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“Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos” ... Jorge Luis Borge

La población trabajadora ve el desempleo como el tren de aseo extravagante de una economía que acrecienta la desigualdad social, que pasa diariamente engullendo a la juventud como bocado predilecto, y la esputa al fin de la jornada, en cada familia, como desecho social, con frustraciones irreparables. La radiografía de la sociedad, degradada por la miseria extrema, se podría estudiar en los récord de policía, y pasar por alto las fotografías retocadas de la macroeconomía, con que el FMI garantiza a los prestamistas extranjeros la buena salud de las reservas monetarias del país. De manera que estas propuestas electorales, tan divorciadas de la situación material de los ciudadanos, la población las ve con el mismo interés con que vería un indigente una oferta de diferentes vajillas para servir la mesa, mientras pasa por la calle, frente a los escaparates de las tiendas, buscando afanosamente cualquier desperdicio para alimentarse.

A pesar de las visibles diferencias de procedimiento, hay en estas alternativas electorales coincidencias políticas elementales, en la visión sin contenido social con que las cúpulas de los distintos partidos las han elaborado.

Las elecciones, para un partido con contenido de clase, son una oportunidad de organizar el cambio. Durante las elecciones, los partidos tradicionales, en cambio, exhiben su incapacidad innata de luchar por una transformación social. Un partido proletario debe aprovechar las elecciones para convertir el descontento social en organización combativa. Debe movilizar a la población con consignas que unan el cambio de su situación material con la toma de conciencia, de la necesidad de transformar sus propios organismos de acción en alternativa de poder.

En las opciones electorales de los partidos tradicionales se trata únicamente de encontrar un candidato de unidad para enfrentar al candidato del gobierno. En apariencia, para el espectro opositor tradicional, la solución estratégica de la problemática nacional se logra con la selección de figuras presidenciables, que alcancen cierta probabilidad de derrotar al candidato oficialista.

Las diferencias de procedimiento, únicamente, responden a rivalidades de intereses entre facciones de un mismo sector social. Ciertamente, estas diferencias son decisivas, pero, sólo para quienes se ven a sí mismos como factor del cambio deseable. Limitado a reemplazar –“por legítima aspiración personal”- a los funcionarios de gobierno.

En las primarias interpartidarias, Alemán tiene, de antemano, garantizado el triunfo. A la vez que, por este mismo hecho, el proceso de preselección pierde todo sentido práctico, ya que con él no se consigue atraer el voto de los independientes.

El mecanismo instaurado por los caudillos, de contrapesos mecánicos recíprocos, ha permitido que físicamente ocurra un ascenso vertiginoso de un nuevo poder económico, parasitario. En mecánica, como en política, la estabilidad o compensación de fuerzas se consigue por la ley de la palanca. Así, con esa ley, se ha levantado la estructura política que padecemos, cada vez más corrupta, a medida que el pacto desplaza el punto de apoyo, o fulcro, hacia donde crece el poder económico parasitario.

La correlación de fuerzas, entre ambos caudillos, se expresa en la partidarización de los funcionarios del Estado. No obstante, para superar las crisis, que se mantendrían abiertas si la correlación de fuerzas permanece inmutable, el gobierno realiza una pequeña minería de conciencias. En cada institución, amalgama por medio de prebendas algunos funcionarios adversos con sus propios funcionarios. Los privilegios manifiestan, así, en los distintos burócratas del Estado, una sorprendente propiedad de aleación para sellar fisuras, similar a la del mercurio que amalgama el estaño y la plata para obturar las cavidades de las caries, en el tratamiento de las piezas dentales.

Lo decisivo, para superar la forma precapitalista de dominación política del caudillismo, es transformar en organización y en movilización política consciente el descontento de la población con el sistema actual.

