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Cuando ya se pasó el umbral de los 50 años de vida, los años atrás comienzan a pesar más que los años aún por delante. Cuesta darse cuenta de que los acontecimientos, los que moldearon la vida propia, para las nuevas generaciones son puros cuentos del pasado. Más aún cuando factores de mucho peso en el pasado histórico evanecieron por completo, les resulta muy difícil a adultos y ancianos reconocer que la juventud nicaragüense de hoy, la que hoy tiene menos que 30 años, por su socialización es completamente diferente a cualquiera de las generaciones anteriores.

Primero –si uno ve las cifras del censo 2005- nunca antes hubo tantos jóvenes con tanta educación. Cierto, solamente el 40% termina primaria, solamente el 2.8% termina la universidad, pero las secundarias públicas de hoy no son ni de lejos institutos de una muy reducida minoría –donde tampoco ignoro que en muchos aspectos la calidad de la secundaria pública de hoy dista a la calidad de la secundaria de aquel entonces. Pero no puedo ignorar tampoco que hoy por hoy hay más que 150,000 graduados de universidades y más que 140,000 estudiantes universitarios, más que 10 veces la cantidad que hubo en 1979, mientras la población apenas se ha duplicado, de circunstancias secundarias ni hablar, como el acceso y la cobertura de los medios, incluyendo Internet y móviles, o sea tenemos a una juventud mejor formada y mejor informada, como nunca antes.

Por segundo, aunque a algunos ancianos aún no les llegó el mensaje: la autoridad natural fundada solamente en estatus o cargo de la persona, ha muerto desde hace rato en Nicaragua. Como concepto recibió su primer tiro en la insurrección de niños y jóvenes de 1979. Recibió el tiro de gracia al caerse la Dirección Nacional ordene. Yo al menos no conozco joven llegado a sus catorce años después de 1990 que le hace caso a amos, caudillos, curas, directores, jefes, maestros, magistrados, padres, presidentes, profesores, etc. solamente por el cargo o estatus que ostenten. El Carnaval para la Vida –celebrado en plena cuaresma- es de cierta forma un símbolo hasta donde cayeron “los buenos modales” del pasado. Quizás el colapso de la autoridad patriarcal, no con BUM sino con PUF como una chimbomba se desinfla, le cuesta asimilar a los adultos, no así a los que nacieron de 1979 en adelante: ya nacieron sin esa autoridad ancestral ... por tanto -otra cara de la medalla- no tienen contra quién -en persona- rebelarse tampoco.

El papel deplorable que han venido jugando los ancianos representantes de ancianos -los mayores de 40 años, el 17% de la población de Nicaragua- en Asamblea, CSE, CSJ, CGR etc. solo está presentando a plena luz del día al cadáver putrefacto. ¿O alguien piensa que hay un solo joven cualquiera que le haga caso solo por su alta investidura? Más bien -la pena más mortal para la autoridad patriarcal: la ridiculez- los ven como payasos imitando al rey soñado todopoderoso. Dada además la irreverencia como parte de la idiosincrasia nicaragüense desde los tiempos del Güegüense, no veo forma como restablecer ese respeto obsoleto a la autoridad. Obvió, para quienes mamaron aún -literalmente- el autoritarismo y lo entrenaron reforzándolo después en la escuela y el ejército, ahí está aún, tal que siga ese circo, pero -si uno observa detenidamente- ese circo es una actividad realizada entre solamente ellos mismos sin participación juvenil.

Por tercero –y difícil a sobreestimar- los que hoy tienen entre 15 y 30 años se socializaron –es decir establecieron sus esquemas de relacionarse fuera de la familia- por primera vez en la historia de una Nicaragua independiente en tiempos de paz. Por esta razón -más la derrota de lo militar, como ambos bandos asimilaron la desmovilización a inicios de los 90- he encontrado a muy, muy pocos en esa generación –quizás unos 3 ó 4 entre centenares- con admiración por lo militar, y ¡ojo! de cualquier bando. El título “Comandante” equivale –literalmente- al titulo “Abuelo”. Cuando mucho respetan a los militares como se respeta a bomberos, policías o médicos, es decir personas que cumplen un servicio importante a la ciudadanía. Sin embargo, solo la idea del heroísmo en levantar armas para la patria y mucho menos para una revolución, les está completamente ajeno. Nadie de los jóvenes le hace reverencia al Mayor General Julio César Avilés Castillo solo por ser el jefe de ejército o a la primera comisionada Aminta Granera solo por ser jefa de la policía, sin prejuicio que se aprecia o no se aprecia como cumplan con sus funciones. Igual se respeta a otras autoridades ganadas por desempeño, las que por mal desempeño se pierda más rápido de lo que les tomó a ganárselo.

Todo a mí me parece muy bien, solo que nos plantea el reto de ayudarles a estos jóvenes de hoy a encontrar otras, nuevas y propias formas de lucha, al menos igual de eficientes, o porqué no, hasta mejores que las de las juventudes pasadas. Estos jóvenes de hoy, con mejor formación que nunca, quieren reivindicarse por sus conocimientos no solo por su valentía, tanto en el sentido personal como por sus aportes al desarrollo del país. La respuesta no está en los barrios o en acciones ambientalistas ni mucho menos en actividades deportivas o fiestas, sino está solamente en la transformación de la economía misma -es decir qué, cómo producir y para quién- puesto que la economía actual los condena a la emigración si quieren hacerse valer. Para incidir en esa discusión y en favor de sus derechos, antes de todo los jóvenes tienen que organizarse, haciendo valer sus conocimientos adquiridos, o sea en forma de asociaciones gremiales, profesionales y técnicos y no en partidos políticos.


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