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La confianza o desconfianza hacia los órganos policiales, es una construcción subjetiva individual y colectiva, son percepciones que se alimentan de hechos y circunstancias reales, pero también de imágenes, noticias, opiniones y estados de ánimo influenciados por estímulos externos y desde nosotros mismos, de prejuicios, experiencias personales y ajenas, todo ello hace que no sea homogénea en el tiempo ni entre las personas. Varían entre los distintos grupos sociales, económicos, políticos, ubicación territorial, origen étnico, edad y género.

En el nivel de seguridad ciudadana de un país, es un componente inseparable la confianza y credibilidad hacia las instituciones encargadas de la seguridad y la justicia, particularmente hacia la Policía que es una de las más visibles. En Nicaragua, es una de las cuatro instituciones de mayor credibilidad del país, según diversas encuestas, después de la Iglesia Católica, los medios de comunicación social y el Ejército de Nicaragua. Sin embargo, esta percepción de confianza/credibilidad no es constante a lo largo del año; tiene variaciones temporales y con el tiempo, puede modificar sus tendencias. Aunque no hay estudios que identifiquen con propiedad los factores que incrementan o disminuyen la confianza hacia la Policía, desde una valoración cualitativa identificamos que existen momentos o acontecimientos en los que suele subir y en otros bajar, en parte por el despliegue policial más evidente, los éxitos operativos o los errores de actuación, las confrontaciones políticas y sociales, por el enfoque de los medios de comunicación y lo que las personas comentan con más frecuencia sobre el servicio policial.

Contribuyen a mejorar la imagen de la Policía: los planes especiales en eventos públicos y procesiones religiosas durante la Semana Santa, particularmente el Plan Playa ante la gran movilización de personas a los balnearios; en agosto en Managua y en distintos momentos en el resto del país, por la seguridad de las fiestas patronales; en septiembre por la protección policial de los desfiles escolares durante las fiestas patrias, y las celebraciones por el aniversario de la Policía, que son, como decía cariñosamente su fundador René Vivas, una especie de “fiestas patronales”; los planes por la salida de la cosecha cafetalera en el campo en los últimos meses del año; en diciembre, la vigilancia y protección durante la gritería, las fiestas navideñas y de fin de año; además la cobertura policial a grandes eventos deportivos y culturales , los publicitados operativos contra el narcotráfico y el crimen organizado, el abordaje de la violencia intrafamiliar desde las Comisarías, los actos de desmovilización de pandilleros, las asambleas con la comunidad, en escuelas y con distintos sectores, la regulación del tránsito durante actividades que implican movilización de vehículos y personas. Todos estos eventos son planificados, preventivos y visibles, permiten a la entidad policial proyectarse en los medios de comunicación e interactuar con las personas en las carreteras, centros recreativos, poblaciones urbanas y rurales, constituyen una oportunidad para que potencialice su capacidad y se promueva ante la sociedad para acumular confianza y prestigio.

Sin embargo, ese capital que se reúne, se gasta parcialmente por otras eventualidades y circunstancias que afectan su imagen, que suelen generar una mala proyección ante la población y que lógicamente deterioran la confianza. Entre ellas mencionamos las directamente vinculadas a las competencias policiales: quejas por “mordidas” a los agentes del tránsito o policías en la vía pública, el atraso de los servicios policiales en las unidades, la actuación policial descortés, el abuso de la fuerza y los daños físicos provocados contra las personas, las detenciones indiscriminadas a “sospechosos” por redadas en barrios populares con poca afectividad y el riesgo de violentar los derechos humanos, el descuido en las denuncias por delitos menores y el trato inadecuado a algunas víctimas. Adicionalmente, debido a la sensibilidad del contexto político y social constante en el país, la actuación policial es muy riesgosa y fácilmente cuestionable por sus características, cuando interviene ante conflictos cuya naturaleza es social o política, como huelgas, tomas de tierras, cierre de calles por protestas y movilizaciones promovidas por la oposición política al gobierno, lo cual ubica a la Policía en condiciones vulnerables. Todas las cuestiones enumeradas y agrupadas en esas dos categorías, implican desgaste físico y de recursos, pero principalmente del prestigio institucional acumulado.

Al final resulta un balance, entre lo que agrega imagen positiva y lo que la deteriora. Esa ha sido la dinámica institucional durante sus treinta y un años de existencia. Ha habido momentos de mucho deterioro y otros de acumulación de prestigio, es el debate cotidiano interno y público, afortunadamente, en ese ir y venir, de una de cal y otra de arena, el balance general continúa siendo positivo, sin embargo es importante identificar cuáles son las cuestiones que más suman y cuales las que más restan desde la percepción social. Una mayor confianza social hacia la Policía, asegura una respuesta eficaz en la prevención y el enfrentamiento a la delincuencia común y organizada, reduce los daños por el uso de la fuerza, mejora la participación social, aumenta el compromiso organizacional interno y fortalece la seguridad ciudadana.


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