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En la edición del 3 de agosto del presente año, el señor Douglas Salamanca escribió un deplorable artículo titulado “Quince tesis polémicas sobre Rubén Darío”, artículo éste que se decidió a escribir después de haberse sometido a “muchos años de investigación y de estudio”.

En relación con el artículo referido, el señor Salamanca, de manera un tanto farisaica, se parapeta frente a cualquier reacción que pudieran causar sus desafortunados infundios, manifestando textualmente lo siguiente: “Aclaro que soy gran admirador del panida y mi propósito no es menoscabar su merecido renombre”; para luego, después de tal aclaración, arrojarse lanza en ristre en contra de toda la obra de Darío, en versos o en prosa, en todas sus manifestaciones: novelas, cuentos y crónicas periodísticas con las que Darío engalanó las páginas de los más prestigiosos diarios de Europa y América, en especial del diario “La Nación”, de Buenos Aires, que hizo más por Rubén Darío que todos los gobiernos de Nicaragua juntos.

Después de ese cordial introito, don Douglas Salamanca, compendiando sus “quince tesis polémicas”, desparrama en ellas la bilis de sus críticas, afirmando, al referirse a la “Sonatina”, que Darío emplea una temática escapista y le llama “cursi”, que es el calificativo con que abruma, en todas las “quince tesis”, la totalidad de la obra literaria de Darío.

Luego de sus burlas personales, más las que afirma se produjeron al respecto, agrega muy sentenciosamente que tales burlas “hay que agradecerlas”, porque contribuyeron a que Darío no siguiera cometiendo tantos errores; después, haciéndolo víctima de sus chacotas, se burla de don José Jirón Terán, y a lo que él llama la “Dariolatría”, en la que cayó don José, negándose a reconocerle a tan ilustre y docto personaje de nuestra cultura, la abnegación, casi devota, con que se impuso el cotidiano y patriótico empeño de investigar, rastrear y compilar las obras que Darío dejara dispersas en manos particulares, en diarios y revistas de su tiempo, la que corría el peligro de que se perdiesen o que se quedaran en las sombras.

Agrega y afirma el señor Salamanca que a Darío hay que desmitificarlo; que las producciones de Darío son “pesadas y aburridas”, y que, además, “son obsoletas” y debían “reciclarse”.

Se burla y hace escarnio de “Lo fatal”, de la que afirma no tener la profundidad filosófica que se le atribuye; le echa en cara a Darío el haber ignorado la estética de Oscar Wilde, y que tal razón contribuyó lamentablemente a acelerar el proceso de obsolescencia de su obra.

Acusó a Darío de adulador y servil de los poderosos, con el único fin de sacar ventajas económicas; que cayó en otras debilidades que lo llevaron al vedettismo, dandismo y esnobismo. Que su personalidad era patológica y que tuvo veleidades racistas; que hizo notorias sus importaciones culturales de las metrópolis europeas y norteamericanas, de las que fue saqueador y caníbal a través del reciclaje y la resemantización; le llamó “perceptivo cultural Broker, lo que yo no he podido descifrar aún, así como tampoco lo que le decían sus amigos estadounidenses, “he spread humself tooo thin”; que dio muestras de ser un mal vendedor o mal intermediario de la cultura extranjera que importaba; que Darío no maduró nunca adecuadamente, y por eso dio mucho menos de lo que podría haberse esperado de él.

Posteriormente, entrelíneas, don Douglas afirma que en relación con su obra periodística, Darío fue un irresponsable al meterse a escribir sobre temas en los que no era experto, que por esos tales textos de Darío no son admirables ni mucho menos perdurables como sus poemas de ocasión. Posteriormente, se refiere con notoria aversión al libro Los Raros, del que aseguró con marcada ironía y menosprecio, “se le leía en los colegios, en los que aún se siguen leyendo”. Con respecto a Los Raros vale la pena destacar que el señor Salamanca no se conforma únicamente con embestir a Rubén Darío, sino que menosprecia y pretende ridiculizar a los ilustres personajes que seleccionó Darío para llevarlos a su obra, entre los que se cuentan: Leconte De Lisle, Henrich Ibsen, Paul Verlaine, Juan Moreas, Edgar Allan Poe, León Bloy y José Martí, de quienes sin el menor respeto afirma que están devaluados, o incluso olvidados producción periodística de Darío está obsoleta y sólo se deja leer en antologías cuidadosamente dosificadas para no resultar agobiante; que los supuestos desgarramientos entre carne y espíritu que abatían a Darío con frecuencia, aludiendo a su atormentada vida, son pura tontería y que se trataba únicamente de la máscara que usaba Darío para encubrir su alcoholismo como un recurso más de los (bazuqueros) bebedores para disimular su vicio; y, finaliza el señor Salamanca haciendo chacota y ridiculizando aún más a Darío, así como al ilustre y aquilatado intelectual nicaragüense, Edelberto Torres Rivas, quien escribió después de muchos años de investigación, el libro La Dramática Vida de Rubén Darío, sobre la que refiriéndose jocosamente, afirma de manera lapidaria que la vida de Rubén Darío no fue dramática sino más bien patética y peripatética.

