Jorge Eduardo Arellano
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Solamente cuando los pueblos tienen conciencia de su pasado y están claros de su destino es que se pueden evitar las tragedias de antaño. Hace exactamente 30 años, un día después del asesinato del mártir de las libertades públicas Pedro Joaquín Chamorrro Cardenal, mi hermana y quien les escribe. Con una cámara fotográfica oculta en un periódico del diario La Prensa con la imagen masacrada de Pedro Joaquín Chamorro, con ese cuerpo pasconeado de tiros de escopeta. Con esa cámara escondida hacíamos tomas frente al comando la 21 de León; mientras jóvenes estudiantes eran salvajemente golpeados y vapuleados por el célebre criminal el “Chele Aguilera” y Pablo Espinales, dos connotados agentes de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN). Esa misma oficina que tenía “orejas” por todo el territorio nacional y que había descubierto tantas casas de seguridad del FSLN y asesinado a sus ocupantes, dignos hijos de la patria. Esa misma Oficina, según declaraciones del dictadorzuelo Anastasio Somoza Portocarrero desconocía los planes de asesinar a PJCh y supuestamente protegía al Sr. Chamorro. El descaro no puede ser mayor, a sabiendas que ya desde 1975 se venían fraguando planes de asesinato contra PJCh desde las altas esferas del gobierno somocista. El plan de su asesinato era un secreto a voces en los pasillos del régimen somocista. Sobraron sicarios, sobraron autores intelectuales.

El plan era tan macabro que habían escogido el 24 de diciembre de 1977 para asesinarlo, el mismo mes en que uno de los autores intelectuales Fausto Zelaya abandona el país, para no regresar nunca más...¡Qué casualidad! Lo buscaron por el día, lo buscaron por la tarde, el ángulo no fue propicio, los asesinos provenientes de la familia Martínez, alias “Los Conchos”, se acobardaron. Cornelio Hüeck el otro autor intelectual, presidente del Congreso somocista y poderoso allegado al dictador Somoza Debayle. Ambos deliberadamente protegidos en todas las declaraciones dadas por los Somozas, por los chiquitos y por los grandes. Al final todos acusan al vampiro Pedro Ramos (de origen cubano y desgraciadamente médico), como el único autor intelectual, conociendo realmente que los autores intelectuales eran muchos. Era todo un sistema basado en la corrupción, la tortura, el crimen y la represión política. Da la casualidad que Pedro Ramos abandona el país el 9 de enero de 1978, exactamente 24 horas antes, que tres tiros de escopeta 12 acabaran con la vida de este noble luchador por la libertad de Nicaragua. Una muerte que marcó para siempre a toda una generación y que a la vez catalizó la caída del régimen dinástico de los Somozas. Casualidades del destino 30 años antes, caía asesinado en Bogotá también por tres tiros Jorge Eliécer Gaitán.

Silvio Peña Rivas, un informante de la OSN, con un largo expediente delincuencial, conocido por los jefes de inteligencia del somocismo. Actuando a plena luz del día, bajo el amparo de los que con su silencio alimentaban ese plan siniestro. Silvio Vega Zúniga, otro informante de la Oficina de Seguridad Nacional del régimen de Somoza, creada para aplastar y destruir a los opositores a la dictadura. Este mismo Silvio Peña conocía bien la dirección de Domingo Acevedo Chavarría, alias “Cara de Piedra”, asesino a sueldo, tirador experimentado, siempre dispuesto a prestarle este tipo de servicios a los Somozas. Muchos se acordarán, que Domingo Acevedo Cavaría provenía de una familia en perenne rencilla con la familia de los López. Estas dos familias como en la comedia de William Shakespeare “Romeo y Julieta”, proveniente de dos familias enemigas, los Capuletos y los Montescos, vivían en continua enemistad armada, llena de interminables luchas hereditarias. Los Chavarrías y los López se mataban entre sí en pleno centro de León, la más sonada en la avenida Debayle. Se emboscaban constantemente en los caminos y veredas de las comarcas aledañas a León. Se paseaban con sus armas ante la vista y paciencia de la Guardia Nacional. Eran jueces de mesta del régimen somocista. Esas mismas escopetas calibre 12, defendieron en muchas ocasiones los cuarteles de la Guardia Nacional en la ciudad de León. Por estos asesinatos mutuos, ninguno de los miembros de estas familias fueron condenados, en eso se basaba su fidelidad a ese régimen oprobioso. Esta guerra se terminó en 1979 cuando se les decomisaron las armas y algunos de ellos murieron defendiendo a la dictadura que les dió protección. El asesino de PJCh no podía ser otro que ese desalmado, que con frialdad afirmó: “Me siento complacido haber disparado contra Pedro Joaquín Chamorro”.

Muchos han querido enredar este horrendo crimen con fines mezquinamente políticos. Muchos se han esforzado y se esfuerzan por limpiar el grado de culpabilidad de la familia Somoza, los verdaderos culpables de ese magnicidio y de otros miles de asesinatos. En la última entrevista que dio Anastasio Somoza Debayle a los periodistas Renee Sallas y Julián Mandriotti, publicada en la revista argentina Gente en agosto de 1980, 20 días antes de que lo asesinaran, Somoza repite el cinismo que lo acompañó toda su vida. Aquí algunos fragmentos: “Sí. A mí me acusan de todo. Claro que sí. Pero mi régimen nunca fue un régimen represivo que impidiera que la gente levantara la cabeza. La gente era juzgada y condenada. Y el que no era condenado, era puesto en libertad...¿Señor Somoza, usted se definiría como un hombre democrático? Totalmente... ¿Usted nunca miente, nunca mintió? No, nunca. ¿Usted reconoce haber sido un dictador? No. ¿Qué cosa trae sufrimientos? El compartir con el trabajador.

La entrevista continúa...¿Considera usted que el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro fue de alguna manera el comienzo del fin? Bueno, alguna influencia tuvo. Ya desde chicos, yo era adversario del pobre Joaquín. Cuando teníamos 8 o 9 años, su padre -que ya era dueño de ese periódico- atacaba al mío. Entonces nos peleábamos en el colegio...¿Y después cuándo ya eran grandes ? Bueno, él un día se fue a México porque sacó unos impresos de carácter vulgar sobre mi familia. Entonces mi tío lo amenazó. Estuvo en México, luego regresó, fue director de La Prensa, se metió en tres intentonas de revolución. Las tres veces lo capturamos, lo juzgamos y se encarceló hasta el día que lo mataron... ¿Quién lo mató? Últimamente él se había vuelto insoportable...Pedro Ramos era el dueño de Plasmaféresis. Un día Pedro Ramos contrató a un muchacho, Peña, para que a su vez Peña contratara a los asesinos. La primera vez fallaron. El segundo intento tuvo éxito... ¿Usted cree en el juicio de la historia? Sí. Inexorablemente... ¿Cree que saldrá absuelto? Sí. ¿Usted duerme bien? Sí. ¿Y Usted? Fin de la entrevista. El 17 de septiembre de 1980 caía acribillado Anastasio Somoza Debayle en una calle de Paraguay, terminando así su última entrevista.