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Según Avishai Margalit, profesor de filosofía de la Universidad de Jerusalén, una “sociedad decente” es la que combate las condiciones que hacen que quienes forman parte de ella se consideren humillados.

La inestabilidad e inseguridad social y política, el hambre y la extrema pobreza, son humillantes para el ciudadano nicaragüense.

Prevalece, en la minoría dominante, un espíritu de neutralidad moral, o amoralidad. Con habilidad, adaptan el espíritu a la situación conveniente que es tolerada por sus frutos.

Es en esas estructuras elitistas, falsas, donde hay que buscar el origen de la inestabilidad política, además del hambre y la miseria, pues es ahí adonde se minimiza la injusticia y la malicia a cambio de satisfacer las ambiciones. Es ahí donde se fabrican las utopías y los engendros en todas las épocas.

Ni la corrupción, ni las dictaduras, ni el caudillismo, ni el caos político se engendran a sí mismos. Necesitan padre y madre y esos salen de la sociedad. Se conciben, se paren, se chinchinean, se admiten, y se toleran, hasta que llega un punto que se hacen insoportables, pero eso llega, después que les han sacado provecho y han sido útiles a intereses mezquinos.

Difícil que las elites que históricamente han producido los abortos políticos, estimulado, consentido o vuelto la vista a otro lado, puedan alegar que no tienen corresponsabilidad moral por los malos gobernantes.

Las elites son sospechosamente incapaces de conseguir que los errores políticos no se vuelvan a repetir. Las clases dirigentes son las que imponen la trayectoria a la sociedad.

Tras casi dos siglos de anarquía política, nuestra clase dirigente sigue igual. El oportunismo clientelista se inclina en la dirección de cualquier corriente, mientras se cierran los ojos ante lo que no conviene hasta que estalla el petardo.

La sociedad civil carece de capital humano capaz de promover una sociedad justa, decente y moderna por medio de un proceso sostenido.

La seudo democracia es electorera, de última hora, pero no ciudadana. Todo se improvisa en Nicaragua a última hora, y generalmente esa improvisación resulta en violencia o en nada. Porque se ignoran los procesos.

A última hora se decide que es necesaria la unidad de la oposición, a última hora se decide que hay que cambiar al gobierno y al gobernante, a última hora se dice que hace falta el cambio, a ultima hora dicen ahora sí se puede, a última hora dicen ¡No más!

A última hora se repudian candidatos indeseables y se improvisa al “hombre” que nos va a salvar de la dictadura y corrupción anterior. Todo para volver después a empezar un nuevo ciclo exactamente igual.

Es fácil acusar a los políticos de corrupción, pero se silencia la corrupción de quien por conveniencia tolera los malos políticos y gobernantes, de quien evade los impuestos, la corrupción de quien usa influencia para conseguir negocios del Estado; la corrupción de la indiferencia social, la corrupción por consentir la corrupción.

Para una sociedad despistada el dilema es elemental, no remediará los problemas, particularmente los políticos, hasta que no cambie totalmente el carácter y la cultura política y social. No habrá cambio hasta que no se elimine tanto clientelismo y cinismo de la vida cotidiana.

El ambiente nicaragüense prioriza los intereses particulares, facilita la manipulación de cualquiera cuyo único interés es el personal y obstaculiza el interés general. Nuestras instituciones no tienen legitimidad y existen en detrimento de la mayoría.

El sistema no es apropiado para producir ciudadanos, más bien obliga a actuar como no ciudadano. Eso dicen los estudios del PNUD (Naciones Unidas).

Nuestras mayorías son autómatas despojados de la potestad de tomar decisiones. Toda democracia encierra una promesa de libertad, igualdad, justicia y progreso para el ciudadano. Esa esperanza no existe entre los nicaragüenses.

La democracia es un proceso, no algo que se improvisa a última hora. No puede ser impuesta, ni producida recurriendo al extranjero en los conflictos nacionales, ni yendo donde el embajador americano a decirle que declino mi candidatura en fulano de tal, si el otro fulano también declina, en vez de educar y concienticiar al pueblo en sus derechos y obligaciones empezando con el ejemplo.

Mucho menos improvisando Mesías providenciales de última hora que pensamos será el que solucione los problemas. Al inventar al “hombre” salvador, lo que se hace es descargar en otra persona la responsabilidad cívica de cada quien de cooperar en solucionar los problemas nacionales escurriendo el bulto.

Así hemos visto desfilar pactos y proyectos de nación, así han ocurrido profetas y Mesías salvadores en nuestra imaginación histórica a partir del 15 de septiembre de 1821, ayer fue Eduardo ahora es Fabio, mañana fulano de tal. Queremos siempre hacer a última hora lo que no hacemos en años.

Queremos graduarnos sin estudiar y sin hacer la tarea.

Decidimos el destino de la patria con un ¡Viva! o un ¡Muera! con la mayor facilidad.

Confusos como en la torre de Babel ayer decían ¡Mejor que Somoza cualquier cosa! solo para después gritar ¡Mejor que Ortega cualquier cosa!

Cambiamos el ídolo de barro, pero las elites siguen dominadas por los mismos oportunistas fabricantes de miseria de tal forma que el esperado cambio nunca llega. Solo les interesa cambiarle el vestido al muñeco.