Todo lo afirmó el señor Salamanca en sus “quince tesis polémicas”, confesándose, con cierto grado de solemnidad, como “gran admirador del panida, y haciendo alarde de que a tales tesis había llegado “tras muchos años de investigación y estudio”. Es una pena que a pesar de tantos estudios, don Douglas al referirse a la poesía rimada, afirme que con un criterio lastimero que, a pesar de que la obra poética de Darío está en gran parte caduca y que nos resultan pesadas y aburridas, la poesía rimada se ha refugiado en el género bufo; ante tales afirmaciones, tengo la sospecha de que don Douglas debería haber tenido más cuidado al sentar tales afirmaciones; talvez si se hubiera tomado más tiempo en sus estudios e investigaciones habría tenido más oportunidad de leer, aunque fuera de paso, a Gabriela Mistral, en sus poemas Los sonetos de la muerte, El ruego, Vergüenza; a Pablo Neruda en La muerte, Tarde de Hospital; de Nicolás Guillén, en Guitarra, En días de Esclavitud; A José Coronel Urtecho, Nihil Novum; de Manolo Cuadra, Derechos del Indio que Buscaba Trigo; de Alfonso Cortés, Las Dos Aves, La Danza de los Astros, Ventana; Azaharías H. Pallais, Viernes Santo, Ars Poética; de Salomón de la Selva, Cantares y Canciones, Danzón y Habanera, La Carta de mi Madre, Sabor de Carmen, y de Federico García Lorca, precursor y líder del vanguardismo, junto con Pablo Neruda, sus poemas Romance de Luna Llena, Romance Sonámbula (que es aquel comienza diciendo verde que te quiero verde), La Casada Infiel, Muerte de Antoñico el Camborio, y el Prólogo a las poesías completas de Antonio Machado; poema del que me permito recomendar a don Douglas, que lea algunos de sus versos, entre otros: Dejaría en el libro/ este toda mi alma/ “!Este libro que ha visto/ conmigo los paisajes/ y viviendo horas santas/ …Que pena de los libros/ que me llenan las manos/ de rosas y de estrellas/ que se esfuman y pasan!”, Qué tristeza tan honda/ es mirar los retablos/ de dolores y penas/ que un corazón levanta!” …”El poeta es un árbol/ con frutos de tristeza/ y con hojas marchitas/ de llorar lo que ama/ el poeta es el médium/ de la naturaleza que explica su grandeza/ por medio de palabras/ “Poesía es amargura,/miel celeste que mana/ de un panal invisible/ que fabrican las almas”…. “Poesía es lo imposible/ hecho posible, Arpa/ que tiene en vez de cuerdas/ corazones y llamas.

No le escribo a don Douglas los versos finales de este poema de García Lorca, para no aburrirlo con tanta rima, forma de versificar que él detesta, pero no deseo concluir este artículo, en homenaje a sus “muchos años de investigación y estudio”, sin hacerle presente, con el mayor respeto, que, aunque muy vehemente son sus “quince tesis”, éstas no concuerdan en forma alguna con criterios de otros intelectuales que, aunque no hayan sido producto y síntesis de “muchos años de investigación y estudio” como los de él, son, al menos, de algunos de los poetas, literatos y críticos literarios, de mayor valía en la literatura universal y que se atrevieron a manifestar, al respecto, entre otros; Enrique Anderson Imbert, quien, compendiando los criterios de Don Juan Valera, Marcelino Menéndez y Pelayo y Juan Ramón Jiménez, afirmó en su libro “Diez estudios sobre Rubén Darío” (él no pudo llegar a quince… tesis) que, “por su técnica verbal, Darío es uno de los grandes poetas de todos los tiempos y, en español, su nombre divide la historia literaria en un ANTES y un DESPUÉS”; Arturo Torres Rioseco, en su Nueva Historia de la Gran Literatura Latinoamericana, expresa: “Ningún otro poeta de habla española ha contribuido con tantas innovaciones en la versificación y tantos nuevos tipos de expresión artística”; Jorge Luis Borge, al referirse a Rubén Darío, manifestó con toda solemnidad, que bien podría llamársele “El libertador” y, conjuntamente, Pablo Neruda y Federico García Lorca se refirieron a Darío, y así lo proclamaron sin reticencia alguna, como “El que cantó más algo que nosotros”.

Estoy presto a responder de nuevo a Don Douglas, en el caso de que se le ocurra regalarnos otras “quince tesis”.