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Si la moral y el concepto de la moral dependiera exclusivamente de las interpretaciones subjetivas que se le dan a las cosas con criterios ideológicos y religiosos, la humanidad sería manipulada mucho más fácilmente de lo que es y ha sido siempre. Pero, para su bien, ante esas deformaciones ideológicas se alzan los hechos, la práctica y la experiencia sociales como los mejores valladares contra la manipulación. Sin los hechos, la práctica y la experiencia, no habría percepción clara de la vida, y el caos ideológico predominaría en las mentes, con poca o ninguna posibilidad de poder encontrarle orden ni lógica a los sucesos que en ella ocurren.

Sobre eso, me hizo meditar una conferencia de prensa de Fidel Castro, con cuatro periodistas venezolanos, un día de la semana anterior. Entre el cúmulo de cosas consultadas por los periodistas –con Fidel no hay entrevista corta—, se relacionó una con la actividad de las FARC colombiana. En ese momento fue que salió a relucir el tema de la moral –no cito nada textualmente— y Fidel criticó la política de los secuestros de personas, comprometidas o no con la política activa, por no ser congruente con la moral revolucionaria.

De paso, pero haciendo resaltar la diferencia, Fidel habló de que el Ejército Rebelde que él comandó en la guerrilla, le ganó la batalla a la dictadura batistiana –con ejército más numeroso y mejor armado— en menos tiempo del que había imaginado, por la alta moral que observaron durante toda la lucha, respetando la vida de los prisioneros y a conducta ética de los combatientes, porque se trataba –y lo lograron— de ganarse la confianza, las simpatías y la colaboración del pueblo con una actitud diferente a la del ejército que estaban combatiendo.

Sobre todo, la moral del revolucionario debe estar acorde con la causa que defiende, de lo contrario, se falsea la moral –con aquello tan común de que “el fin justifica los medios”—, pero se desacredita la causa. No recuerdo haber captado, talvez por algún momento de distracción, si Fidel hizo referencia en la entrevista al secuestro en La Habana, durante la lucha guerrillera y urbana, del campeón argentino de automovilismo, Juan Manuel Fangio. De todos modos, sobrará quien recuerde ese suceso, y no hallará punto de comparación –aparte del acto mismo del secuestro— entre el tratamiento dado a Fangio y el que les da las FARC colombianas a sus secuestrados.

Los revolucionarios cubanos –hombres y mujeres— no usaron máscaras ni pasamontañas en esa acción; no maltrataron a Fangio ni físicamente ni de palabras; lo mantuvieron en buena casa y en condiciones normales, dentro lo posible en la situación el peligro que vivían; hablaron con él sobre el motivo de su secuestro, sin echarle discursos demagógicos, sino para explicarle sus razones: llamar la atención del mundo hacia Cuba, donde había una dictadura feroz y una lucha popular en su contra, luchando por causas sociales justas, además.

Logrado el objetivo, entregaron sano y salvo a Fangio, y éste, si no declaró simpatías políticas por la acción y por quienes la hicieron, tampoco dijo nada a la policía ni a la prensa que permitiera descubrir la identidad de los combatientes. Fácil de ver y analizar: un secuestro, políticamente condenable, como todo secuestro, y dos causas políticas más o menos similares, pero con una práctica de la moral revolucionaria totalmente diferente. Un secuestro, el único y temporal de Fangio en Cuba, y los múltiples secuestros –y por largos años de maltrato— de los políticos y militares en Colombia. Hablamos de moral revolucionaria, no de la moral de los militares, porque una no puede depender de la otra.

Ahora, mi observación crítica. En contraste con aquella conducta moral comprobada durante los años que duró la lucha que derrotó a Batista de que habló Fidel, más sus palabras para distinguir la conducta moral de los guerrilleros cubanos de los guerrilleros colombianos, el líder cubano ha manifestado su apoyo político a Daniel Ortega y a los comandantes que le acompañan en su gobierno autoritario, violador de la Constitución y secuestrador de la Corte Suprema de Justicia de nuestro país, con el fin de lograr su reelección.

Lo cuestiono porque la moral revolucionaria no se limita a practicar la solidaridad, la ayuda mutua, el amor declaratorio por las causas humanitarias o el rechazo verbal a las injusticias. La moral revolucionaria incluye cuestiones de la conciencia individual, como rechazo a la codicia, al parasitismo, la calumnia, la malversación de fondos públicos, la actitud ante el trabajo (entre ello, el respeto al derecho de quienes trabajan), amistad y fidelidad entre amigos y compañeros. Practicar otros valores tenidos como parte de la moral religiosa, como el respeto a sus semejantes, es también un deber de todo revolucionario, practicarlos.

Por ende, cabe preguntar: ¿desconoce Fidel que muchos de esos y otros valores propios de la moral revolucionaria han sido adulterados, desconocidos o ignorados por quienes gobiernan en nombre del sandinismo en Nicaragua, para que merecieran su apoyo y su elogio? Estoy seguro de que no ignora nada. ¿Y, entonces?
Entonces, parece que Fidel sólo ha tomado en cuenta las conductas del pasado de Ortega y su camarilla, que hoy son diferentes; las de hoy, no encajan, sino que contradicen la moral revolucionaria. Todo el mundo lo conoce, y el líder cubano sería el último en estar desinformado sobre ello. Y nada de esas conductas necesito repetir aquí. Entonces, sucede que Fidel sólo ha tomado en cuenta los valores de la solidaridad que estos señores del gobierno sólo practican a nivel de gobiernos, con sus votos a favor la unidad y de la independencia económica latinoamericana en los eventos internacionales.

Pero, ojo: practican esa solidaridad hacia el exterior sólo de palabra, a cambio de la solidaridad económica que reciben ellos –no el país, como es el caso de la venezolana—; votan en el exterior a favor de gobiernos amigos, porque no les cuesta nada, pero internamente pisotean todos los valores revolucionarios que les son estorbos a la finalidad de perpetuar a Daniel en el poder.

Demasiadas incongruencias entre los valores morales y los valores materiales que persigue y practica el orteguismo en nuestro país. Mientras hacemos esfuerzos por mantener armonía entre lo que predicamos y lo que practicamos, no dejaremos de señalar críticamente estas incongruencias, porque pensamos que si para algunos revolucionarios es más conveniente disimular lo que ocurre en Nicaragua, está en su derecho de hacerlo, pero será por razones de Estado, nunca a nombre de la moral revolucionaria.