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Los controles del capital vuelven a estar de moda. Al afrontar una importante apreciación de la divisa y temiendo auges de los precios de los activos impulsados por dinero especulativo, países como Indonesia, Corea del Sur y Taiwán han adoptado medidas recientemente para limitar las entradas de capitales.

Unos banqueros centrales nerviosos de muchos otros mercados en ascenso, incluido el de la India, al afrontar presiones de los exportadores perjudicados por el aumento de los tipos de cambio, están pensando en la posibilidad de aplicar también controles más amplios de las entradas de capitales. A comienzos de este año, el Fondo Monetario Internacional se pronunció a favor de los controles de capitales.

Entonces, ¿resiste nueva fascinación con los controles de capitales un examen detenido? Los controles de capitales siguen siendo una idea desafortunada: una idea que es mucho más seductora en teoría que en la práctica. Además, existen razones poderosas para considerar las entradas de capitales en los mercados en ascenso una oportunidad de fortalecer los mercados nacionales de capitales en lugar de una amenaza, primordialmente, a la estabilidad financiera.

Las corrientes de capital sin limitaciones podrían, efectivamente, representar un desastre para una economía que tenga mercados financieros con un funcionamiento defectuoso, niveles elevados de corrupción y políticas monetarias y fiscales poco eficientes. Por eso, podría parecer aceptable que los mercados en ascenso detengan o incluso inviertan los avances que han logrado en la liberalización de las corrientes de capital para poner primero sus casas en orden.

Pero volver a imponer controles de capitales no es, sencillamente, una opción fructífera. Cuando los incentivos para que el dinero cruce las fronteras son intensos, encontrará una vía para hacerlo, gracias a la proliferación de empresas que intervienen en múltiples países y a la expansión del comercio internacional, que sirve de conducto para disfrazar las corrientes de capital y evadir los controles.

Incluso en una economía rígidamente gestionada como la de China, entradas en masa de capitales han podido encontrar la forma de sortear los controles a lo largo del último decenio. Además, el establecimiento de controles de un tipo de entrada de capitales propicia, sencillamente, su disfraz con otras formas.

Los controles de capitales tienen costos reales, aun cuando no consigan detener las entradas de capitales. Crean una capa de protección contra la competencia para quienes están mejor relacionados, política o económicamente, o tienen pura y simplemente influencia para sortear las restricciones, lo que coloca a las empresas de mediano tamaño, principales motores de la creación de puestos de trabajo, en una situación muy desventajosa.

La imposición de controles crea también incertidumbre sobre las políticas del país. El desplome del mercado de valores de Tailandia en diciembre de 2006, a raíz de la imposición de un modesto impuesto a las inversiones en Bolsa, es un ejemplo de lo que puede suceder. De forma más general, los juegos del gato y el ratón que se suceden cuando las autoridades intentan adelantarse a los esfuerzos de los inversores para evadir los controles no redundan en pro de la estabilidad ni del crecimiento.

Los mercados en ascenso deben abordar las entradas de capitales buscando formas de utilizar el capital extranjero de modo más eficaz, lo que entraña un fortalecimiento de los mercados financieros internos. Por ejemplo, en la India hay una gran necesidad de financiar grandes proyectos de infraestructuras que no pueden atender fácilmente los bancos locales. La liberación de los mercados de bonos de empresas ayudaría a los inversores extranjeros a contribuir al desarrollo de las infraestructuras del país y al tiempo a obtener un buen rendimiento al aumentar el potencial productivo de la India.

Un método complementario es el de liberalizar aún más las salidas de capital para contrarrestar las entradas de capitales, lo que brindaría a las familias y las empresas del país más vías para invertir en el extranjero y diversificar sus carteras de valores. En realidad, China lo ha hecho ampliando su programa nacional de inversión institucional para permitir más inversión en el exterior.

Con esto no quiero decir en modo alguno que los riesgos de las corrientes de capital extranjero hayan desaparecido ni que los mercados en ascenso deban abrir sus cuentas de capital inmediatamente. Siguen existiendo ineficiencias enormes en los mercados financieros internacionales, que siguen acosados por un comportamiento gregario y otras patologías.

Las cantinelas sobre las políticas fiscales y monetarias pueden dar poco consuelo a un banquero central o un ministro de Hacienda que necesiten urgentemente impedir los aumentos repentinos de entradas de capitales y de las presiones internas en pro del bloqueo de la apreciación de la divisa, pero la reacción visceral para contener la apreciación del tipo de cambio que ha de seguir a un potente aumento de la reproductividad no hace sino espolear más entradas de capitales. En última instancia, unas políticas adecuadas, unos mercados financieros y otras instituciones más sólidos son los que en verdad contribuirán a estabilizar y gestionar las entradas de capitales.

Pese a ser muy tentadoras, las soluciones rápidas, como los controles de capitales, simplemente dan una falsa sensación de seguridad y retrasan los necesarios ajustes de una economía. La dura realidad es la de que las autoridades de los mercados en ascenso tienen pocas opciones más que la de gestionar activamente el proceso de liberalización a fin de mejorar la relación entre costos y beneficios en lugar de intentar luchar contra lo inevitable.

Esta última actitud entraña el riesgo de quedarse con lo peor de todas las opciones: todos los costos de los controles de capitales y todas las complicaciones de la política interna resultantes de unas corrientes de capitales inestables, pero pocos de los posibles beneficios aportados por el capital extranjero.


Eswar Prasad, ex jefe de la División de Estudios Financieros del FMI, es profesor de Economía en la Universidad de Cornell e investigador superior en la Brookings Institution.


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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