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Eduardo con su machete nos fue abriendo el camino, a la María, a don Julio y a mí, a través de una maleza impenetrable. La finca no tenía ninguna cosecha de nada, era sólo un terreno selvático. Extenuados de tanto caminar entre las breñas llegamos a un pequeño claro donde estaba la iglesita. Era el istmo, donde el lago estaba muy cerca a un lado y otro, aunque no se veía a ninguno de los dos lados. Caminé con mucha dificultad en aquel breñal, y en efecto, muy cerca estaba el lago. Caminé al lado contrario y lo mismo. Me imaginé que limpiando aquella maleza tenía que haber un bello paisaje a los dos lados. Ni siquiera se podía ver la delimitación de las orillas, porque la vegetación entraba en el agua, y del agua salían juncos y yerbales. Pero me imaginé que cortando todo eso serían playas bonitas donde se podría bañar uno.

La iglesita era una humilde iglesita rural, que parecía que se estaba derrumbando, aunque aún estaba a medio construir, porque le faltaba todo el frente (sólo eran tres paredes) además del piso y el revestimiento de las paredes. Las paredes eran de lo que en Nicaragua se llama taquezal, que es madera con tierra, y la tierra estaba mezclada con pedazos de teja quebrada.

Eso sí, la iglesia era grande. Podría haber sido sólo una capillita para albergar a la escasa feligresía de aquellas islas con casas dispersas aquí y allá, pero no, la hicieron bien grande.

Yo no recuerdo si hasta entonces don Julio me dijo que la iglesia de Solentiname la habían hecho precisamente en su finca que él me estaba ofreciendo vender, o me lo había dicho ya antes cuando veníamos en el bote. Yo planeaba una iglesia moderna, ultra-moderna, como la de Cuernavaca que había hecho Fray Gabriel, o la de The Christ of the Desert que empezaba a ser hecha por el arquitecto japonés, y ya había escogido nuestro arquitecto nicaragüense. No tenía ninguna importancia para mí el que ya estuviera desde antes esa iglesia fea y tradicional, que estaba a medio construir y a medio caer. Y que de todos modos tendríamos que botar.

El ver que teníamos el lago tan cerca a un lado y otro de donde estaba la iglesia, al sur mirando hacia Costa Rica y al norte mirando hacia Chontales, es lo que me decidió a comprar la finca, y la María estaba completamente de acuerdo.

El que don Julio me dijera que en todo Solentiname había muchos zancudos pero esa punta tenía la peculiaridad de que allí no habían, fue otra cosa que me decidió. Además de que era muy grato saber que aunque en esa zona hay muchas culebras venenosas, en esas islas de Solentiname no había ninguna.

Como yo me volvía a Colombia a terminar mi último año, firmé con don Julio un contrato de venta: él se comprometía a no vender la finca a otro durante un año, y yo me comprometía a comprarla en el transcurso de ese año. Así llegué a Colombia a contarle a los Aleluyas lo que ya teníamos en Solentiname. La compra después fue fácil, porque a don Julio sólo había que darle la mitad, la otra mitad la debía al banco. Y el banco gustosamente aceptó el cambio de deudor, porque mi firma estaba respaldada por firmas formidables de amigos empresarios, o de gran figuración política como Pedro Joaquín Chamorro, o millonarios como los gemelos Mántica, dueños de supermercados –todos los cuales se habían ofrecido desde antes como benefactores. Lo que había que pagar en efectivo en gran parte lo tenía yo, por un premio literario al Estrecho Dudoso, un poema que trata en especial de aquella zona (unos amigos sin que yo me diera cuenta lo metieron a concurso con ese propósito, y ganó). La parte en efectivo que quedaba faltando, ya pequeña, fácilmente la reunieron los benefactores, con cuotas que se asignaron entre ellos.

El hecho de que en esa finca estuviera la iglesia no influyó en que yo me decidiera a comprarla. Tampoco se me ocurrió pensar que era una gran casualidad el que ella estuviera allí. Mucho menos de que fuera un milagro.

El arquitecto que yo había escogido era mi primo Eduardo Chamorro Coronel (sobrino del poeta) que para mí era el mejor arquitecto de Nicaragua y estaba muy entusiasmado con la idea de hacer allí algo original.

Y resulta que mi primo Eduardo después ve aquella iglesia fea (para mí) y se encanta con ella. Por algo era buen arquitecto. Y me dice que de ninguna manera hay que botarla. ¿El frente? Podría dejarla abierta; poner allí lo que yo quisiera; hacer que desde adentro se viera el campo. Simplemente había que cambiar toda la madera mala. Y pintar de colores alegres los pilares y vigas y reglones y reglas y travesaños. Las paredes blancas. Y yo ya estoy pensando entonces en lo que vi en Nuevo México y ustedes conocen. Y el piso dejarlo de tierra, me dice Eduardo. Como los ranchos en el campo. Estarle barriendo el polvo, como hacen en los ranchos; y en las partes que han soltado mucho polvo, con polvo y agua hacer un barro y pegarlo en el piso; y de vez en cuando estar regando el piso con agua, como también hacen en los ranchos, para que se mantenga duro; y también se le echaba bastante sal a la tierra para que se mantuviera húmeda.

Y ya que estamos hablando de la iglesia, ahora se me viene otra historia. Empezábamos ya a cambiar las maderas malas, como había dicho Eduardo. El trabajo lo hacía un albañil de Solentiname, el único que había en Solentiname, un viejo al que le faltaba una pierna, y había sido de los que construyeron la iglesia, hacía veinte años más o menos. Y me llama el albañil y me hace ver que las paredes están todas llenas de comején. Inútil cambiar las reglas malas porque seguiría siempre el comején. No había más remedio que demoler la iglesia. Adiós iglesita campesina, planeada con Eduardo. Debíamos tener la iglesia moderna después de todo. Le digo pues que vaya aserruchando los postes que sostienen las paredes y el techo, para que la iglesia se desplome. Con mucho dolor mío, y de él que había ayudado a construirla. Empezó a hacerlo, y ya había cortado algunos postes cuando pasó por allí un huésped que venía de bañarse en el lago: Arturo Portocarrero. Estaba allí acompañando a su esposa Lyla que había llegado a asesorarnos en la artesanía.

Y al pasar por la iglesia vio la aserruchada de los postes, y me pregunta que por qué. Le cuento. Y exclama: “¿Por qué no me has consultado a mí si soy el mayor experto en comején en todo Nicaragua?” Y él era además el distribuidor en toda Nicaragua de Comejenol, un producto eficacísimo. Corremos a la iglesia, paramos la aserruchada, y empieza él a examinar las paredes. Encuentra que tienen remedio; mandamos a pedir a Managua a su casa comercial un barril de Comejenol; nos explicó él todo el proceso que había que hacer, bastante complicado y que no vale la pena detallar aquí; y el comején fue eliminado y no ha vuelto a haber en la iglesia desde entonces. Los postes aserruchados fueron sustituidos por otros, cambiándolos de uno en uno para que no se desplomara la iglesia.

Qué gran casualidad ¿verdad?. Esa pasada de Arturo Portocarrero en ese momento.

¿Y qué decir del hecho (no reconocido por mí en un comienzo) de que voy a comprar una tierra en Solentiname, y al llegar a ella, oculta entre el monte, estaba ya una iglesia esperándome.


*Tomado del libro Las Ínsulas Extrañas