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Hubo una época, poco después del fin de la Guerra Fría, en la que casi todo el mundo dio por sentado que Corea del Norte no tardaría en desplomarse. La repentina muerte en 1994 de Kim Il-sung, el fundador del tiránico y económicamente desastroso experimento norcoreano, reafirmó esa creencia. Eso fue entonces.

Hoy nadie puede decir con verosimilitud que el régimen dinástico de Corea del Norte, ahora encabezado por el “Amado Caudillo” Kim Jong-il, hijo del “Gran Caudillo” Kim Il-sung, vaya a caer con toda seguridad. Tras la insistencia en que se acercaba el fin de la dinastía Kim, está surgiendo un consenso sobre la continuidad de la existencia de su régimen.

Inmediatamente después del derrame cerebral que mató a su padre en una lujosa quinta de una estación balnearia en una montaña remota, Kim Jong-il consolidó el poder político concentrándolo en las manos de unos pocos leales intransigentes y encarcelando, torturando y asesinando a quien considerara un oponente político.

No obstante, pese a su largo mandato, a veces un pequeño grupo de disidentes ha amenazado su control del poder y, ahora que la mala salud lo ha obligado a prepararse para transmitir el poder a su tercer hijo, el más joven, Kim Jong-un (el llamado “Joven General”), la oposición se ha mostrado más visible.

El 22 de abril de 2004, una explosión en un tren en Ryongchon mató a 160 personas e hirió a 1.300. Muchos creen que fue un intento de asesinato de Kim, cuyo tren, hecho expresamente para él, pasó por Ryongcheon unas horas antes del estallido.

Desde entonces, los servicios de inteligencia surcoreanos han estado evaluando la capacidad de Kim Jong-il para organizar una sucesión ordenada. En particular, han estado supervisando el número de oficiales superiores norcoreanos que repentinamente se han jubilado, han desaparecido o han muerto en accidentes automovilísticos.

De hecho, el número de cambios recientes en la jerarquía norcoreana es un indicio muy poderoso de una intensa oposición interna a la continuidad del nefasto gobierno de Kim. Kim Il-chol, de ochenta años de edad, almirante y viceministro de las fuerzas armadas, fue destituido de su cargo en mayo. Fue jubilado supuestamente por su avanzada edad, pero en la gerontocracia de Corea del Norte hay figuras más viejas.

Además, Pak Nam-gi, el funcionario superior del ministerio de Hacienda considerado responsable de la chapucera emisión de una nueva divisa el año pasado, ha desaparecido y Kim Yong-il, Primer Ministro de Corea del Norte, fue destituido el 7 de junio. Ri Je-gang, un alto jerarca del Partido de los Trabajadores, murió en un extraño accidente automovilístico.

La explicación más común de todos esos cambios es la de que Kim está preparando la defensa en torno al Joven General y a sí mismo. Es necesario un plan de sucesión disciplinado, porque Kim tiene 68 años de edad y mala salud (por lo que no es probable que siga ocupando el poder en 2012, el año que designó para que Corea del Norte llegara a ser un “País fuerte y próspero”).

Entretanto, las fuerzas armadas parecen seguir fieles a Kim y dispuestas a cumplir sus órdenes aun a riesgo de colocar el país al borde de la guerra: por ejemplo, hundiendo el buque surcoreano “Cheonan” en marzo y advirtiendo que cuenta con una “potente disuasión nuclear” contra las maniobras militares surcoreanas y americanas.

Mientras el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debate sobre cómo sancionar a Corea del Norte por el ataque al “Cheonan”, pocos son los que en Corea del Sur creen que un castigo, sea el que sea, vaya a disuadir a Kim ni a acortar la vida de su régimen. Además, Corea del Sur tiene poca fe en que las Naciones Unidas intenten siquiera actuar, en vista del veto de China en el Consejo de Seguridad. De hecho, China hizo una velada advertencia a Corea del Sur para que “no se acalor[ara] por una nimiedad”, con lo que daba a entender que la muerte de 46 marineros surcoreanos era un asunto menor y, desde luego, no como para hacer que China se replantease su alianza con Corea del Norte.

La imprevisibilidad de Corea del Norte y la cínica irresponsabilidad de China parecen estar acorralando al gobierno conservador del presidente de Corea del Sur Lee Myung-bak. Lee debe no sólo sopesar hasta qué punto ha de ser enérgico con Corea del Norte ante la muerte de los marinos del “Cheonan”, sino también buscar una vía para seguir manteniendo los contactos con el Estado policial de Kim Jong-il. Lo más probable es que opte por una retirada táctica en la confrontación. En lugar de presionar para que se impongan sanciones severas de las Naciones Unidas, el gobierno de Lee se centrará, al parecer, en resucitar en su momento las conversaciones hexalaterales (Corea del Sur, Corea del Norte, los Estados Unidos, China, el Japón y Rusia) para poner fin al programa de armas nucleares del Norte.

No hay forma de saber qué sucederá en Corea del Norte cuando muera Kim, pero es hora de que las potencias de Asia empiecen a pensar creativamente y actúen cooperativamente para impedir una implosión violenta. De momento, Corea del Sur necesitará confiar en una tolerancia valerosa en sus relaciones con el Norte, porque no hay, sencillamente, otra opción viable a mano.


Lee Byong-chul es investigador superior en el Instituto para la Paz y la Cooperación de Seúl (Corea del Sur).

Copyright: Project Syndicate, 2010.
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