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Recientemente, la televisión pública española ofreció un documental de gran impacto emocional en millones de personas. Las imágenes nos mostraban a cientos de niños y de adultos disputándose con otros tantos zopilotes un resto de comida en un gran vertedero. Es imposible olvidar la terrible visión de un ejército infantil buscando restos de leche en bolsas plásticas para chuparlas con fruición. En mi casa había ese día bastantes personas celebrando un aniversario. Algunas de ellas quedaron arrebatadas por el documental sin poder retirar sus ojos del drama. Varias dejaron de comer. Una de ellas preguntó dónde ocurre esto, y a mí me dolió en el alma tener que responder: Es el vertedero de La Chureca, en Acahualinca, un barrio de Managua.

De inmediato otro asistente me interrogó: ¿Quién consiente esta barbaridad? A la que siguió otra pregunta: ¿Quién gobierna en Nicaragua? La conversación empezaba a animarse y yo no tenía ninguna gana de responder. El Frente Sandinista, dije finalmente. Maticé: el presidente es Daniel Ortega. Expliqué que las imágenes retratan la extrema pobreza muy extendida en el mundo, más de mil millones de personas que ingresan menos de un dólar diario y proseguí hablando de las responsabilidades de los países ricos, de la deuda externa y de las condiciones que impone el neoliberalismo. En resumen, no quise decir lo que pensaba sobre el gobierno de Nicaragua, como si en ese momento pensara que la ropa sucia se lava en casa.

Ya solo con mis pensamientos maldije que semejante agresión a la dignidad humana no haya sido erradicada por un gobierno que afirma defender los intereses populares. Y me dije que si no hay dinero para ello no debiera haberlo para mantener trenes de vida de ciertos dirigentes y de gastos institucionales innecesarios. Sin negar que las políticas públicas para la infancia hayan mejorado en los últimos años y en algunos capítulos, lo que ocurre a diario en Acahualinca significa un suspenso sin paliativos que desautoriza ética y políticamente al presidente Ortega. Sé que hay un plan con la cooperación española para construir casas en ese lugar de Managua, pero no consta que el gobierno se haya comprometido a crear empleo para los adultos, dar respuesta a las necesidades integrales de las niñas y niños, y eliminar un vertedero que es el vivo retrato de la indignidad.


*Autor de “Los buenos años: Nicaragua en la memoria”