No es lo mismo llegar a un acuerdo sólido después de debatir y de actuar, comprobando la coherencia entre teoría y acción con la realidad, que llegar al consenso para evitar el debate y la lucha, en torno a la figura neutra de un contra-caudillo. El candidato de consenso– contradictoriamente -, es más aceptable para todos en la medida que resulte anodino, falto de carácter, irresoluto, carente de planes, y que muestre menos claridad ideológica y más pasividad.

Es lógico. Porque el consenso, por castración recíproca, se logra, por leyes de la física, cuando la fuerzas políticas dispares se neutralizan ideológicamente en el equilibrio que resulta de la maximización de la entropía. La propuesta misma de alcanzar un consenso vacío coincide con la distribución uniforme de las ideologías partidarias, de lo cual no resulta ningún cambio ni salto de calidad. La tendencia natural de cualquier sistema, con la más alta probabilidad matemática, es a la pasividad y al equilibrio del desorden amorfo.

La unidad para combatir, en cambio, nunca se da por consenso. El movimiento, la acción, el orden, se produce sólo cuando una fuerza social prevalece y atrae al resto, conforme a las leyes del desarrollo social implícito en la realidad. Vencer la entropía dentro de un sistema, superar la distribución aleatoria, espontánea, la falta de conciencia, la homogeneidad del consenso vacuo, lleva a producir el máximo de trabajo con la energía disponible, y requiere, por lo tanto, una organización y una ideología de vanguardia con un plan de acción estratégico.

La Alianza Patriótica, en torno a un programa de Salvación Nacional, es un proceso especular al del candidato de consenso. La salvación nacional, intenta obtener consenso en un extremo privilegiado de la sociedad, y comienza, por ello, con una alianza protocolaria de notables. Escriben, luego, un guión de ilusiones, con lugares comunes, que confunden, ingenuamente, con un programa de salvación nacional (“un plan que supere el atraso, el desempleo, la desigualdad, la corrupción”). Su programa es el antónimo de todas las quejas que suscita nuestra realidad social: prosperidad vs. pobreza; desarrollo económico vs estancamiento; empleo vs paro laboral; honestidad vs corrupción; democracia vs dictadura; etc.

Lo cual revela una concepción en extremo simplista, que parte del desconocimiento absoluto de las leyes que entrelazan a medios y fines; cuya interrelación correcta, por el contrario, es la base elemental del análisis político como ciencia (como enseñara Machiavelli, desde 1512).

Un plan de lucha real debe combatir, con eficacia, en primer lugar, el plan de reelección y de dominación, del partido en el gobierno. No con candidatos de consenso ni con lugares comunes, sino, con la superación de las fuerzas mercenarias del partido en el gobierno, en organización, en disposición de lucha, en disciplina, en moral de combate.

La línea política de unidad en la acción de los sectores de masas –no de notables- se traza para forjar luchas, organizar reclamos, preparar y realizar acciones de fuerza, plantear conquistas urgentes. La primer tarea estratégica, bajo esta perspectiva de unidad, es obtener control sobre la ayuda venezolana (que aporta un recurso externo, indispensable para que no colapse el sistema parasitario irreversible de degradación social que ha instaurado el gobierno).

Todas las reivindicaciones y consignas de los distintos sectores de las masas, deben apuntar hacia el mismo objetivo, hacia el control político de la ayuda externa. Fundamentalmente, se debe unir la lucha contra el paro laboral al control de la ayuda venezolana, para orientar su inversión en la generación de empleos productivos. Y para proveer ayuda técnica a la reforma agraria que dé la tierra a los campesinos pobres.

Una coordinadora de los Comités de Lucha, que ejerza el control de la ayuda externa, crearía una dualidad de poder frente al poder burocrático del partido de gobierno, que al poco tiempo culminaría con el control total del Estado. En la lucha de masas, los delegados a presidir cargos se deben elegir entre los mismos combatientes. Este hecho político, y no un catálogo de antónimos ilusorios, es lo decisivo para definir, luego, con base al análisis teórico de la realidad económica, el nivel cualitativo y el cronograma de los cambios posibles en la sociedad.