he visto a nadie que sea capaz de ganar en el día tantas batallas, obstáculos que no debieran existir. Su país, Nicaragua, le ha dado muy poco, casi nada: ni siquiera la caridad de 100 dólares por el amor de Dios; y mucho menos la justicia que se ha ganado a pulso y a corazón. Su vida se transforma en una superación de retos logísticos desde que se levanta y sale de su casa y necesita algún tipo de transporte para ir a trabajar.

Marlene dice que acabaría su libro pidiendo volver a nacer en su silla de ruedas. Yo me miro las piernas, me miro la vida y me miro la tierra para la que escribo. Y pienso que no sólo se trata de justicia social, sino de algo que está en el fondo de todo y que a muy pocos les es dado descubrir de una manera tan clara. Y pienso que me gustaría llegar a ese lado de la vida que ella ha encontrado en su lucha de mujer sentada, y en marcha. Quizá, si volviera a nacer…

franciscosancho@hotmail.com